Cada sábado, en diferentes rincones de la ciudad de Rosario, un grupo de personas practica baños de hielo y técnicas de respiración profunda. Más que una moda, para ellos es un estilo de vida: un encuentro con el cuerpo, la mente y la naturaleza.
Por Sofía Maidana
Una “tribu” rosarina se reúne todos los sábados, rutinariamente, en la casa de alguno de los integrantes de ella, que nunca es la misma. En aquel lugar, comienzan por purgar, que es…, para después seguir por una ceremonia. No las mundialmente conocidas, con tambores y plumas: solo respiración, silencio y cubos de hielo.
El sábado por la mañana, la casa elegida para el ritual de esta semana es en barrio Arroyito. Esta vez, la anfitriona es Jousy, una de las integrantes. Ella decidió poner casa y el resto accedió. Hoy, el segundo sábado del mes de octubre, el horario de llegada pactado es a partir de las 11 de la mañana.
Suena el timbre, la primera integrante llegó. Verónica Corsi, tiene 51 años y es médica anestesióloga. Ella comenzó su camino
espiritual unos años antes de la pandemia, en el año 2018. En aquella interminable búsqueda, que iba desde flores de Bach, hasta dietas y meditaciones profundas, le costó años dar con las prácticas de respiración consciente, pero muchísimos más, con los baños de hielo.
Verónica afirma que es una persona de gran carácter estudioso, y por ende, está abierta a todo lo que se presente. Por eso, cuando la invitaron a formar parte de la práctica, por primera vez ella no dudó ni un segundo en aceptar. Y es recién en
2022 cuando conoce a la que sería su primera tribu. “Una amiga fue quien me introdujo al mundo de los baños de hielo. Pero sobre todo la que me presentó el Método Wim Hof. que fue el que me cambió la vida radicalmente”, precisa.
La puerta se abre lentamente, una brisa cálida rodea todo el ambiente. Pasando un largo pasillo de baldosas terracota se hacen visibles los primeros lechos. Margaritas brotan de la tierra húmeda y abren paso a un pequeño bosque interno. El cantar de los pájaros, leves pero penetrantes, las mariposas fugaces y el pasto tan verde y brillante que hace doler la vista.
En el medio del jardín se hace visible un cilindro gigante y áspero del color del mar. No pasa desapercibido, es claro su propósito allí. El balde mide un metro de alto y es ancho, muy ancho. Dentro caben sin lugar a duda una e incluso dos personas.
Litros de agua y un gran cúmulo de hielo penetran su superficie. El balde destaca por su contenido.
Siguen llegando integrantes, uno por uno. Son de edades similares, parecidos en nada, pero cuando cruzan la puerta se hace visible la alegría en sus cuerpos. Los últimos: Verena, Sofía y, finalmente, “el Flaco”. Su nombre es Erik Boldt pero por su apariencia delgada y chupada lo llaman : “el Flaco” . Es diseñador gráfico y empezó con estas prácticas en pandemia. Al igual
que muchos, el Flaco, afirma haber tenido un pasaje largo en su camino espiritual.
“Arranqué primero con el ayuno intermitente y entre una cosa y otra me fue llevando, mi hermano estaba empezando con los baños de hielo”, dice y agrega: “Me ayudó a pasar la pandemia de una manera muy interesante y para mí fue como
un quiebre de mi vida, de mi salud, para bien. Fue una especie de renacimiento”.
Pasada la hora, las doce personas pertenecientes al grupo ya están allí. Se saludan como si se conocieran desde los principios de su existencia. La realidad es que se conocen hace menos de dos años. “Muchos de nosotros arrancamos desde
nuestras casas, dándonos duchas de agua fría. Nos conocimos en un grupo formado por un facilitador de Wim Hof”, dice Jousy, la dueña de la casa. “Y al poco tiempo fuimos conformando otro grupo, basado en con quienes compartimos más
afinidad y cosas en común”, termina agregando.
Conforme su pronta llegada, algunos ayudan a prender el fuego y salar la carne, mientras otros se relajan pacíficamente en el cálido jardín y hablan de cosas totalmente banales. “En el grupo somos médicos, físicos, artistas, trabajadores”, dice el Flaco. “Muchas veces lo único que nos une es la práctica, y el vínculo que se genera a través de ella”, agrega uno de sus amigos tribales.
Con la carne ya en el fuego, deciden todos reunirse en un mismo espacio: el jardín. Caminan por alrededor del hielo hasta formar un semicírculo y se sientan con sus piernas cruzadas. Aquí comienza la purga. Jousy, se ofrece a guiar una respiración.
En la Tribu los roles se van intercambiando. “No hay ninguno que esté al mando, las decisiones se toman entre todos o muchas veces elegimos a alguno de nosotros para que nos guíe en la práctica”, dice Vero y agrega: “A veces incluso la purga no
se centra en la respiración sino en una tirada de tarot o incluso una meditación liviana”.
Es así como para empezar, Jousy, comienza por decirles que elijan cada uno un propósito. Luego, indica que cierren sus ojos y centren su mente solo en su respiración. Suena música zen de fondo, el ambiente parece relajarse cuando esta
penetra en cada oído. Por esto mismo, tanto Jousy como el sonido calmante y fluido, originan una conexión y respiración profunda e intensa.
– Inhalen por nariz y exhalen lentamente por boca- repite serenamente mientras vigila y guía a cada uno de sus compañeros de tribu por el camino correcto.
Los cantos de los pájaros tapan por completo la música, el sol está brillando con tanto fervor que quema la piel volviéndola picosa, pero incluso así, cada uno sigue profundamente conectado con su respiración, como si lo único que escucharan fueran olas de mar con cada flujo de aire intenso que sale por sus bocas. Pasados los veinte minutos la purga termina. Sin embargo este no fue el trabajo más dificultoso ni lo único que les espera, lo costoso está en la mira.
Los integrantes se paran lentamente mientras deshacen el círculo que los une, para terminar por permanecer estáticos frente al balde gigante lleno de hielo y agua. Verónica decide ser la primera en enfrentar uno de los mayores sufrimientos para el
cuerpo humano: el frío. Levanta su pie izquierdo hasta apoyarlo en la fría circunferencia del balde, apenas lo apoya su pie derecho se aferra por última vez a la calidez del aceitunado césped. Erik, su novio tribal, le brinda su mano como apoyo físico, pero también abrazador y humano. Verónica decide entrar de una vez por todas. Rápidamente sumerge su cuerpo, de los pies hasta el cuello, su cabeza y sus manos en oración, permanecen fuera. En la superficie.
El hielo comienza a penetrar su piel hasta abrir profundamente sus poros. Ella en shock parece no estar sintiendo nada de lo que se presenta a su alrededor. Veronica habla de su experiencia y dice: “Solo pensaba en que mis piernas estaban
tan frías que podría clavarme un filoso cuchillo y no sentiría nada. Mis pies se volvieron inexistentes, no lograba sentirlos, se me están durmiendo poco a poco. En el torso sentía como mis intestinos se iban enfriando con cada segundo que pasaba.
Mi pecho parecía colapsar con cada espasmo de aire afilado que entraba por mi nariz. Y mi mente estaba al borde del abismo y no había posibilidad alguna para escapar de aquello que tanto daño me hacía”.
Mientras tanto sus compañeros la alientan y le sostienen la corona de la cabeza con esperanza de que pueda superar tal precipicio.
– Respirá Vero, no lo estás haciendo – dice una de sus compañeras.
– No puedo – Vero, hiperventilada, logra sacar las últimas palabras de su pecho.
Sin embargo, justo en ese instante comienza a hacerlo con normalidad. En ese estado en el que se encontraba, con sus ojos calmantes y cerrados, Vero afirma haberse sentido cómoda consigo misma. Habían pasado diez minutos de sufrimiento incontrolable, pero para Verónica había sido muchísimo menos.
“Cuando empecé a respirar y a conectarme solamente con esa parte de mi naturaleza humana que es la única que me mantiene viva, comencé a sentir una paz profunda que de alguna forma me ataba al cielo”, contó minutos después de salir, mientras su cuerpo se calentaba entre una toalla amarilla de microfibra.
“Sentís como si entraras en un estado ampliado de conciencia”, dice Verena, la única psicóloga del grupo. Vero asiente con la cabeza. Uno tras otro fueron de aquel modo pasando los integrantes de toda la tribu.
El baño de hielo solo dura diez minutos, pero se siente como un interminable averno en carne viva. A pesar de ello, comenta el Flaco: “Después de ese terrible shock, sentimos que podemos con todo lo que se nos presente”. En la bajada a tierra, ríen
entre todos por el escándalo que habían hecho. Al final, era solo un poco de hielo y nada más que eso.
La ceremonia termina, y el fuego del asado fué consumido. Puesta la comida sobre la mesa, las charlas se dispersan entre bocados y carcajadas. Afuera, el hielo se derrite lentamente, como si quisiera recordarles que todo lo sólido también pasa. El
encuentro termina, pero algo en cada uno permanece distinto, explica Verena y agrega: la mente más liviana, el cuerpo más despierto, el alma un poco más en paz.
Cada sábado, no se trata de desafiar al frío, sino encontrarse en medio de él.