Esta semana, Delfina nos trajo de regalo dos hermosos y breves textos del escritor uruguayo Eduardo Galeano.
¿Por qué escribo?
Eduardo Galeano
Por qué, no sé.
Pero en tren de buscar explicaciones, podría decir que escribo
porque mi tendencia al pecado me impidió ser santo,
porque en el fútbol siempre fui un patadura,
porque hay historias que merecen ser contagiadas,
porque me divierte desenterrar tesoros escondidos,
porque me duele el dolor ajeno,
porque me goza el ajeno placer,
porque escribiendo devuelvo a los demás lo que de ellos viene,
porque escribiendo juego a saltar el abismo que separa el deseo y el mundo,
porque escribiendo juego a creer que puedo decir lo que quiero decir,
porque escribiendo comparto alegrías, melancolías, descubrimientos, deslumbramientos,
porque de Sherezade aprendí que hay historias que valen un día más de vida,
porque de Onetti aprendí a buscar palabras mejores que el silencio,
porque soy caminante, y cada palabra es un nuevo viaje que empieza.
porque así hablo al oído de amigas y amigos que no conozco
y en ellas y en ellos me reconozco,
y porque siendo, como soy, un inútil total, no puedo hacer otra cosa.
Silencio, por favor
Eduardo Galeano
Mucho aprendí de Juan Carlos Onetti, el narrador uruguayo, cuando yo me estaba iniciando en el oficio. Él me enseñaba, cara al techo, fumando. Me enseñaba con silencios o mentiras, porque disfrutaba dando prestigio a sus palabras, las pocas que decía, atribuyéndolas a muy antiguas civilizaciones. Una de esas noches calladas, puchos y vino de cirrosis instantánea, el maestro estaba, como siempre, acostado, y yo sentado al lado, y el tiempo pasaba sin hacernos el menor caso. Y en eso estábamos cuando Onetti me dijo que un proverbio chino decía:
– Las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio.
Sospecho que el proverbio no era chino, pero nunca lo olvidé. Y tampoco olvidé lo que me contó una nieta de Gandhi, que años después estuvo de visita en Montevideo. Nos encontramos en mi café, El Brasilero, y allí, evocando su infancia, me contó que el abuelo le había enseñado el ayuno de palabras: un día a la semana, Gandhi no escuchaba ni decía. Nada de nada. Al día siguiente, las palabras sonaban de otra manera. El silencio, que dice callando, enseña a decir.