¿Cómo llegaste a Techo?: cómo se construye el voluntariado que construye casas

Por Santiago Tojo

Los sábados por la mañana tienen algo de ritual para el grupo de jóvenes que integra TECHO Rosario. Aunque la ciudad siga dormida, aunque el frío pinche o el cielo amanezca pesado después de una semana larga, ellos ya están en movimiento. Hay algo en esa rutina que no se negocia: encontrarse, viajar juntos y compartir un rato con los vecinos de los barrios donde acompañan como voluntarios.

Hoy toca Tío Rolo, uno de los lugares donde están trabajando en un proyecto de mejoramiento de viviendas: detecciones, priorización de criterios y asignación de las familias que sueñan con una casa digna. Techo es una organización social que acompaña a las familias para superar la pobreza en Latinoamérica. Surgió en Chile en 2001, y en 2006 comenzó a trabajar formalmente en Argentina, donde más de 43 mil voluntarios de 10 provincias ya lograron la construcción de más de 15 mil viviendas.

Para los diez jóvenes que esta mañana salen del centro de la ciudad rumbo a la zona sur que queda fuera del anillo de la circunvalación, llegar implica siempre una pequeña odisea. El 131 pasa cuando quiere, y el viaje de 45 minutos se estira si la suerte no acompaña. Pero aun así, ninguno falta.

El colectivo no sorprende: lleno, ruidoso, con ese olor a viaje largo que todos conocen. Y sin embargo, entre el vaivén de los frenos, los mates improvisados y el cansancio de un sábado temprano, sucede algo que el tiempo del recorrido siempre habilita: las conversaciones profundas que no aparecerían en otro momento.

En la ciudad, bastante se conoce sobre TECHO, cuyos voluntarios también piden donaciones en la Peatonal Córdoba. ¿Pero qué se sabe, precisamente, de ellos? Quiénes son los voluntarios, por qué están haciendo esta experiencia, cómo llegaron a este voluntariado.

Preguntas simples, pero que abren puertas que muchos tenían cerradas desde hace tiempo.  Uno a uno van compartiendo sus motivos, al principio con timidez. Algunos cuentan que estaban perdidos con la facultad, siguiendo carreras que ya no sentían propias. Otros hablan de desilusiones amorosas que los dejaron buscando un lugar donde no sentirse rotos. También están quienes vinieron desde pueblos chicos, trayendo encima la soledad de empezar de cero en una ciudad enorme. Entre todas esas historias distintas, aparece algo común: en Techo encontraron un espacio donde volver a conectar consigo mismos.

Valentina, mirando por la ventana, confiesa: “Venía mal. No me venia sintiendo cómoda conmigo misma. Pero acá encontré otra
energía, otra forma de ser parte de algo que me importa de verdad”.

Agustín dice algo que hace asentir a varios: “Construir una vivienda te hace entender que podés cambiar algo concreto, real. Y
cuando ves a una familia entrar por primera vez a su casa es imposible no repensarlo todo”. Las voces se suman, una detrás de otra. Hablan de cómo el voluntariado los sacó del piloto automático, de cómo mezclando cemento, clavando paneles o embarrándose hasta las rodillas descubrieron cosas de sí mismos que no sabían que tenían. Algunos cuentan que
cambiaron de carrera; otros, que se alejaron de relaciones que ya no les hacían bien; otros, que encontraron amigos que se volvieron familia.

El 131 sigue su recorrido, y mientras se acerca a la parada de Avellaneda y Camino Nuevo a Soldini, la emoción del grupo va creciendo. Es como si el viaje fuera un recordatorio silencioso de por qué están ahí, madrugando, cansados, pero convencidos.
Antes de que el timbre suene y baje la marea de pasajeros, le toca hablar al nuevo del grupo, un voluntario que está viviendo su primer sábado. Martín, con su muletilla infaltable, le cede la palabra con una sonrisa que todos reconocen:

—Bueno… ¿y vos?