
Esta semana compartí con ustedes dos fragmentos de la novela Hasta que empiece a brillar, del argentino Andrés Neuman, y que novela la vida de la lexicógrafa española María Moliner, autora del célebre Diccionario de uso del español.
Amor. Para la Academia no pasaba de “afecto” (¿por qué no un sentimiento o una emoción?, ¿qué categorías oprimían los corazones de sus ilustres redactores?) “por el cual busca el ánimo” (¿el ánimo en abstracto, así, solito?) “el bien verdadero” (¿y quién dictaba qué era el bien verdadero?) “o imaginado” (eso del bien imaginario le pareció un hallazgo admirable), “y apetece gozarlo” (y de golpe, por fin, iban al grano).

María tanteó una definición un pelín más cálida y, por qué no, justa. «Sentimiento experimentado por una persona hacia otra, que se manifiesta en desear su compañía, alegrarse con lo que es bueno para ella y sufrir con lo que es malo». Si estas dos últimas condiciones no se daban, ¿de qué estaban hablando cuando hablaban de amor?
Las siguientes aceptaciones canónicas de amor le sonaron particularmente arbitrarias. “2. Pasión que atrae aun sexo hacia el otro”. Además de proscriptas, otras formas de amor pasaban enconteces a ser indecibles. “3. Blandura, suavidad. Los padres castigan a los hijos con amor“. Este ejemplo la hizo saltar de su silla. Lo rectificó disociando el amor del castigo. «Suavidad o blandura con que se trata a alguien: Los padres corrigen con amor». ¡De nada, hijos míos!.
Escribir. Si verbos como rodar no le quedaban redonditos, vaya y pase. Pero no podía escribir mal sobre escribir.
“Representar las palabras o las ideas con letras u otros signos trazados en papel u otra superficie, por medio de pluma y tinta o de otro instrumento adecuado a este fin, o por medio dela mecanografía”. Nada menos que cinco disyuntivas en una sola oración, por no hablar de esos tres otros o del lio con las preposiciones. Aquel farragoso fraseo carecía de la menor belleza, que para ella forman parte de la acción descrita, y sus vacilaciones revelaban una enternecedora vulnerabilidad: a los muy señores académicos también les temblaba el pulso cuando se trataba de escribir.
Horas más tarde, María se masajeó las articulaciones rígidas, los callos en las yemas, y se quedó mirando el lápiz con el que prefería trabajar cuando aún no estaba segura. Ese afán artesano y su precariedad se parecían a su idea de lenguaje. Las frases borradas le hervían en los párpados. Entonces, creyó dar con la fórmula que buscaba. Renunció a la exhaustividad en favor de una síntesis radical y una imagen concreta. «Representar sonidos o expresiones con signos dibujados». Eso fue todo. La escritura era también una aventura gráfica.
releyendo la frase que acababa de anotar, descubrió que estaba formada por un endecasílabo y un heptasílabo. Lo tomí como un regalo del ritmo y no la tocó más. Sólo añadió dos ejemplos de uso transitivo e intransitivo. No sabe escribir. Porque nadie sabía. No sabe escribir su nombre. Porque ese había sido el país de su madre y el suyo.
Fragmentos de Hasta que empieza a brillar, novela de Andrés Neuman. Alfaguara. 2025