A veinte años de su llegada a Rosario, Teatro x la Identidad reafirma su esencia: sembrar preguntas en quienes aún no saben que también forman parte de la historia.
Por Morena Bloch
En el Centro Cultural Parque España, los técnicos ajustaban cada detalle para la última función del ciclo 2025 de Teatro x la Identidad. Los reflectores bañaban el escenario en deslumbrantes tonos naranjas, por momentos con más intensidad y por otros con menos, dándole aún más profundidad a la escena. Romina Bozzini recorría la sala con una carpeta llena de papeles y anotaciones rápidas que hizo en el momento, alzando su voz que marcaba indicaciones rápidas con urgencia. Por su parte, Claudia Piccinini miraba su reloj cada dos por tres, ansiosa ante la inminente llegada de las diferentes escuelas que disfrutarían de la función.
La sala quedó preparada: las butacas centrales habilitadas para su uso, pasillos despejados y un silencio expectante que aguardaba el ingreso del público.
La obra que se iba a presentar llevaba por nombre “Litofagas”, escrita por Aldo Eijatib, quien en ese momento miraba atento cómo se probaban los distintos juegos de luces que se darían durante cada escena. Ya subidas al escenario, se encontraban las dos actrices maquilladas con largas pestañas postizas y los labios pintados de un rojo despampanante que se apreciaba hasta la última butaca. Ambas intentaban colocar correctamente el cero que marcaba exactamente cuál es el centro de aquella amplia tarima.
A un costado de esta escena, Mónica repasaba en voz muy baja el testimonio que leería al inicio, moviendo los labios con la delicadeza y repitiendo cada palabra en susurros que solo ella misma podía escuchar.
Antes de que se den cuenta, llegó la hora de dar sala. El público ingresó, algunos mirando el lugar con detenimiento, analizando cada detalle para comenzar a ubicarse por el espacio. Cuando las puertas se cerraron y la penumbra cubrió la sala, una imagen de las Abuelas de Plaza de Mayo con sus característicos pañuelos blancos apareció en la pantalla. Entonces, dos figuras avanzaron hacia el micrófono que se posicionaba en el centro.
—Hola, soy Claudia Piccinini. Y puedo decir mi nombre porque sé cuál es mi verdadera identidad.
Su voz retumbó en un eco que se paseó por todos los rincones del teatro con una gran firmeza, como una declaración que detenía el tiempo.
En Rosario, Teatro x la Identidad trabaja desde hace casi dos décadas como un puente entre el arte y la memoria. Nacido a principios de la década del 2000 como un movimiento impulsado por artistas con el propósito de colaborar y visibilizar la búsqueda de los nietos apropiados durante la última dictadura cívico-militar.
El ciclo realiza cada año múltiples funciones, convocando a miles de estudiantes rosarinos a presenciar la propuesta, consolidando una red entre el Museo de la Memoria y Abuelas Rosario. A nivel nacional, Teatro x la Identidad forma parte de una red formada en el año 2000 de la mano de Daniel Fanego en la dirección y que conecta sedes en diferentes puntos del país como Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Mar del Plata. Siendo un movimiento teatral de actores, dramaturgos, directores, coreógrafos, técnicos y productores que se inscribe dentro del marco del teatro político, como uno de los “brazos artísticos” que colaboran en esta búsqueda. Actualmente, la institución se dirige a las nuevas generaciones para así poder seguir transmitiendo su mensaje.
El proyecto nació en un contexto adverso. Ante la Ley de obediencia debida y punto final, surgieron diferentes movimientos de resistencia social y artística a lo largo del país. “Cuando hay un impedimento tan grande, empiezan a surgir cosas que son más de la gente”, explicó Claudia Piccinini, la responsable de traer esta propuesta a la ciudad en el año 2006. “No fue fácil”, aseguró Claudia. Aun así, logró reunir un grupo de actores, músicos y un realizador audiovisual para armar la primera obra que se presentó en la ciudad. Después de eso, decidieron continuar trabajando con la institución y entre esas personas se hallaba Romina Bozzini, actriz, ex-alumna de Claudia y con quien hoy en día sostiene el trabajo.
El amplio recorrido que llevan permitió adaptar la propuesta a cada nueva generación que haya presenciado alguna función. Las instituciones educativas de la ciudad se convirtieron en el foco de atención de este movimiento; este cambio no fue repentino, sino que es una estrategia de difusión para lograr interpelar a su joven audiencia y hacer llegar su mensaje. “El cambio de entrar a las escuelas en realidad aparece cuando esos nietos y nietas empiezan a tener hijos e hijas en edad escolar”, explicó Romina, para luego agregar: “Cuando los nietos apropiados empezaron a crecer, fueron ellos, y luego sus propios hijos, quienes comenzaron a acercarse buscando respuestas. Empezaron a acercarse por su cuenta”.
Si bien estos ciclos están pensados para colaborar con la búsqueda de las abuelas desde el arte, no apuntan solamente a tocar ese tema. Teatro x la identidad con el tiempo profundizó sus lazos con la sociedad; por eso la mayor actividad se concentró en su tarea itinerante, llegando a todo el territorio nacional, trabajando con las distintas Secretarías de Derechos Humanos, de Cultura y Educación de más de 15 provincias argentinas y comenzando a realizar funciones en escuelas de nivel medio de todo el país. En este momento buscan hablar sobre la identidad en una forma mucho más amplia, usando el teatro como una herramienta poderosa de expresión. En palabras de Romina, “El trabajo con la metáfora, el arte en sí, no solo el teatro, tiene la capacidad de tocar fibras que quizá a veces con la palabra no se logra directamente”.
Antes de comenzar cada función, se lee un fragmento de un testimonio extraído del archivo biográfico familiar de Abuelas. Mónica, militante de Nietes, es quien tuvo la tarea de realizar aquella lectura en esa función y en representación de la agrupación; recalcó la importancia de estas instituciones para la lucha: “Más allá de lo horroroso, de lo horroroso de la apropiación, de lo horroroso de la dictadura, hay como un gran halo de esperanza. Se siguen encontrando nietos, se siguen encontrando y cavando en espacios para reconocer a los desaparecidos. Se sigue manteniendo teatro por la identidad, siguen estando abuelas, sigue sumando gente a defender esta causa”.
La obra comenzó. Los reflectores naranjas se encendieron y dos mujeres entraron al escenario siguiendo un mismo compás. Camisones floreados, ruleros y escobas; dos vecinas de toda la vida barren la vereda de sus casas mientras cacarean como gallinas entre risas, peleas y pequeñas rutinas diarias. Los días pasan, pero la situación es siempre la misma, hasta que por momentos dejan ver qué es lo que realmente pasa. El aire cambia, las escobas se detienen.
— ¿Dónde están los que saben?
—¿Y qué saben los que saben?
Las luces blancas cayeron de frente y el silencio se instaló entre los presentes. El silencio en el teatro tiene un peso propio; en ese momento se escuchaba cada respiración, cada pisada, cada instante. El público pareciera no pestañear ni un segundo; los ojos de todos están clavados en esta escena, en este momento, el quiebre final. Antes de que apareciera el primer aplauso, la sala entera sostenía la respiración. Para los ciclos de esta institución, no es solo importante que los que vengan a ver disfruten de la obra. Sino que se pueden preguntar por su propia identidad. “A pesar de todo lo que pasa, uno no tiene que quedarse; los pibes y pibas siempre quieren saber, el poder hablar y debatir sobre la identidad, más allá de lo que les pasó a las abuelas antes”, exclamó Claudia, para luego explicar que: “La identidad se forma de distintas maneras; lo único que las abuelas bregan es que no sea a partir de una mentira”.
En el momento en el que estallan los aplausos, el escenario se ilumina completamente. Ambas hacen reverencias ante su público con su maquillaje corrido ante la intensidad de la escena y los pañuelos enmarcando sus rostros.
La función termina, pero nadie se mueve de su butaca. El silencio terminó dejando a Claudia y Romina sentadas en el borde del escenario junto a las actrices y el director.
— Sabemos que tienen muchas dudas en este momento, así que vamos a usar este espacio como un intercambio. Pueden preguntar lo que quieran.
Tardaron en alzarse las primeras manos curiosas. La obra había cumplido su cometido: la pregunta ya estaba en circulación, viva, presente. El intercambio fue desde el proceso artístico hasta cuestiones más personales, incluso una nena de 12 años quien se movilizó hasta las lágrimas alegando que no podía comprender cómo una abuela no podía conocer a su nieto. “Lloré mucho, demasiado, a un nivel que nunca había llorado con una obra”, exclamó ella y agregó: “Fue muy lindo, nunca pensé que me podría llegar así”.
La sala se fue vaciando hasta que solo quedaron unos pocos, los murmullos se alejaban con cada paso más distante que daban los estudiantes, las luces volvieron a su intensidad habitual y el ritmo interno del teatro recuperó su calma inicial. Pero algo había quedado suspendido, como una hebra invisible que seguía uniendo a quienes se retiraban con lo que acababan de presenciar.
Entonces aparece lo que, para Claudia, parece constituir el verdadero sentido de Teatro x la Identidad. Como ella misma lo explica: “Después de cada función, yo personalmente, Claudia, digo: Vale la pena. Aunque sea un pequeño grupo, aunque sea una actividad que no tiene tanta publicidad. Aunque no queda la marca con el nombre, creo que sí queda la duda de en qué se piensa cuando uno dice identidad. Cada uno arma su identidad, cada uno cuenta su historia y cada una es muy distinta”.
Teatro x la identidad sigue firme en estos casi 20 años, y en palabras de las referentes de esta institución en Rosario, este ciclo seguirá con la esperanza de mantener abierta esa puerta para que cada nuevo espectador que participe de ese acontecimiento pueda realmente vivenciar, experimentar y sobre todo pueda sentirse parte. Porque la función termina, pero la búsqueda no.