Huellas que no se borran

Por Maitena Alvarez

“Dios te salve María; llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”, comienza la oración Luciana junto a las mujeres del grupo al que le toca recorrer la zona del centro de
Rosario.  Son tres simples mujeres caminando por San Juan entre Mitre y Entre Ríos: una preceptora, una profesora y una Hermana Oblata. Donde encuentren lugar, estacionan y bajan del auto, comienzan a caminar por esas veredas que ya tienen sus huellas de anteriores visitas.

Huella precisamente es el nombre, en Rosario, de una iniciativa que las hermanas Oblatas desarrollan en quince países. Las “Oblatas”, hermanas Oblatas del Santísimo Redentor, quienes cumplen una misión en grupo desde hace seis años, al servicio
de mujeres en situación de prostitución por vulnerabilidad; mujeres que sino, no tendrían cómo alimentar a sus hijos ni a ellas mismas. Muchas viven en una pobreza tan extrema que sus pequeñas casas no tienen agua potable, o incluso, ni
siquiera tienen agua de ningún tipo. Aún así, luchan cada día por salir de esa realidad.

En Huellas, se incluyen a la comunidad Oblata, mujeres como profesoras y preceptoras del colegio Jesús de Nazaret, ubicado en zona sur de Rosario, que compartan esta solidaridad. Esta misión funciona hace muchos años, pero la consolidación como grupo “Huellas” fue hace seis años, seis años en los que sus manos no curan pero sostienen a las mujeres atravesadas por las faltas de oportunidades. Mismas manos que al encuentro, lo endulzan con una bolsita de caramelos y una tarjeta con un número de teléfono impreso, al que llamar para pedir ayuda. Huellas les ofrece ir al centro Madre Antonia, que se encuentra en el barrio
Las Flores, donde podrán aprender un oficio, por ejemplo, hacer mermeladas, pintura, tejido, artesanías como pintar mates, o también, costura, junto a las hermanas y mujeres que lograron salir de la prostitución.

Bajo la luz de la luna, a lo lejos visibilizan a las mujeres trans, una de ellas resalta entre las demás: un maquillaje intacto, el pelo divino, la ropa arreglada, las uñas hechas, “Un minón”, define Luciana, que durante el día trabaja como preceptora del colegio de zona sur, donde concurren 700 estudiantes en la secundaria.

Mientras ellas se acercan ven a las chicas sentadas en el escalón de un kiosko, o paradas en la vereda frente a este. Sin duda, también reciben amablemente al grupo Oblatas. Al acercarse perciben un olor característico y reconocido, “Olor a cuerpo”, destaca Luciana. A la vez, perciben un deje de olor a cigarrillo y cerveza.

Sin importar todo esto, ella se acerca con un presente entre manos, dispuesta a conversar los diez, quince minutos que las mujeres les dan espacio. Luciana recuerda: “No te quedas mucho porque están trabajando”.

También la religiosa comenta que las mujeres te hacen saber cuándo es momento de irte. Mientras conversan con las oblatas, se van al kiosco, compran algo, vuelven y miran con complicidad a otra que repite el accionar de la anterior, Luciana cuenta
que te hacen saber que interrumpís e incomodas. Sumando que, la charla siempre se ve afectada por la vía pública: entre los autos y las motos, que quienes van al volante no olvidan tocar bocina y acompañarlo con algún insulto o comentario desagradable, sin olvidar, la interrupción de los colectivos también.

[…]

“Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”, continúa el rezo Andrea Pullizi junto a su grupo, son tres profesoras del secundario Jesús de Nazaret. Se encuentran en la esquina en que acordaron reunirse por WhatsApp. Comienzan a caminar, una al lado de la otra.

La zona de hospitales es distinta al resto de la ciudad. Dos edificios enormes se enfrentan, separados apenas por una calle no muy angosta. Las veredas del Español o el IPAM quedan desiertas, permanecen apenas en penumbras, y solo los caramelos rompen la monotonía. Son iluminadas por la luz amarillenta de los faroles en la calle.

A lo lejos, el grupo Huellas, reconocen caras familiares, y algunas nuevas, o el gesto repetido de mirar a la calle de las mujeres que esperan en la vereda, comparten el mismo cansancio y, a la vez, el mismo esfuerzo de realizar su trabajo.

Remera, jean, jogging, zapatillas, son algunas de las prendas que coinciden entre los grupos. La vestimenta es una de las pocas cosas en las que son parecidas y pueden mezclarse con las religiosas tranquilamente.

Un auto se detiene, otro sigue. Ningún medio las nombra, pero todo rosarino sabe que están ahí. Ellas esperan que arribe un cliente. Mientras que, paralelamente las Oblatas esperan que ese vil acompañante nunca llegue, para poder ir al encuentro.
Andrea, quién pertenece al grupo Huellas desde un año después de que se creara, se acerca a las mujeres junto con sus dos compañeras. Inmediatamente, las reconocen, las saludan, abrazan, charlan, las tres que visten de fe, les preguntan:
– ¿Cómo están?
– ¿Qué hicieron hoy?
– ¿Cómo les está yendo?

Siempre responden bien, recibiéndolas más que dispuestas a conversar. Esa apertura, de a poco comenzó a ser una bienvenida esperada. En algún punto Andrea llega a notar cierta espera por parte de las mujeres que vayan a visitarlas,
porque en comparación con sus primeras visitas, las chicas ya las reconocen y reciben con una sonrisa o alguna frase, que deja ver esa alegría de: volvieron a visitarnos. Algunas, rodean con sus brazos a las religiosas dejando que, ese abrazo
efímero, dure unos segundos más.

Las Oblatas les dejan presentes muy importantes, y uno de ellos es tangible. Se les nota el gusto por tener el espacio de charlar, que en su vida diaria no tienen. Descargar los agobios y alegrías, o notar la preocupación del otro hacia uno, para
los demás es habitual, pero para dichas mujeres vulnerables sólo está presente en las visitas de quienes visten de fe.

[…]

“Madre Antonia, Padre Serra, rueguen por nosotros. Amén”, finaliza el rezo Melina, también preceptora del colegio Jesús de Nazaret, al unísono con sus dos compañeras jubiladas. Son tres mujeres adultas, que en ese momento se encuentran conectadas por un fin. Ellas, con vidas tan distintas, se encargan de protegerse entre sí y tenderle una mano a las mujeres que reciben su visita.

Por esto, se aseguran de estacionar el auto donde nadie mira, casi chocando con el peaje de ida a General Lagos. La falta de luz y la banquina son el mejor lugar para que aquellos camioneros que, con dinero buscan comprar un servicio sexual, no se sientan amenazados al ver alguien nuevo en su “zona”.

A metros del peaje, donde la claridad no llega, se encuentra el grupo de mujeres, donde a veces suelen ser tres o cuatro. Dependiendo del turno que les toque ese día, ya que, se dividen para cubrir distintos horarios del día, por eso, van rotando y no siempre son las mismas. Meli y su grupo se acercan a ellas como de costumbre, como en cada visita, pero no se les acercan con las manos vacías, eso jamás, traen consigo el presente, lo tangible… una bolsita de caramelos. Una bolsita de
caramelos, que al igual que las bolsitas del resto del grupo, en el centro y en zona de hospitales, que contiene un pequeño gran detalle: una frase y diez dígitos. Se puede leer en el centro de la tarjeta que está dentro de la bolsita: “Mujer NO estás
sola”, y debajo, ese número celular donde del otro lado, una religiosa lo mira cada noche esperando que alguien llame; aunque en los seis años de esta práctica de los caramelos, el teléfono nunca sonó.

Frente a ello las Oblatas, jamás bajan los brazos. Meli, en la ruta, Andre, en zona de hospitales y Lu, en el centro. Cada una junto a su grupo, se mantienen firmes y constantes. Las horas siguen su curso, y ellas siguen recorriendo. Buscan más mujeres,
repasan las mismas cuadras. A veces, lo único que queda es una conversación breve, una sonrisa, un abrazo rápido. Otras veces, una historia, como la que contó Andrea, una mujer que fue entregada a la prostitución en manos de su propia familia.

De regreso al auto, todo alrededor parece calmarse. Las luces de la calle se desvanecen en ese tramo que las lleva de vuelta a la ciudad, y ya solo queda el ruido de las ruedas contra la calle. Van despacio, cargando en silencio lo vivido. Las Oblatas escuchan en silencio. Pero su presencia es más que reconfortante para las chicas, a veces, hablan poco, otras apenas se sonríen. Pero saben que mañana lo van a intentar de nuevo.

En las veredas queda el rastro de esas conversaciones breves, de los abrazos que duraron apenas unos segundos, pero que bastaron para recordarles a las mujeres que no están solas. Ellas seguirán volviendo, aunque las horas parezcan nunca avanzar, aunque nadie las espere. Porque mientras haya alguien en una esquina, ellas seguirán caminando. Y esas huellas, las suyas, las de todas, no se borran.