El sistema de adopción de Rosario: lo que no se ve y menos se sabe

Los niños quieren ser adoptados, los padres adoptar, pero el tiempo pasa, el sistema se retrasa y la adopción pocas veces llega.

Por Kiara Avril Rodriguez Tortorici

“Papá y mamá es quien cría, familia es el vínculo de amor, no la sangre, la sangre es falacia”, piensa con orgullo Matías a sus 24. Él prioriza los vínculos que dan amor sobre los biológicos, algo que aprendió luego de ser adoptado por Erika a sus once años. La adopción plena de Matías Proske no existió hasta los 14. Mientras tanto, el paso por el centro residencial, el proceso de adopción y el tiempo de espera fueron “situaciones horribles” que tuvo que atravesar.

Su experiencia fue hace casi una década atrás, y según el sistema de Niñez y el RUAGA (Sistema Único de Aspirantes a Guarda con fines Adoptivos), esta situación ya mejoró muchísimo, ya no debe repetirse, “no pasa más” porque desde que Matías fue
adoptado el RUAGA fue creado, la adopción es más organizada, la Ley del Patronato cambió y los chicos tienen la capacidad de decidir sobre sí mismos.

En la provincia de Santa Fe, la Secretaría de Niñez es el área del Estado que se encarga de operativizar ese sistema. Tiene dos niveles: el Local, que realiza un fortalecimiento familiar en situaciones que son remediables, y la Dirección que interviene cuando hay una vulneración de derechos lo suficientemente grave que justifique retirar al niño de su propio hogar, sacarlos de ese lugar que debería ser su espacio seguro, tener que protegerse de las personas en quienes más confiaban, las que nunca les harían daño, pero lo hicieron.

En la zona Centro-Sur de Rosario hay 36 centros residenciales, donde se aloja a niños, niñas y adolescentes que no tienen una familia que les brinde los cuidados y el amor que ellos necesitan. Determinado por el Artículo 20 de la Convención de Niñas, Niños y Adolescentes, los niños de 0 a 18 años de edad son resguardados en estas instituciones hasta que se resuelva la situación con sus familias, ya sea regresando con la de origen o con una nueva adoptiva que los elija. En 2025 hay más de 10 mil niños
en esta situación, y los números siguen aumentando.

Si bien cuando se toma la llamada “medida de protección excepcional” Matías sabe que podría haber ido con su abuela, ella no estaba psicológicamente bien para cuidarlo. Sus repetidas súplicas hacia Niñez para dejar de revincularse con ella no
fueron oídas, sólo tuvieron peso cuando regresó en una de esas visitas con mechones de pelo arrancados, quemaduras de cigarrillo en los dedos de los pies, muchos kilos menos y aún más moretones. Sin embargo, la asistente técnica de Niñez Virginia Prieto afirma: “Se está cambiando un montón, cambió muchísimo y se está mejorando también”. El Director de Niñez Rodrigo Lioi está de acuerdo, dice que el sistema realmente mejora.

A Matías esas mejoras no lo alcanzaron, porque la vulneración de sus derechos no solo existía en su hogar, sino también dentro de la residencia Casa Cuna de Santa Fe, donde lo llevaron para resguardarlo en 2006. “Yo compartía el cepillo de dientes con tres chicos”, dice y agrega: “La residencia al principio me generaba seguridad, pero después lo vi como una cárcel”. Él lo veía como un lugar del que tenía que irse, un lugar donde si no era adoptado se perdía toda esperanza de una vida decente, un lugar donde si perdés el tiempo creciendo perdés la oportunidad de que te elijan.

Su primer encuentro con Erika fue fugaz, ella lo llamó para conocerlo porque le estaba pagando un curso de inglés, así que se cruzaron unos segundos en la Dirección. Matías llegó a la sala, le dijo “gracias”, le dió un beso en la mejilla y salió corriendo, pero ese instante fue más que suficiente para que su futura mamá comenzara a amarlo. “Eso fue lo único que vi, pero lo que me movilizó ese nene y la fibra íntima que movió en mí no te puedo explicar, fue amor a primera vista”, declara Erika.

A pesar de las situaciones que tuvo que atravesar Matías para llegar a ser adoptado, el trabajo de las residencias ha mejorado profundamente en estos últimos diez años, según Rodrigo Lioi, no solo en cuestiones de organización, sino también las personas
que trabajan allí. Las acompañantes convivenciales están más preparadas, deben realizar una Diplomatura en Cuidado Alternativo para poder ejercer, tienen herramientas, tienen ganas, pero sobre todo tienen el deseo de ayudar a los chicos.

Ahora las acompañantes no solo cuidan niños, los acompañan y los ayudan a atravesar su dolencia. La misma Alexia Grivetto, Coordinadora de un centro residencial llamado Luxemburgo, comenta: “Capacitamos para que nos puedan decir estas cosas, para que puedan sentarse, ver el juego y poder como nosotras interpretar una vivencia del nene con el juego”, y agrega además: “Nuestra prioridad siempre son los chicos”. Es un trabajo difícil que conlleva mucha voluntad pero recibe poco reconocimiento según Priscila Ruffino, una acompañante convivencial del mismo centro que expresó de manera clara: “Los demás se llevan los laureles mientras nosotras hacemos el trabajo”.

Gracias a estos cambios en las acompañantes algunas residencias son más eficientes, aunque aún faltan muchas por mejorar. La misma psicóloga del centro Luxemburgo Aurora Rieffolo declara con seguridad: “Esas criaturas que no estaban en las
residencias y que estaban en contacto con los padres, yo los vi más deteriorados que estos chicos”. Un deterioro de los chicos por estar con sus padres biológicos, por estar con quienes deberían cuidarlos y amarlos más.

Su casa no es un hogar seguro pero, según Matías, la institucionalización prolongada tampoco lo es. Tanto tiempo aislados del mundo, de la gente, de una familia y de un modelo a seguir solo aleja más a los niños de la realidad, razón por la que actualmente
Matías trabaja acompañando a los chicos del centro Luxemburgo, para poder guiarlos hasta que se resuelva su situación.

En 2009 cambió la ley de adopción, pero no fue hasta 2006 que se adoptó en Santa Fe. A pesar de que esta estipula derechos explícitos para los niños y niñas en las residencias, la necesidad de cambios dentro del sistema están siendo pedidos a gritos por quienes se ven afectados. En Niñez aseguran que los cambios existen y se están realizando con los convenios, las nuevas acompañantes y el cierre de las residencias no aptas para albergar niños, pero el pedido de cambios no cesa.

El hasta hace ocho años Juez de Familia y actual Juez de Cámara Marcelo Molina concuerda con que hay acciones, políticas y decisiones que se están tomando que no ayudan al bienestar de los niños. Expresa apenado: “El momento que más me
preocupa es cuando hay que tomar una medida excepcional y no se toma”. “A nosotros nos pagan para tomar decisiones, no para dilatar la toma de decisiones, en ese sentido creo que hay mucho por hacer”, dice para terminar.

Si bien el trabajo de los jueces es principalmente regular el accionar de Niñez, hay algunas situaciones que ellos observan pero no pueden intervenir porque solo le corresponde al organismo de Niñez, como proponer declarar al niño en situación de
adoptabilidad o aminorar el tiempo para tomar la decisión. El tiempo juega en contra, los primeros dientes empiezan a caer y las zapatillas empiezan a quedar chicas, las situaciones que normalmente emocionarían en este caso lo único que hacen es
disminuir las posibilidades de que los niños sean adoptados. El mismo Marcelo comenta afligido: “Yo creo que la mayor impotencia pasa por el tiempo”. El tiempo en la niñez, ese tiempo que no se recupera, esa infancia que no puede volver a pasar, esos momentos que son únicos y forman parte de nosotros el resto de nuestras vidas.

Lamentablemente, Marcelo no fue el juez en el caso de Matías, y su tiempo de espera fue demasiado extenso. Estuvo 6 años institucionalizado, desde los 5 a los 11, hasta que Erika lo consiguió adoptar, más otros 3 años para la adopción plena donde tuvo la oportunidad de experimentar todo eso que le faltaba: poder elegir que ropa le gustaba, tener en quien apoyarse cuando se levantaba llorando por una pesadilla, bañarse con agua caliente, o tener algo tan sencillo como un cepillo de dientes propio.

Hoy en día el proceso de adopción se sigue extendiendo, pero no hay un plazo estimado de espera para ser declarados en adoptabilidad o conseguir ser adoptados, el mismo Rodrigo Lioi lo explica: “A lo mejor hay un chico que está esperando hace 3
años y no hay ninguna familia que lo adopte, y a lo mejor hay un nene que hace 10 días fue declarado en situación de adoptabilidad y apareció una familia para él, eso depende siempre de lo que es el caso concreto en el poder judicial”.

Sin embargo, el tiempo de espera una vez siendo declarados en adoptabilidad no depende del sistema, sino de quienes adoptan. Si los padres quieren tener un hijo sin importar las condiciones pueden ser padres mañana, pero tiene catorce años, o tiene
una discapacidad, o son dos hermanos. “Cuando uno va a adoptar en la mayoría de los casos no hay bebés en las residencias, el 90% de los adoptantes quiere adoptar chicos de cero a cinco años, y mayormente en las residencias hay chicos de los 7 años para arriba”, dice Matías.

A pesar de la decisión de los padres de adoptar únicamente pequeños, la responsabilidad no recae solo en ellos, sino también en el sistema. El mismo Marcelo Molina declaró: “No puedo juzgar a la familia por querer solo bebés, pero si al sistema por no hacerles saber que hay más opciones”. Esta falta de saberes no afectó en la adopción de Matías debido al caso particular en el que conoció a su mamá, pero el exceso de tiempo de espera existió igual.

La falta de campañas, convocatorias y charlas para informar a quienes se ven interesados en adoptar se ven a simple vista, los prejuicios y las idealizaciones, tal como dice Matías, existen en la sociedad gracias a la falta de ellas. Quienes adoptan
no saben que deben ingresar al sistema del RUAGA para inscribirse, la gente no sabe que podrían ser familia solidaria para hospedar a un niño temporalmente ni que pueden realizar donaciones o colaborar en las residencias donde los niños se hospedan, la misma Erika no tenía idea sobre la situación en las residencias hasta el momento de llegar ahí.

Matías estuvo nueve años en el sistema. Nueve. No solo él se sentía afectado con su situación, sino que su madre, cargada de empatía, no podía tolerar tanta falta de cuidado hacia los chicos. Ella misma admitió: “A mí lo que más me dolió, lo que me dio
bronca es ver la crueldad del sistema”. “No trabajan por el niño, trabajan por el sueldo y no les importa nada”, remató.

Actualmente Matías tiene 24 años, amigos, una novia, está estudiando la Tecnicatura Superior en Niñez y Familia y viviendo con una familia que lo quiere, pero sobre todo está tratando de mover el sistema para que lo que le pasó a él no le pase a ningún niño
más. Está tratando de visibilizar todo eso que no se ve, que el proceso de adopción deje de extenderse, que la franja etaria de adopción se amplíe, que las necesidades de los chicos sean oídas, darle voz a los que no son escuchados.

“Yo vengo en nombre de varios chicos que quieren tener una familia hoy”, termina Mati, con lágrimas en los ojos por la indignación e impotencia de lo que le pasó, siendo capaz de decirlo todo una vez más.