Dos textos para disfrutar

En la clase pasada, nuestra primera clase, pregunté si conocían qué eran las newsletters. La mayoría dijo que no.

Acá les dejo dos textos de los que disfruté mucho y que forman, cada uno, la entrega de dos de las NL que sigo y leo con frecuencia. Uno es de una docente de nuestra facultad, Andrea Calamari, que escribe una NL titulada “Mucho texto” para la revista Seul. El otro, es del escritor y también profesor (él, en la carrera de Letras de la UBA) argentino Martín Kohan y es la entrega de una NL que escribe alternadamente con su mujer, Alexandra Kohan, para el medio Cênital y que se llama, simplemente, “Kohan”. Pasen y lean…

Déjenme que les cuente algo doméstico que servirá, espero, para ilustrar algunas cuestiones que estuve pensando en relación a la escritura.

El asunto empieza con un hallazgo. Buscaba cuadernos viejos en los que debería haber notas que tomé hace años y que necesitaba para un artículo, cuando me topé con el cuaderno de primer grado de una de mis hijas, empecé a hojearlo y, como le pasó a Proust con el sabor de la magdalena remojada en el té, los recuerdos llegaron uno tras otro.

Laura tenía una relación particular con la escritura escolar: lo suyo era el puro registro del mundo objetivo y nada ni nadie la movía de ahí. El lenguaje escrito, ese que iba adquiriendo cada semana y veíamos reflejado en el cuaderno Rivadavia tapa azul, no suponía para ella nada del orden de la creación, la fantasía o la imaginación. Usaba el lenguaje para dar cuenta del mundo y los hechos más banales. Nada más. Poco servía el aliento de la maestra; no funcionaban para ella las motivaciones a decir algo más, a dejarse llevar por la fuerza creativa de las palabras; lo suyo eran las discretas oraciones enunciativas con simple estructura bimembre: sujeto sin adornos más predicado sin vueltas. No tenía nada más para decir.

Otro aspecto que pronto descubrimos fue un irrenunciable compromiso con la verdad. Su hermana Helena nos había acostumbrado años antes a historias sobre la jirafa bajita que se hizo amiga del mono en el zoológico, una comunidad de insectos en el jardín, la niña Lucía que vivía las aventuras que ella se inventaba, pero Laura no condescendía ni a la narrativa ni a la imaginación. Si iba a decir algo, debía estar cien por ciento segura de que era real.

Pongamos que tenía como tarea escribir oraciones a partir del verbo llover.

—No sé qué escribir.
—Podés decir que hoy estuvo lloviendo todo el día.
—Pero no está lloviendo, hay sol.

Lo que podría haber sido el germen de una excelente carrera periodística atada a los hechos puros y duros, para la dinámica familiar fue complicado. Cada día lidiábamos con su negativa a inventar, a dejarse llevar por el lenguaje, a decir cosas por decir. “No sé qué escribir”, insistía, y así terminábamos, varias horas después, con oraciones forzadas por la necesidad de sumar contenido a las palabras sustantivas: mate, casas, huevos.

“El mate sirve para tomar mate”.

“En las casas vivís”.

“De los huevos salen pájaros”.

Laura no entendía por qué tenía que agregar algo de su autoría a la materialidad evidente del mundo; nada quería decir sobre las personas, la naturaleza ni, mucho menos, sobre sus sentimientos o percepciones.

Un día le tocó escribir una oración con la palabra ratón: “Antes el ratón era mi animal preferido”.

Una vez más, decía la verdad.

Meses después, la maestra insistió con los animales y Laura volvió a ser requerida para decir algo sobre el ratón: “Yo una vez hice una oración con ratón”.

Inobjetable.

Lo que descubrimos ahora, mientras revisamos los cuadernos, es que en ellos se fue armando una crónica minuciosa de nuestra vida cotidiana, relatada en pequeñas dosis por una cronista sobria. Lo infraordinario del día a día: “Anoche fuimos a un bar y comimos maní”, “una vez pasó un vendedor por mi casa”, y cosas por el estilo.

Sin saberlo conscientemente, esa nena de seis años estaba planteando interrogantes sobre la actividad de escribir.

Por qué escribimos, cómo, para qué, con qué intenciones, son preguntas que no solemos hacernos porque no estamos interrogándonos todo el tiempo sobre las actividades que hacemos con naturalidad.

Pero no hay nada natural en la escritura.

A nivel individual, el asunto empieza con la educación institucionalizada, que para eso está. (Ya sé que hay excepciones: “Mi nene aprendió a leer y a escribir solito a los tres años, yo leía a Shakespeare a los dos y a los cuatro escribí mis primeros poemas”. Muy bien, te felicito. Los demás fuimos a la escuela).

¿Por qué, si desde muy chicos manejamos con feliz desparpajo las reglas de la sintaxis y somos capaces de ordenar correctamente una frase, decir te quiero, pedir una manzana, hablar con el gato y crear historias sin distinguir una M de una A, por qué entonces, alrededor de los cinco o seis años, nos vemos obligados a internarnos en los complicados meandros del lenguaje escrito?

Asociar un sonido con un signo absolutamente arbitrario y aprender después a agrupar distintos signos y formar palabras que designan cosas, también de forma caprichosa, es una tarea laboriosa, y aprendemos a hacerla en poco tiempo porque somos chicos y el cerebro está ágil, maleable.

Más allá del recorrido personal, si ampliamos la mirada hacia atrás, sabemos que la especie humana se las arregló muy bien durante miles de años sin necesidad de escribir. Por qué poner por escrito todo lo que está en la mente y en el habla, se habrán preguntado, para qué hacerlo y, sobre todo, cómo sería eso posible. Los egipcios venían probando hace tiempo con los dibujitos, pero ese sistema no alcanzaba más que para las cosas concretas, contantes y sonantes: hombre, mujer, pájaro, sol, luna, trigo, vaca. Los pictogramas hubieran sido suficientes para Laura a los seis años, pero no lo fueron para la humanidad que quiso decir más, hablar de sus miedos y sus sueños, proyectar el futuro, imaginar dioses y monstruos, contar el pasado para que cada generación no tuviera que arrancar cada vez todo de cero.

Cuando la especie humana fue capaz de asignar un signo a cada sonido del habla y entonces tuvo varios y empezó a combinarlos para formar conceptos que iban mucho más allá de la simple nomenclatura de las cosas del mundo, dio un salto verdaderamente cualitativo en su evolución. Lo que se logró, en palabras del sociólogo alemán Norbert Elias, fue la “emancipación simbólica de la humanidad”. Ya no estaba atada al inmanente aquí y ahora del simple permanecer sobre la tierra.

La escritura alfabética permitió al ser humano superar las barreras del tiempo y de la mortalidad. Desde entonces, desde hace unos 4.000 años, vivimos en un mundo escrito.

¿Y qué se escribe? Todo: la vida cotidiana, lo que pensamos, lo que sentimos, lo que imaginamos. Mensajes de WhatsApp, poemas, la lista de las compras, tratados académicos, tuits, novelas, manifiestos, ensayos, solicitadas, prompts, currículums, diarios íntimos, declaraciones de amor, obituarios.

Las oraciones irrenunciablemente objetivas de Laura en su cuaderno de primer grado me hicieron acordar al poeta francés Francis Ponge (1899-1988), un hombre que a lo largo de su carrera evitó cualquier tipo de simbolismo y subjetivismo (el proyecto literario desde el romanticismo para acá) y se negó a la apelación fácil a las emociones. En lugar de eso, buscó recrear minuciosamente el universo de la experiencia de los objetos de uso diario. Su libro más conocido, de 1942, se llama De parte de las cosas y ese “de parte” debe leerse como una toma de posición: tomar el partido de las cosas, ponerse de su lado, desplazar el punto de vista del sujeto al objeto, ubicarse contra el idealismo y la representación. Las cosas están ahí, el mundo está ahí, independientemente de nosotros, en su materialidad infranqueable.

A Ponge le importan las cosas del mundo y sabe que, como escritor, debe observarlas hasta ser capaz de ver en ellas su singularidad. No le interesan las analogías, sino el diferencial en cada una.

“Cuando digo que el interior de una nuez se parece a un praliné, es interesante. Pero lo que es mucho más interesante es su diferencia. Nombrar la cualidad diferencial de la nuez: ese es el objetivo, ese es el progreso”.

La nuez, la piedra, la papa, la ostra, la puerta, pero también la mariposa, el camarón, el gimnasta, la madre joven. A cada uno de ellos se detuvo a observarlos durante la suficiente cantidad de tiempo como para que arrojaran luz sobre ellos mismos. A él le correspondía encontrar las palabras adecuadas para nombrar lo que las cosas tienen y las hace únicas.

El género en que escribe Ponge es inclasificable, aunque a él le gustaba decir que los suyos son poemas en prosa en los que ensayaba una combinación entre definición y descripción de lo observado. “Confieso no saber muy bien qué es la poesía, pero sí sé bastante bien, en cambio, qué es un higo”.

Voy a dejar por acá algunas de sus frases sobre los objetos, de esas que las maestras de primer grado querían que escribiéramos a partir de las palabras recortadas. Y las dejo también como un ejercicio posible: a ver si somos capaces de dirigir la mirada hacia fuera y ver lo que las cosas tienen de singularidad, independientemente de nosotros.

El higo: “Ese altar centelleante. Así es el interior del higo”.

El final del otoño: “Todo el otoño al fin no es más que una infusión fría”.

La ostra: “Es un mundo obstinadamente cerrado. Sin embargo, podemos abrirlo”.

Las puertas: “Los reyes no tocan las puertas. Desconocen esa felicidad”.

El fuego: “El fuego efectúa una clasificación: en primer lugar, todas las llamas se dirigen en algún sentido”.

El molusco: “El molusco está dotado de una fuerza poderosa para cerrarse. A decir verdad, no es más que un músculo, una bisagra, un blonut y su puerta”.

¿Y qué pasó con Laura? Durante los meses siguientes, sus oraciones continuaron con idéntica forma, parcas e inflexibles, y así lo atestiguan sus cuadernos: allá por octubre de 2013, la seño Fabiana estaba enseñando una letra complicada y dejó como tarea: “Buscar, recortar y pegar 10 palabras que lleven lla-lle-lli-llo-llu. Elijo cinco y escribo oraciones”.

Laura escribió cuatro. En la última metió un 2×1 y se arriesgó a otras formas de la enunciación, como el imperativo.

“La llave del auto es más chica que las otras”.

“Cristina la presidente es millonaria”.

“Por la calle pasan los autos”.

“Llevemos galletitas para el recreo”.

Poco tiempo le duró su obstinación en eso de tomar partido por las cosas y no involucrar ni fantasía ni mentiras ni imaginación ni matices ni juego en su escritura. Al año siguiente, al lado de los BÁRBARO y SÚPER, Fabiana comenzó a reclamar oraciones más extensas, personajes, adjetivos, muchos adjetivos. Y así transcurrió segundo grado con una niña que, entre voluntad y resignación, se entregó definitivamente a los requerimientos escolares de la enseñanza de la lengua.

“Popóm era una niña muy feliz y una noche se despertó y se puso a mirar por el telescopio y descubrió un planeta azul, precioso, hermoso y lindo y se fue a dormir”.

 


Hola, ¿cómo estás?

He visto un elefante caer de la parte de atrás de la camioneta que lo transportaba, rodar aparatosamente, incorporarse un tanto aturdido, como perdido, un tanto incrédulo. Ha visto dos jirafas, llevadas también en la parte de atrás de una camioneta, golpear brutalmente sus cabezas contra un puente transversal, por un error de cálculo del conductor de la camioneta sin dudas, y continuar viaje aún erguidas sobre sus patas, pero con sus largos cuellos doblados y caídos, no sé si muertas o desvanecidas. He visto suntuosas piletas de natación, montadas en lo más alto de unos imponentes rascacielos, resquebrajarse y desprenderse y caer horriblemente al vacío, llevándose consigo a los incautos que se solazaban en el agua acaso tibia y en la prodigiosa vista de altura. He visto al presidente en funciones de un partido nacional anunciar con tonos sobrios que daba de baja la postulación de su candidata a la cámara legislativa, al advertir resignadamente que no tenía chance alguna de ganar. He visto un osado derechazo de Darío Benedetto, lanzado desde la mitad de la cancha nada menos, clavarse en la parte alta del arco rival, sin respuesta del arquero, para asombro de la multitud.

Todas estas cosas vi, y muchas otras de la misma índole, y ninguna de ellas correspondía al registro real de un hecho verdadero: todas eran, todas son visiones fraguadas por eso que ha dado en llamarse inteligencia artificial. Dirimirlo no es difícil. No lo es para el ojo entrenado, que detecta de inmediato incongruencias en detalles o en ensambles, huellas visibles de la falsificación; pero no lo es tampoco para el ojo crédulo, para el ojo ingenuo: uno puede siempre revisar si no hay insertas advertencias al respecto, o bien dirigirle la consulta directamente a Grok, pues Grok es dócil y responde siempre, carece de malicia y admite sin más trámite que lo que parecía ser, no es, que lo que pareció ocurrir, no ocurrió.

Yo sé bien que Grok no es nadie, yo sé bien que Grok no existe (lo sé por él: él mismo lo ha dicho). Y aun así, sin embargo, me encontré pensando el otro día: ¡qué cansado debe estar Grok! ¡Qué hastiado, qué saturado, qué repodrido debe estar! ¡Todo el día contestando preguntas, poniendo o sacando bikinis, tolerando tonterías, dejándose boludear! Esa clase de cosas pensé, mas no tardé en advertir lo obvio: que no era sino mía la fatiga que le asignaba al bueno de Grok. A Grok no se le acaban las ganas, pues no las tiene ni las precisa; el desganado a todo esto era yo, era evidentemente yo. Un desgano sin vehemencia, cansino por naturaleza, que no me desalentó del hábito de inercia de seguir viendo pasar las imágenes, pero sí de ocuparme de comprobar si eran ciertas o adulteradas.

¿Se cayó y rodó el elefante, se golpearon las jirafas, se rompieron las piletas, se bajó la candidata, el tiro de lejos entró? Ya no quise tomarme el trabajo (porque, claro: se me convirtió finalmente en trabajo, se me volvió finalmente laborioso), por breve y sucinto que fuese, de confirmar o rectificar. Ya no quise ocuparme de discernir si, en cada caso, había que creer o había que descreer. Así de simple: dejó de importarme. Ni la famosa suspensión de la credulidad de la que habló Coleridge, ni la formulita del “elijo creer” que se puso de moda últimamente. Ni una cosa ni la otra, sino más bien una pura fiaca de creer o descreer. ¿Lo que hice fue entregarme entonces al puro juego de la ficción? Claro que no, nada de eso; si quiero ficción voy al cine, voy al teatro, leo cuentos, leo novelas, y entablo gozoso el pacto de verosimilitud que se plantea en cada caso. Esto otro es sencillamente cansancio, hastío, hartazgo, con su corolario esperable de desgano y fiaca en materia de confianza o escepticismo.

El efecto fue para mí liberador. Se ve que venía ya un tanto agobiado de trajinar con ese rezago del cinismo posmoderno conocido como “postverdad”. El asunto cobraba ahora, de repente, otro cariz: el cariz de las pavadas superfluas que se dejan deslizar como tales, sin merecer siquiera su estricta problematización. ¿Por qué no cederle todo esto a esa lógica del cualquiercosismo que tanto abunda por lo demás en las redes (la misma por la que, en Twitter por ejemplo, alguien esconde arteramente su nombre y expone públicamente el de algún otro, para decir, sobre ese otro, cualquier cosa)? ¿Por qué no hacerlo así y retrotraer a ámbitos más pertinentes el hábito crítico de indagación de la verdad, el ejercicio crítico de sospechar posibles mentiras? No dejaría de ser, en cierto modo, una forma de ganar por cansancio. ¡Pero por el cansancio propio! El asunto empezaría a resolverse, pero no mediante alguna clase de contención o restricción, sino en razón de su proliferación misma: al saturarse, nos satura; y es de su propia demasía que emerge un simple encogimiento de hombros. Engaño y desengaño se dirimirán en otras partes, en verdad más sustanciales, que es donde solíamos hacerlo (los diarios, las revistas, la televisión, la radio); y el bombardeo cotidiano de estas imágenes, del que tan difícil resulta sustraerse, nos encontrará felizmente preservados. Las miraremos meramente pasar, y eso gracias a la IA.

Ya sé que en todo esto se entrevera una expresión de deseos, y que tal vez uno no llegue de veras o del todo hasta ese punto. Sé también que hay de por medio un riesgo, el riesgo de la abulia: de apagarse en la indolencia y que todo dé lo mismo. Por eso decidí intercalar, en el puñado de ejemplos elegidos de lo visto últimamente en las redes, uno que no me resulta, y no podría resultarme nunca, para nada indiferente. Los que me conocen distinguirán en seguida cuál es. Sí, sí, ya sé, ya sé. Se fue afuera. Se fue afuera, sí, ya sé. Se fue afuera, y no por poco.

 

Seguimos la próxima.
Martín