Esta semana, Juliana trajo de regalo un fragmento de un gran trabajo periodístico de las colegas rosarinas María Laura Cicerchia y Carina Bazzoni (redactoras) y Celina Mutti Lovera (reportera gráfica) titulado Las Visitantes, historias de mujeres que cuidan a los presos.
Capítulo 1: La esquina con dos bodegones

En la esquina de la cárcel de Coronda hay dos bodegones enfrentados. Tienen la fachada pintada de colores y, pese a que ningún cartel indica sus nombres, todas los conocen y saben que abren puntualmente a las 4.30 para recibirlas. Ofrecen refugio para el cansancio o el frío y resuelven las compras de último momento.
En la vereda, dos mujeres fuman y conversan. Laura, de 35 años, vive en la provincia de Córdoba y viaja a dedo todas las semanas para ver a su pareja. A veces llega antes de que abran los bares, entonces duerme en la puerta. Marcela, 49 años, también es cordobesa, atiende una peluquería junto a su hija y no falta nunca a visitar a su compañero: “Una persona presa pasa todo el tiempo esperando una visita”, explica y se acomoda un barbijo decorado con perlitas plateadas. Un perro blanco la mira, le mueve la cola.
Los bolsos al tope cortan el paso en el bar donde las visitantes se peinan, se pintan los ojos o se planchan el pelo. Con la primera luz del día, cruzan la calle y forman fila delante de la cárcel. Las cuadrillas de penitenciarios que llegan al cambio de turno se cruzan con chicos camino a la escuela. A la intemperie, aun si llueve, ellas esperan su turno cargadas con bolsos, colchones, mesas plegables y hasta algún viejo televisor. A las 8 la cárcel se abre.
Sobre el frente del penal de Coronda una placa recuerda que en ese lugar funcionó un centro de tortura en la última dictadura cívico militar. La prisión lleva el nombre de César Tabares, un abogado militante del peronismo revolucionario que llegó a ser director general de cárceles de la provincia. Al año del golpe fue detenido y desaparecido.
Sin reparar en estos detalles, las visitantes entran en pequeños grupos. Desde que en 2019 un incidente a tiros en la entrada a la cárcel de Piñero desnudó un negocio ilegal con la venta de números para el ingreso, los turnos son digitales y se sacan con anticipación. El sistema evita llegar de madrugada, pero sin celulares adecuados o conectividad representa un costo extra: pedir en el quiosco del barrio que les saquen un turno. Ser de las primeras en ingresar lo vale. La visita termina a las 17.45. A esa hora, se haya entrado a las 8 o a las 13, se sale del pabellón.
Otros cambios en la dinámica de la visita fueron causados por la pandemia. En los primeros días, la suspensión del ingreso de familiares hizo temblar las prisiones. En Coronda se desató un motín que dejó un muerto y cinco heridos. Los detenidos tuvieron que esperar ocho meses para volver a ver a sus familiares, pero en todo ese tiempo nunca dejaron de recibir los bolsos con alimentos y artículos de higiene.
Teresa tiene 72 años y, aunque su edad la incluía entre los grupos de riesgo, siguió asistiendo a su hijo preso en Piñero. “Sin nuestra ayuda no tenían ni jabón para bañarse”, asegura y recuerda que por esos días las familias de detenidos fueron considerados trabajadores esenciales, lo que les permitió moverse para llevar los paquetes. Curiosamente, por necesidad, se reconocía por primera vez como actividad laboral aquello que las mujeres realizan desde hace años.
Pasada la crisis sanitaria, el ingreso de familiares dejó de concentrarse los fines de semana y se distribuyó de lunes a viernes, según el pabellón. Esa fragmentación le dio un sesgo aún más íntimo a la visita, lejos de los encuentros masivos de otros años cuando miles de personas por fin de semana se reunían en el patio central de la cárcel.
Para el secretario de Asuntos Penales y Penitenciarios, Walter Gálvez, desde que se espaciaron los encuentros la cárcel está más tranquila. “Para el interno el vínculo con sus afectos es algo muy importante. Se nota la diferencia entre aquel que recibe visitas con el que no. El pabellón que tiene familiares siempre está en calma”, dice.
Las pantallas del centro de monitoreo de Coronda le ponen imágenes a la convicción del funcionario. En los pabellones sin visitas los presos corren, saltan, se torean, se sacan la remera, hay desorden. El contraste con los otros es enorme: se percibe una quietud de iglesia. La nave central parece desierta. A ellas no se las ve. Están en las celdas.
Pueden leer el trabajo completo en este enlace.