Por Julia Carle
Te cuento un poco lo que pasó en la última clase, porque estuvo bueno para bajar a tierra
los textos de Cassany que veníamos leyendo. Arrancamos haciendo una pasada habitual
por la lista de lecturas que transitamos durante las últimas dos semanas y, entre esas idas y
vueltas, surgió un tema que tocó a varios: ese patrón de rechazo o cansancio ante ciertas
lecturas que nos hace estirar el final del texto lo más posible.
Después de ese momento de “catarsis” grupal, nos metimos de lleno en los tres textos
obligatorios. Acá te paso lo más importante, mechado con lo que estuvimos haciendo en
clase, porque van muy de la mano.
Cassany fue el eje teórico de la clase, y el orden de sus textos tenía más que una mera
gracia: se trata de una pequeña receta para que quien busca crecer como escritor pueda
hacerlo de la manera más óptima posible. Así que, con esto en mente, comenzamos
comentando el texto “Leer como escritor”.
Lo curioso del texto es que la idea central que discutimos deriva en que no es lo mismo leer
para informarse que leer para aprender a escribir. Para Cassany, un escritor es competente
cuando lee como un “emisor”.
Reflexionamos sobre esta cuestión de utilizar a otros escritores como modelos, así como
cuando, de pequeños, nuestros referentes eran nuestros padres.
Y lo importante es el modo en que accedemos al texto mediante la lectura: haciéndolo como
escritores y no solo como lectores, ya que de este modo nos comprometemos y prestamos
atención a la manera en que el autor emplea el lenguaje, la puntuación, la cohesión de
ideas y la sintaxis. En fin, poner el “ojo clínico” sobre esos elementos que conocemos, pero
cuyas fórmulas van creando nuevos resultados.
Luego continuamos con el segundo texto, que va hermanado con el anterior, como una
serie de pasos para comenzar a transitar el camino del escritor. En este texto, Cassany nos
propone la existencia de dos prosas: la del escritor y la del lector.
Cuando hablamos de prosa de escritor, hablamos de ese primer borrador donde vamos
explorando la búsqueda del contenido. Aquí se despliega una lluvia de ideas y es, según
Cassany, el estadio en donde más tiempo uno debe permanecer, “vomitando” toda idea,
palabra y/o pregunta que nos sirva para explorar el tema.
Y luego aparece la prosa del lector, consistente en el traspaso de ese primer borrador a un
texto capaz de ser comprendido por otra persona aparte de nosotros. Acá hay que adoptar
el punto de vista de la audiencia y convertir esas ideas sueltas en conceptos elaborados y
estructuras retóricas con un propósito claro. Como dijimos en clase: si no pensás en el otro,
el texto no llega a nadie.
Finalizamos el marco teórico de la clase analizando el último texto de Cassany, para
quitarnos ciertos mitos de encima. Por ejemplo, esta idea de que existe una musa
encargada de brindarnos inspiración y que, por medio de ella, la escritura fluye de forma
ininterrumpida.
O también esta idea de que el borrador no posee valor y que el escritor “real” es aquel que
puede crear algo perfecto al primer intento.
Y acá hago una pequeña pausa para recalcar, como bien se habló en clase, que escribir
requiere trabajo y compromiso; estar dispuesto a trabajar y retrabajar una y otra vez, porque
es a través de este proceso que uno aprende.
Como último mito a derribar, Cassany menciona la necesidad de desmitificar la importancia
de la ortografía en esos estadios iniciales. Obvio que es importante, pero es mejor dejar la
corrección para el final, permitiendo que en estos primeros pasos la mente fluya sin trabas.
Y con esto llegamos al ejercicio que desplegamos en clase, cuyo objetivo fue aplicar lo
aprendido trabajando con el tema: “Las competencias tecnológicas de los estudiantes de
Comunicación Social”.