Regalo textual Nº 4: un fragmento de El ángel literario

Esta semana llevé de regalo un fragmento del libro que estoy leyendo en este momento: El ángel literario, del escritor guatemalteco Eduardo Halfon.

 

Aprender a escribir requiere, entre otras cosas, una voluntad empedernida. Hay que ser un poco terco para empezar a pennetrar en el domino de las palabras. Qué digo, hay que ser bastante terco. Pero la mayor suerte que puede tener una persona que quiere volverse escritor es, creo, encontrar ayuda. Hemingway la encontró en Anderson, en Pound, en Stein. Carver le atribuye su formación literaria -además de auss hijos, por supuesto- a John Gardner, su primer maestro, quien por su vestuario, señala Carver, mñas que escritor, parecía un agente del FBI. Recierdo que Ricardo Piglia habla de un tal Ratliff que tuvo la suerte de conocer en su adolescencia. Yo me tropecé con esa misma suerte, dos veces.

Ernesto Loukota es un tipo que mide sus palabras. Primero fue mi catedrático en varios cursos de fiolosofía, luego yo fui su auxiliar en algunos cursos de lógica informal. Que yo terminara en la docencia es culpa suya. También lo es, en cierta medida, que yo aprendiera a escribir. Los primeros cuentos que le enseñé eran patéticos, comunes, por no decir miselables, pero eso yo aún  no lo sabía. Recuerdo uno que escribí en París(para mí, el solo hecho de haberlo escrito en París, lo clasificaba ya como un buen cuento), sobre un señor que se levantaba en la mañana con sabor a ajo en la boca, y así pasaba todo el día, un día larguísimo, de quince cuartillas, hasta vomitar. Las palabras de Loukota tras leerlo las tengo todavía memorizadas: ¿valdrá la pena tanto esfuerzo para un resultado como este? ¿estás seguro de que querés seguir escribiendo? Sí, estoy seguro. Bueno, entonces a partir de mañanba me vas a escribir un relato de tres líneas sobre el tema que yo escoja. Solo tres líneas. Y así lo hice. Religiosamente, le empecé a entregar relatos breves, de tres líneas, luego de cinco, luego de media pñagina, luego de una pñágina completa, hasta llegar, meses después, a una novela corta. Paso por passo, me fue instruyendo. Ernesto Loukota me habíoa obligado a iniciar donde se debe iniciar: desde cero, o casi cero.

 

Fragmento del capítulo “Una oración verdadera” de El ángel literario. Eduardo Halfon (2026). EGodot. pp. 71/72