Donde la infancia se queda un rato más

En una casa antigua de La Sexta, casi en la esquina de Riobamba y  Berutti, funciona el Centro Cultural de la UNR, un espacio donde los chicos encuentran donde jugar, aprender y ser escuchados. Entre talleres, merienda, desafíos materiales y una realidad marcada por desigualdades, el centro se convirtió en un punto de encuentro donde la universidad deja de ser una abstracción y se vuelve parte activa del barrio.

Por Florencia Brahim

Afuera, los colectivos avanzan por Riobamba y los estudiantes cruzan la calle, apurados hacia sus facultades, acompañados por el bullicio del tránsito. Adentro, el sonido cambia: hay risas, pasos y voces que llenan los pasillos. En una casa antigua, detrás de una puerta de madera que siempre permanece abierta, funciona el Centro Cultural de la Universidad Nacional de Rosario, un lugar donde las infancias del barrio encuentran algo más que actividades para realizar.

Hace más de dos décadas que el centro forma parte del entramado de República la Sexta, un territorio atravesado por contrastes.

Las facultades, el comedor universitario, las casas bajas y los vecinos de toda la vida. En medio de esas diferencias, el centro se volvió punto de encuentro.

Un espacio donde la universidad se mezcla con la vida del barrio.

“Hay algo que sucede en este lugar que no pasa en otros —dice María Borgobello, coordinadora del centro y comunicadora social—. Es la sensación de que todos aprendemos de todos. Ellos de nosotros, nosotros de ellos”. Su voz suena serena, como quien habla desde la experiencia.

Aquella casa cuenta con dos salones: uno grande, con un espejo enorme sobre la pared, un proyector, un piano donado por la Escuela de Música y un equipo de sonido que acompaña los talleres de danza, música y gimnasia. En una esquina, una pequeña casita de madera guarda los libros de la nueva minibiblioteca. En el salón más chico, los niños dibujan, se disfrazan, escuchan cuentos y meriendan. También hay un patio, sus paredes están pintadas por ellos mismos, una terraza que guarda recuerdos y, por supuesto, un baño.

“Algunos llegan antes de que empiecen los talleres, otros se quedan después”, cuenta María. “Es un espacio donde se sienten parte”, agrega. Cada tarde parece distinta, aunque siempre empieza igual: un saludo, una ronda y los materiales listos. Los chicos llegan después de la escuela. Entre pinceles, instrumentos y títeres, el arte se vuelve una forma de expresar, de decir sin hablar.

María sonríe al ver llegar a un niño que llevaba semanas intentando pronunciar una palabra y finalmente lo logra: era el nombre que había elegido para su muñeco, que sostenía orgulloso con sus manos. Muchos de los chicos del centro tienen dificultades de lectoescritura, por eso cada palabra dicha o escrita, es un paso enorme. “Eso no parece mucho, pero para nosotros lo es todo —dice—. Son pequeñas cosas que te recuerdan por qué estás acá”.

En el taller de danza clásica, el piso de madera cruje al compás de los movimientos.

Las manos se elevan, los cuerpos se animan, las miradas se cruzan.

Aldana Ferreyra, la tallerista de danza clásica, observa en silencio antes de hablar:  “El juego es el motor de todo, pero también hay reglas, y eso les da confianza. Saben que hay adultos que los escuchan, que valoran lo que hacen, Eso les cambia todo”.

Recuerda a una niña que al principio no se animaba a mostrarse y siempre se quedaba al fondo del salón. Con el tiempo, la paciencia y la confianza, se animó a bailar en el centro del escenario. “Ese día gritaba: ‘¡pude hacerlo!’, con los ojos llenos de lágrimas”, cuenta Aldana.

La idea de cuidado atraviesa todas las actividades del centro. Para las coordinadoras, cuidar es una forma de enseñar, y enseñar, una forma de cuidar. Cada familia de los niños que asisten al centro vive una realidad distinta, pero el hilo común es que la mayoría de quienes sostienen la vida diaria, de quienes cuidan, son mujeres.

“Yo creo que es un signo de algo que acontece socialmente —rReflexiona Liza, coordinadora del centro y psicóloga—. Este espacio está vinculado al cuidado, a la contención, y esas tareas suelen recaer en las mujeres”.

Además, agrega: “Este año no se acercó ningún padre. Otros años, tal vez dos, como mucho. Y es algo que no pasa solo acá: en las reuniones, en las entrevistas, casi siempre hablamos con las madres. Son ellas las que traen, las que buscan, las que acompañan. Madres, abuelas, tías, hermanas”.

Las palabras revelan una realidad social silenciosa: la educación, la salud y la crianza siguen siendo sostenidas, en su mayoría, por mujeres. El centro también es un reflejo de eso.

La realidad que atraviesan los chicos del barrio también es compleja y cambiante: hambre, falta de trabajo, dificultades para sostener la escuela y episodios de violencia que se repiten constantemente. Además, en los últimos años hubo procesos que transformaron el paisaje y la vida de muchas familias:

“Para mí hubo dos grandes situaciones –relata María–. Una tiene que ver con el traslado de las familias, la reubicación. Muchas vivían sobre terrenos de la universidad, y hace unos años se construyeron tres edificios nuevos para que las personas del barrio vivan ahí. Esos edificios fueron un proyecto compartido entre la Provincia, la Municipalidad y la UNR. Por suerte el traslado ocurrió dentro del mismo barrio, pero fue un proceso muy complejo. Cuando nosotras llegábamos veíamos las casas demolidas, hechas polvo, escombros, como si fuera una posguerra.”

Su compañera Liza Furlani, agrega: “Eso cambió la vida cotidiana de muchas personas. Algunos abrazaron las mejoras, otros sintieron el desarraigo”

A pesar del traslado, las familias no cortaron su vínculo con el centro. “fue un tema que se habló mucho –comenta María– el miedo, la duda, ese momento donde los vecinos se despertaron con números pintados en las puertas y no sabían qué significaba. Había mucha tensión.”

La otra gran situación que marcó a la Sexta fue la violencia callejera. “Siempre pasa –explica María– que en algún momento alguien vinculado al narcotráfico sale de la cárcel y se arma lío. Empiezan los tiroteos, la inseguridad. Hemos sabido incluso de chicos que venían al centro y después los vimos practicando con armas”.

Liza completa: “Algunos quedan involucrados y la mayoría sufren los efectos de los disparos. En los talleres aparecen esas experiencias, los chicos escriben cuentos donde la violencia está presente todo el tiempo. Es tan real que a veces cuesta transformarlo en ficción”.

María recuerda una escena: “El otro día una nena me preguntó si iba a ir a ver a Baglietto y a Nicki Nicole al Monumento. Le dije que tal vez iba, y me respondió: ‘¿Y si termina mal?’. Le pregunté qué quería decir, y me dijo: ‘Y viste que todo termina a los tiros’”.

Las dos coinciden en que esas palabras, dichas por una niña, reflejan la naturalización del peligro. “Viven con eso incorporado –dice Liza–, lo tienen como parte de su cotidiano”.

Al mismo tiempo, el hambre y la precariedad económica se han agravado. “Eso se recrudeció –afirma Liza–. La merienda ya no es algo menor, sino una condición para que los talleres funcionen; la escuela con comedor es un sostén, y cuando las clases se suspenden la necesidad se hace evidente. María lo ilustra con una anécdota: “Una vez le pregunté a un niño que dieron en la escuela ese día, haciendo referencia al contenido escolar, me respondió ‘hamburguesa con arroz’”.

Liza también subraya que la deserción escolar –sobre todo desde los 12 años– es una de las preocupaciones más grandes que tienen: pocos adolescentes completan la secundaria; muchos terminan trabajando en changas informales y muy pocos logran empleo formal.

La pobreza habitacional también es palpable: “Viviendas hechas con materiales reciclados, instalaciones eléctricas que han provocado incendios, poco espacio”, describe María. “Hay pasillos con varias viviendas”, suma. Cuando llueve hay familias que no pueden salir y los chicos no llegan a la escuela, por lo tanto, tampoco al centro. “Hay casas sin agua caliente, sin calefacción, y eso afecta todo: la higiene, la salud, la vida diaria”, enumeran.

A esto se le suma la presencia creciente de consumos problemáticos y dificultades de salud mental entre jóvenes, otro fenómeno que tanto Liza como María reconocen en aumento y que complica aún más las trayectorias de las infancias que llegan al centro. Las coordinadoras comprenden que “las transformaciones reales requieren un trabajo interinstitucional”, señala Liza. Educación, salud, organizaciones sociales y el propio centro cultural actúan en red porque los problemas exceden la capacidad de una sola institución.

Esa perseverancia convive con otra dificultad: la falta de recursos. Los recortes en el financiamiento afectan tanto lo material como lo humano.

“A veces faltan materiales o personal –explica María–. Somos pocos los contratados por la universidad, y muchas veces tenemos que articular con otras instituciones para cubrir los talleres.”

Esta red comunitaria se extiende a organizaciones del barrio: ONG, el Centro Cuidar, y otros espacios como el Centro de salud, Orillas o Rigoberta. Cada quince días, todas las instituciones se reúnen en la Mesa Barrial de la Sexta, junto con las escuelas a las que asisten los chicos, Juana Elena Blanco y Juan Bautista Alberdi, para compartir las situaciones más urgentes.

“En realidad, la vulnerabilidad atraviesa todo lo que hacemos”, resume María.

El vínculo con la Universidad Nacional de Rosario es el corazón del proyecto. A pesar de eso, no siempre los chicos la sienten cercana.

Ayana Kakefuku, estudiante del profesorado en Comunicación Educativa, realizó su práctica en el centro durante el primer semestre del año. Su testimonio revela una lejanía profunda entre la vida académica y el barrio, una distancia que la extensión universitaria busca, a veces con dificultad, reducir.

“Vos lees ‘Centro Cultural UNR’ y te imaginas otra cosa —dice—. No pensas que ahí adentro se trabaja con niños del barrio. No te imaginas que viven realidades tan crudas. Para muchos, ese edificio es de la UNR y al lado del comedor, nada más.”

Ayana, recuerda especialmente el caso de Joaquín, un niño que solía participar del centro desde muy pequeño, con problemas de desarrollo cognitivo, y que, durante el tiempo, dejó de asistir a la escuela y a los talleres. Un día, Ayana, se encontró con él en el predio de la facultad.

“Vive con sus papás y sus diez hermanos. Me dijo que estaba ‘trabajando’. Tenía hambre y estaba pidiendo plata para poder comer y llevar algo a sus hermanos”, relató. “Yo le expliqué que en el centro tenía la merienda, y me respondió: ‘Sí, pero no me alcanza’. Tenía diez u once años. No lo volví a ver desde ese día”.

A partir de este suceso, la ajenidad aparece en sus palabras: “La Siberia está re contra mal ubicada geográficamente en ese barrio. Y muchos estudiantes también. No saben que existe el centro cultural. No saben quiénes son los chicos. Y a veces, aunque los ven en los salones pidiendo, miran para otro lado”.

Sin embargo, ella como alumna de la UNR, destaca el valor formativo que tuvo la experiencia. “La extensión es lo único que te da una práctica real. Te cambia la mirada. Te hace entender que la universidad tiene que abrirse al territorio, que no alcanza con quedarse en las aulas”, reflexiona.

Ayana a partir de sus palabras, realiza una reflexión que resume el sentido de la experiencia: “El centro cultural es un pedacito de cielo. Ellos pueden ser niños un rato. Y nosotros como estudiantes, también”.

Por otro lado, “algunos viven cerca de la facultad, pero la ven como algo ajeno”, explica Liza. “Incluso hubo madres que pensaban que lo que hacíamos acá era pago. Por eso organizamos muestras dentro de las facultades, para que entren y vean que también es su lugar”, agrega.

María lo plantea desde otra mirada: “No se trata de transformar al barrio, sino de transformarnos como universidad. Los estudiantes que participan acá aprenden, deconstruyen prejuicios, amplían su conciencia social y se vinculan con la realidad de un modo que en el aula no pasa”.

Las voces de los jóvenes que pasaron por el centro confirman la huella permanente que deja el lugar: “Acá sentimos paz, libertad. Somos nosotros mismos”, dice Iván.

Morena, también antigua participante de los talleres, agrega: “Venir acá era como volver a casa”.

Hoy, ella se encuentra de vez en cuando en el taller de gimnasia: “Cuando dejé de venir seguido, estaba más en la calle, todo el día afuera de mi casa. Pero yo siento que este lugar me hace bien”.

Melani, otra joven del barrio que participaba del espacio, expresa en pocas palabras como el centro fue fundamental en su vida: “Si estuviera la posibilidad no me gustaría que el centro cierre, si eso pasa hacemos piquete en la puerta. En este lugar está nuestra infancia”.

El temor por el cierre del lugar es un fantasma que atormenta a quienes trabajan en él, pero también, a los chicos que fueron parte de este. Aun así, la alegría de quienes atraviesan esas puertas cada día se vuelve una forma de resistencia, ante tanta incertidumbre.

La jornada se va apagando lentamente. Afuera, cae la tarde sobre la Sexta. Los chicos se despiden con abrazos apurados, otros se quedan un rato más. Las coordinadoras recogen materiales, apagan las luces, cierran las persianas.

El silencio vuelve, pero no del todo, entre las paredes quedan los ecos de lo vivido, las voces que mañana se espera que vuelvan a empezar.  Porque en este rincón del barrio, la universidad se encuentra con el mundo que corre, que nunca se detiene.