Lo que pasa en la casa número 1

Por Chiara Scataglini

En una esquina escondida dentro del predio ACA en el centro de la ciudad de San Lorenzo, un grupo de voluntarios ofrecen un espacio de contención. Entre el olor a madera y el mate cocido algunos jóvenes en situaciones vulnerables encuentran un oído sin prejuicios, forjan un futuro productivo y construyen una familia que los salva de la calle.

—¿Hacia dónde va? — es lo primero que se escucha luego de un amable saludo en la portería del predio.
—Al Refugio Joven— mientras se cruza el umbral hacia una esquina escondida entre árboles, a media cuadra de la avenida donde predominan los ruidosos vehículos, el ambiente es distinto. El ruido de la ciudad se disuelve y los pájaros cantan sin parar.

El olor a cereal proveniente del puerto ACA se cuela sin permiso y se instala en todo el recorrido. La casa número uno del predio, anuncia con grafitis de colores sobre el verde claro de sus paredes “Refugio Joven”. Tejas marrones y una gran puerta gris. Es una casa antigua, con grandes ventanas por las que pasa el sol de primavera directo al interior.

Adentro, en la cocina, Alicia acomodando tazas sobre la mesada. Tiene los lentes en la cabeza, los rizos recogidos y una sonrisa cálida. Ofrece mate cocido como cada sábado desde hace 16 años.
—Llegué en 2009, viendo un noticiero de la ciudad, pedían material humano— recuerda.

Alicia siempre quiso estar en un lugar donde hiciera falta y siempre le gustó cocinar para muchas personas. Empezó cocinando, charlando como lo hacía con un hijo o un nieto, preguntando si habían ido a la escuela o si habían hecho la tarea.

El refugio nació hace alrededor de 20 años, impulsado por Oscar Luna, quien era líder voluntario de scout, y la doctora María Luisa Petruzzi quien era la médica directora del hospital local.

Hoy con un grupo reducido de cinco voluntarios, y menos recursos ya que se sustenta principalmente donación de voluntarios y el Senado que según cuenta Alicia “una o dos veces al año nos hacen hacer una carta y después viene el cheque donde al monto lo ponen ellos, depende de la de la situación de cada asociación”, sigue siendo un espacio de contención para un cupo de 12 jóvenes de distintas partes de la ciudad.

Alicia recuerda con emoción a los chicos que formaron parte y ahora pasan a saludar por el lugar o la frenan cuando se cruzan por la ciudad para saludar y agradecerle por las charlas y las comidas.  Lucas fue uno de ellos. Tenía 14 o 15 años cuando unos amigos del barrio lo invitaron:

— Mi vida en ese momento, adolescente con ganas de descubrir un montón de cosas, con muchos miedos, con una familia unida, pero también con algunas cuestiones. Iba a la escuela secundaria, al Nacional. Era religión ir los sábados al refugio— dice—. Nos gustaba tanto que nos quedábamos los dos turnos, era un lugar donde podías aprender carpintería, pintar, hacer artesanías. Era algo distinto de lo habitual, nos sacaba de la calle.

Creció en Barrio Norte de la ciudad de San Lorenzo, un barrio que define como “humilde, un lugar marcado por prejuicios, droga, prostitución y carencias”. “Si no hubiese tenido esa contención o este espacio para la escucha, yo no sé
cómo hubiese sido el resto de mi adolescencia, habiendo tanta droga en todos lados, habiendo tanto de todo”.

Cuenta que lo que más valora es la escucha activa que hay en ese lugar:, “Te veían con cara larga y te escuchaban, te notaban raro y querían hablar con vos, que no era común en las familias este hábito de escuchar y entender, a lo mejor está eso de escuchar pero prejuzgar enseguida”

Hoy Lucas trabaja en una estación de servicio capacitando a otros aprendices de playeros, y está a una materia de terminar su carrera de maestro. Reconoce que el refugio lo ayudó a construir ese camino: “Me influyó mucho hacia dónde yo quería ir. Todas las charlas que tuve en ese lugar fueron muy productivas, alentando al futuro, a ser productivo, a estudiar, al trabajo y a llenarse de conocimientos”.

En el refugio se realizan encuentros martes jueves por la tarde y sábados por la mañana donde se brindan talleres de carpintería, Alicia cuenta que “se trata de recibir sin límites, para el que quiera, para el que necesite, jóvenes que quieran aprender el oficio, personas que quieran hacerlo como una terapia, una distracción.” Dentro del cupo permitido por la escasez de voluntarios.

En el taller pegado a la cocina el profe Kiko da clases de carpintería entre indicaciones, ruido a cepillado y olor a madera mezclado con barniz, la radio suena bajito, como un susurro.  Kiko es Héctor Abel Gallo, maestro de carpintería hace 30 años y pilar del
Refugio desde hace 19. Para él, el taller es mucho más que un oficio.

Él dice: “El maestro aprende del alumno también, comparte experiencias de vida, comparte conocimiento, siempre y cuando no sean mezquinos a la hora de enseñar”. Recuerda que su labor comenzó con un llamado de jueces y abogados para trabajar con personas en libertad condicional, una etapa “dramática”.

A pesar de los desafíos iniciales—la falta de materiales o el ver a algunos jóvenes reincidir—, Kiko mide el éxito en las historias que vuelven: “Y en cuanto a los alumnos que pasaron por el refugio, la mayoría está trabajando. De muy pocos no sé nada. Tengo algunos que me van a visitar con distintos emprendimientos, como uno que iba cuando era chico y ahora compró una máquina para reciclar plástico. Llorábamos los dos emocionados por cómo acomodó sus cuestiones familiares y cómo le sirvió el haber ido al refugio”.

Alicia hablaría de los desafíos que enfrenta el refugio hoy en día, uno de ellos conseguir voluntarios: “Necesitamos gente que done una o dos horas de su vida, no hay muchos espacios donde se enseñe un oficio”. “Espacios como el refugio se necesitan un montón, porque hay que tratar de que los jóvenes mantengan la cabeza ocupada en cosas productivas y no estén tanto en la calle, que tengan un momento para alejarse de realidades no muy agradables que pueden estar atravesando, que le sirva como un “escape amoroso”, agrega Lucas.

La necesidad de “más voluntarios que no juzguen” es clave para Cintia Siernoli, operadora en salud mental y adicciones, quien colabora desde hace 11 años en el lugar. Su rol se centra en la vinculación con las familias y el abordaje integral de las problemáticas.

Cintia muestra una postura clara: “Si aún hay prejuicios con respecto a este tipo de poblaciones no se puede realizar ningún tipo de trabajo”. Al respecto dice que “el mayor peso de la condena social que sufren estos jóvenes es ser estigmatizados, discriminados, excluidos socialmente, ignorados e insultados por su condición social o por pertenecer a un barrio vulnerable. Por eso la importancia de personal o de voluntarios que asistan, pero a corazón abierto porque acá no trabajamos con los libros, sino con las realidades.”.

Jorge Dardi, actual presidente de la institución, llegó hace diez años como profesor de fútbol y hoy es la cabeza de la comisión. Para él, el Refugio cumple un rol “muy importante para los chicos que están en una situación de calle” y para él la prueba más contundente del valor del Refugio es “ver a los jóvenes volver”, como Emanuel que hoy es miembro de la comisión.

“El trabajo no es solo manual; también es social, psicológico y grupal, lo que lo convierte en una familia. Es importantísimo que el refugio siga en pie, ya que hace 19 años que estamos trabajando a pulmón para la sociedad”, concluye Dardi.

El refugio joven no es solo un espacio físico. Es una comunidad, una familia que se arma con distintas historias, manos que enseñan y oídos dispuestos a escuchar.
Lucas concluye: “En el refugio yo sentía que ese momento de la comida era un lugar muy especial donde compartimos, nos mirábamos a los ojos y agradecíamos. A veces no había comida en casa y por lo menos ahí tenía la comida del mediodía. Siempre hubo carencias, ya sea de amor, de comida o de escucha o de un abrazo o de palabras de aliento y en ese lugar en el refugio las encontramos”.