Ejercicio de escritura Nº 1: Una memoria de la escritura

Objetivo: que el estudiante ejercite la escritura a partir de un recuerdo que tenga a la propia escritura como motivo.

Consignas:

  1. Leé en clase del texto motivador: Fragmento del capítulo nº 49 de El infinito en un junco de Irene Vallejo, copiado al final de la publicación.
  2. En clase, escribí un texto breve en el que cuentes cómo empezaste a leer y/o a escribir, cómo fue la relación con las letras de chiquito, incluso antes de la escuela. ¿Te leían? ¿Hacías que leías? ¿Inventabas un código propio para escribir? ¿Conocías las letras?
  3. Leé tu texto en clase.
  4. En casa, pedí a quien pasara tiempo con vos cuando eras chico/chica —mamá, papá, abuela, hermanos mayores— que te ayude a recordar cosas sobre esas primeras experiencias tuyas con la lectura y la escritura. Incluí lo que te cuenten en tu relato.
  5. Revisá el texto escrito en clase (¿hay que ajustar la puntuación? ¿tiene errores de ortografía, algún verbo mal conjugado, una oración que puede ser reescrita?), sumá algo de lo que te hayan contado y/o algo más que hayas recordado y a partir de todo eso, reescribí el texto propio. (Eso no significa hacerlo todo de nuevo, sino seguir trabajando en el texto)
  6. ¿Te animás a agregarle un título? Hacelo.
  7. En un mismo archivo de Word adjunto , enviá la versión que escribiste en clase y esta nueva a la dirección de correo ceciliareviglio@hotmail.com antes del martes 16 de abril. (no olvides revisar las pautas para enviar trabajos aquí, antes de hacerlo)

El archivo debe llevar como nombre: Apellido_Red1_C3_Ejercicio1

El mail debe llevar por asunto: Redacción 1 –Ejercicio 1

 

Cap. 49 de El infinito en un junco (Fragmento)

Mi madre quiso enseñarme a leer y yo me negué. Tenía miedo. En mi colegio había un niño llamado Alvarito, hijo de maestros, que había aprendido en casa. Cuando los demás todavía tartamudeábamos con los tarjetones de las sílabas, él leía de corrido con distraída perfección. Una facilidad pasmosa, difícil de soportar. La venganza se desencadenó en el patio de recreo. Lo perseguían. Gritaban: cuatro ojos, gordinflas. Le pisotearon la cartera. Le colgaron el anorak de las ramas de la higuera, donde no podía alcanzarlo porque no era ágil trepando. Alvarito había quebrantado el código de la escuela; se había pasado de listo. Sus padres tuvieron que cambiarlo de colegio.

A mí no me pasará, pensé con orgullo. Además, no me hacía ninguna falta tomarles la delantera a los demás. Mi madre me leía cuentos por la noche. Nuestro pequeño teatro nocturno no correría peligro mientras yo no supiera leer. Lo que de verdad quería era aprender a escribir. Ignoraba que ambas cosas van juntas y se necesitan.

Un día por fin tengo un lápiz entre los dedos. No se deja sujetar fácilmente, hay que domesticarlo. Lo aprieto con fuerza contra el papel para que no se escape, pero a veces se planta en rebelión, partiéndose las narices contra el cuaderno. Entonces necesito el tajador para afilar otra vez la punta. Puedo verme; estoy sentada con otros niños en una mesa redonda de color vainilla. Inclinada hacia delante, dibujo palotes, puentes, redondeles, curvas. La lengua me asoma entre los labios, siguiendo el desplazamiento de la mano. Filas de emes enganchadas con sus vecinas. Filas de bes con su barriguita. No me gusta la barra transversal de la t (complica el asunto).

Tiempo después, asciendo: ya puedo juntar letras. La eme extiende un rabito hacia la a. Al principio todo parece un embrollo, un lío de rayujos. Sigo adelante. Como soy zurda, restriego el puño por encima de los renglones al avanzar y los voy esfumando. Dejo una estela gris. Con la mano ennegrecida, continúo. Hasta que una mañana, sin darme cuenta, por sorpresa, le arranco el secreto a la escritura. Hago magia. Mamá. Los palitos y los redondeles cantan en silencio. He atrapado la realidad con una red de letras. Ya no hay solo líneas; es ella la que aparece de pronto en el papel: su voz tan bonita, las ondas de su pelo castaño, la mirada cálida, la sonrisa que enseña unos incisivos prominentes y, por eso, porque le dan vergüenza sus dientes desordenados, acaba siempre en un gesto tímido. La he llamado con mi lápiz, está ahí. ¡Mamá! Acabo de escribir y comprender mi primera palabra.

En todas las sociedades que utilizan la escritura, aprender a leer tiene algo de rito iniciático. Los niños saben que están más cerca de los mayores cuando son capaces de entender las letras. Es un paso siempre emocionante hacia la edad adulta. Sella una alianza, desgaja una parte superada de la infancia. Se vive con felicidad y euforia. Todo pone a prueba el nuevo poder. ¿Quién iba a sospechar que el mundo entero estaba engalanado con cadenetas de letras, como una gran verbena? Ahora hay que descifrar la calle: far-ma-cia, pa-na-d…e-ro, se al-quiiii-la. Las sílabas estallan en la boca como fuegos artificiales, lanzando chispas. En casa, en la mesa, por todas partes te asaltan mensajes. Empiezan las ráfagas de preguntas: ¿qué significa bajoencalorías?, ¿y aguamineralnatural?, ¿consumirpreferentemente?

En la sociedad judía medieval se celebraba con una ceremonia solemne el momento del aprendizaje, cuando los libros hacían partícipes a los chiquillos de la memoria comunitaria y del pasado compartido. Durante la fiesta de Pentecostés, el maestro sentaba en su regazo al niño al que iba a iniciar. Le enseñaba una pizarra en la que estaban escritos los signos del alfabeto hebreo y a continuación un pasaje de las Escrituras. El maestro leía en voz alta, y el alumno repetía. Luego se untaba con miel la pizarra y el iniciado la lamía, para que las palabras penetrasen simbólicamente en su cuerpo. También se escribían letras en huevos duros ya pelados o en pasteles. El alfabeto se volvía dulce y salado, se masticaba y se asimilaba. Entraba a formar parte de uno mismo.

¿Cómo no va a ser mágico el alfabeto, que descifra el mundo y revela los pensamientos? Los griegos antiguos también sentían su hechizo. En aquel tiempo, las letras se utilizaban para representar, además de palabras, números y notas musicales. Cada una de sus siete vocales simbolizaba uno de los siete planetas y de los siete ángeles que los presiden. Se utilizaban para embrujos y amuletos.

En aquellas remotas escuelas griegas —tardes pardas, llovizna, monotonía tras las ventanas—, los niños cantaban a coro las letras: «Hay alfa, beta, gamma y delta, y épsilon, y también zeta…». Después, las sílabas: beta con alfa, ba. El maestro las dibujaba y luego, tomando la mano de su alumno con la suya, le hacía repasar el trazo por encima. Los niños repetían mil veces los modelos. Copiaban o escribían al dictado breves máximas de una línea. Como nosotros, aprendían poemas de memoria —sus «diez cañones por banda» y «asombrose un portugués»— y retahílas de palabras raras. Recuerdo una de esas cantilenas de infancia: brujir, grujir y desquijerar; nunca más he vuelto a tropezar con esos verbos chirriantes.

La didáctica era obsesiva y cansina. El maestro-domador recitaba, y los alumnos repetían. El aprendizaje avanzaba a ritmo lento (no era raro que niños de diez o doce años todavía estuvieran aprendiendo a escribir). En cuanto eran capaces, empezaban a leer, repetir, resumir, comentar y copiar una selección de textos esenciales, casi siempre los mismos. Sobre todo de Homero, también de Hesíodo. Y de otros indispensables. Los antiguos, que veían a los niños como una especie de adultos en miniatura sin gustos ni talentos propios, les ofrecían los mismos libros que leían los adultos. No había nada parecido a la actual literatura infantil o juvenil, ninguna facilidad. Todavía no se había inventado la infancia, aún no había llegado Freud para atribuir una importancia crucial a los primeros años. Entonces, lo mejor que podías hacer por un niño era zambullirlo de cabeza en el mundo adulto y quitarle la niñez a restregones, como si fuera mugre.

El alfabeto podía ser mágico, pero el método de enseñanza era con frecuencia sádico. Los castigos corporales eran inseparables de la rutina escolar de los niños griegos, igual que lo habían sido para los escribas egipcios o judíos. En una obrita humorística de Herodas, el maestro brama: «—¿Dónde está el cuero duro, la cola de buey con la que azoto a los rebeldes? Dádmelo antes de que estalle mi cólera».

pp.132/134

 

Primer regalo textual: Cap. 49 de El infinito en un junco. p. 132. Es la escena de iniciación de la escritura.

 

Cap. 49 de El infinito en un junco (Fragmento)

Mi madre quiso enseñarme a leer y yo me negué. Tenía miedo. En mi colegio había un niño llamado Alvarito, hijo de maestros, que había aprendido en casa. Cuando los demás todavía tartamudeábamos con los tarjetones de las sílabas, él leía de corrido con distraída perfección. Una facilidad pasmosa, difícil de soportar. La venganza se desencadenó en el patio de recreo. Lo perseguían. Gritaban: cuatro ojos, gordinflas. Le pisotearon la cartera. Le colgaron el anorak de las ramas de la higuera, donde no podía alcanzarlo porque no era ágil trepando. Alvarito había quebrantado el código de la escuela; se había pasado de listo. Sus padres tuvieron que cambiarlo de colegio.

A mí no me pasará, pensé con orgullo. Además, no me hacía ninguna falta tomarles la delantera a los demás. Mi madre me leía cuentos por la noche. Nuestro pequeño teatro nocturno no correría peligro mientras yo no supiera leer. Lo que de verdad quería era aprender a escribir. Ignoraba que ambas cosas van juntas y se necesitan.

Un día por fin tengo un lápiz entre los dedos. No se deja sujetar fácilmente, hay que domesticarlo. Lo aprieto con fuerza contra el papel para que no se escape, pero a veces se planta en rebelión, partiéndose las narices contra el cuaderno. Entonces necesito el tajador para afilar otra vez la punta. Puedo verme; estoy sentada con otros niños en una mesa redonda de color vainilla. Inclinada hacia delante, dibujo palotes, puentes, redondeles, curvas. La lengua me asoma entre los labios, siguiendo el desplazamiento de la mano. Filas de emes enganchadas con sus vecinas. Filas de bes con su barriguita. No me gusta la barra transversal de la t (complica el asunto).

Tiempo después, asciendo: ya puedo juntar letras. La eme extiende un rabito hacia la a. Al principio todo parece un embrollo, un lío de rayujos. Sigo adelante. Como soy zurda, restriego el puño por encima de los renglones al avanzar y los voy esfumando. Dejo una estela gris. Con la mano ennegrecida, continúo. Hasta que una mañana, sin darme cuenta, por sorpresa, le arranco el secreto a la escritura. Hago magia. Mamá. Los palitos y los redondeles cantan en silencio. He atrapado la realidad con una red de letras. Ya no hay solo líneas; es ella la que aparece de pronto en el papel: su voz tan bonita, las ondas de su pelo castaño, la mirada cálida, la sonrisa que enseña unos incisivos prominentes y, por eso, porque le dan vergüenza sus dientes desordenados, acaba siempre en un gesto tímido. La he llamado con mi lápiz, está ahí. ¡Mamá! Acabo de escribir y comprender mi primera palabra.

En todas las sociedades que utilizan la escritura, aprender a leer tiene algo de rito iniciático. Los niños saben que están más cerca de los mayores cuando son capaces de entender las letras. Es un paso siempre emocionante hacia la edad adulta. Sella una alianza, desgaja una parte superada de la infancia. Se vive con felicidad y euforia. Todo pone a prueba el nuevo poder. ¿Quién iba a sospechar que el mundo entero estaba engalanado con cadenetas de letras, como una gran verbena? Ahora hay que descifrar la calle: far-ma-cia, pa-na-d…e-ro, se al-quiiii-la. Las sílabas estallan en la boca como fuegos artificiales, lanzando chispas. En casa, en la mesa, por todas partes te asaltan mensajes. Empiezan las ráfagas de preguntas: ¿qué significa bajoencalorías?, ¿y aguamineralnatural?, ¿consumirpreferentemente?

En la sociedad judía medieval se celebraba con una ceremonia solemne el momento del aprendizaje, cuando los libros hacían partícipes a los chiquillos de la memoria comunitaria y del pasado compartido. Durante la fiesta de Pentecostés, el maestro sentaba en su regazo al niño al que iba a iniciar. Le enseñaba una pizarra en la que estaban escritos los signos del alfabeto hebreo y a continuación un pasaje de las Escrituras. El maestro leía en voz alta, y el alumno repetía. Luego se untaba con miel la pizarra y el iniciado la lamía, para que las palabras penetrasen simbólicamente en su cuerpo. También se escribían letras en huevos duros ya pelados o en pasteles. El alfabeto se volvía dulce y salado, se masticaba y se asimilaba. Entraba a formar parte de uno mismo.

¿Cómo no va a ser mágico el alfabeto, que descifra el mundo y revela los pensamientos? Los griegos antiguos también sentían su hechizo. En aquel tiempo, las letras se utilizaban para representar, además de palabras, números y notas musicales. Cada una de sus siete vocales simbolizaba uno de los siete planetas y de los siete ángeles que los presiden. Se utilizaban para embrujos y amuletos.

En aquellas remotas escuelas griegas —tardes pardas, llovizna, monotonía tras las ventanas—, los niños cantaban a coro las letras: «Hay alfa, beta, gamma y delta, y épsilon, y también zeta…». Después, las sílabas: beta con alfa, ba. El maestro las dibujaba y luego, tomando la mano de su alumno con la suya, le hacía repasar el trazo por encima. Los niños repetían mil veces los modelos. Copiaban o escribían al dictado breves máximas de una línea. Como nosotros, aprendían poemas de memoria —sus «diez cañones por banda» y «asombrose un portugués»— y retahílas de palabras raras. Recuerdo una de esas cantilenas de infancia: brujir, grujir y desquijerar; nunca más he vuelto a tropezar con esos verbos chirriantes.

La didáctica era obsesiva y cansina. El maestro-domador recitaba, y los alumnos repetían. El aprendizaje avanzaba a ritmo lento (no era raro que niños de diez o doce años todavía estuvieran aprendiendo a escribir). En cuanto eran capaces, empezaban a leer, repetir, resumir, comentar y copiar una selección de textos esenciales, casi siempre los mismos. Sobre todo de Homero, también de Hesíodo. Y de otros indispensables. Los antiguos, que veían a los niños como una especie de adultos en miniatura sin gustos ni talentos propios, les ofrecían los mismos libros que leían los adultos. No había nada parecido a la actual literatura infantil o juvenil, ninguna facilidad. Todavía no se había inventado la infancia, aún no había llegado Freud para atribuir una importancia crucial a los primeros años. Entonces, lo mejor que podías hacer por un niño era zambullirlo de cabeza en el mundo adulto y quitarle la niñez a restregones, como si fuera mugre.

El alfabeto podía ser mágico, pero el método de enseñanza era con frecuencia sádico. Los castigos corporales eran inseparables de la rutina escolar de los niños griegos, igual que lo habían sido para los escribas egipcios o judíos. En una obrita humorística de Herodas, el maestro brama: «—¿Dónde está el cuero duro, la cola de buey con la que azoto a los rebeldes? Dádmelo antes de que estalle mi cólera».

pp.132/134