Por el camino de Swan (1913) en En busca del tiempo perdido. (fragmento)
por Marcel Proust (1871 – 1922)
El caso es que, durante mucho tiempo —cuando, al despertarme por la noche, me acordaba otra vez de Combray— volví a ver siempre aquel como lienzo de pared luminoso, recortado en medio de tinieblas indistintas, igual al que la llamarada de una bengala o una proyección eléctrica iluminan y seccionan en un edificio cuyas demás partes permanecen sumidas en la noche: en la base, bastante amplia, el saloncito, el comedor, el comienzo de la obscura alameda por la que llegaría el Sr. Swan, autor inconsciente de mis tristezas, el vestíbulo por el que me dirigía yo hacia el primes peldaño de la escalera, cuya subida tan cruel me resultaba y que constituía por sí solo el tronco muy estrecho de aquella pirámide irregular, y, en la cima, mi alcoba con el pasillito con la puerta de cristal para la entrada de mamá; en una palabra, la escenografía —siempre vista a la misma hora, aislada de todo lo que podía haber alrededor, destacando sola de la oscuridad— estrictamente necesaria —como la que sirve de frontispicio a las obras teatrales antiguas con vistas a las representaciones en provincias— para el drama de mi desvestir, como si Combray hubiese consistido exclusivamente en dos pisos unidos por una escalera estrecha y siempre hubiesen sido allí las siete de la tarde. A decir verdad, habría podido responder —a quien me hubiera preguntado— que Combray constaba de alguna cosa más y existía en otras horas, pero, como lo que habría recordado me lo habría ofrecido tan solo la memoria voluntaria —la de la inteligencia— y como las informaciones que ésta aporta sobre el pasado nada conservan de él, nunca habría tenido esos deseos de pensar en el resto de Combray. Todo aquello estaba, en realidad, muerto para mí.
¿Muerto para siempre? Era posible.
Mucho interviene el azar en todo esto y con frecuencia un segundo azar, el de nuestra muerte, no nos permite esperar por mucho tiempo los favores del primero.
La creencia celta de que las almas de aquellos a los que hemos perdidos están cautivas en un ser inferior —en una animal, un vegetal, una cosa inanimada—, perdidas, en efecto, para nosotros hasta el día —que para muchos nunca llega— en que pasamos por casualidad cerca del árbol y nos adueñamos del objeto que es su prisión, me parece muy razonable. Entonces se estremecen, nos llaman y, en cuanto las hemos reconocido, se deshace el hechizo. Una vez que las hemos liberado, han vencido a la muerte y vuelven a vivir con nosotros.
Lo mismo ocurre con nuestro pasado. Intentar evocarlo resulta empeño perdido, todos los intentos de nuestra inteligencia son inútiles. Está oculto, fuera de su dominio y de su alcance, en algún objeto material —en la sensación que éste nos daría— que no sospechamos. Del azar depende que encontremos o no ese objeto antes de morir.
Hacía ya muchos años que —de Combray— todo lo que no era el teatro y el drama de mi acostar había dejado de existir para mí, cuando un día de invierno, al regresar a casa, mi madre —viendo que tenía frío— me propuso que, contra mi costumbre, tomara un poco de té. Al principio lo rechacé y —no sé por qué— después cambié de idea. Mandó ir a buscar uno de esos bizcochos, pequeños y rechonchos, llamados “magdalenas” y que parecen moldeados en la acanalada malva de la vieira y, abrumado por aquel día sombrío y la perspectiva de un triste mañana, no tardé en llevarme maquinalmente a los labios una cucharada de té, en la que había dejado ablandarse un trozo de magdalena, pero en el preciso momento en que me tocó el paladar el sorbo mezclado con migas de bizcocho me estremecí, atento al extraordinario fenómeno que estaba experimentando. Me había invadido un placer delicioso, asilado, sin que tuviera ya idea de su causa. Al momento me había vuelto indiferentes —como hace el amor— las vicisitudes de la vida, sus inofensivos desastres, su ilusoria brevedad, colmándome de una esencia preciosa: o, mejor dicho, esa esencia no estaba en mí, sino que era yo. Había cesado de sentirme mediocre, contingente, mortal. ¿De dónde podría proceder aquel intenso alborozo? Yo sentía que estaba vinculada al gusto del té y del biscocho, pero que lo superaba infinitamente, que no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía? ¿Qué significaba? ¿Dónde aprehenderla? Bebí un segundo sorbo, en el que no encontré nada más que en el primero, y un tercero, que me aportó un poco menos que el segundo. Más valía dejarlo: la virtud de la bebida parecía disminuir. Estaba claro que la verdad que yo buscaba no estaba en ella, sino en mí. La había despertado, pero no la conocía, y no podía hacer otra cosa que repetir indefinidamente, cada vez con menor intensidad, aquel mismo testimonio que yo no sabía interpretar y que quería al menos poder solicitarle de nuevo y recuperar luego intacto, a mi disposición, mediante un esclarecimiento decisivo. Dejé la taza y atendí a mi mente. A ella correspondía encontrar la verdad. Pero ¿cómo? Grave incertidumbre, todas las veces que la mente se siente sobrepasado por sí misma, cuando ella —la que busca— es al mismo tiempo el país oscuro en el que debe buscar y en el que de nada le servirá todo su bagaje. ¿Buscas? No sólo eso: crear. Está ante algo que no es aún y que sólo ella puede realizar y después hacer entrar en su luz.
Y comencé a preguntarme otra vez cuál podía ser aquel estado desconocido que no aportaba ninguna prueba lógica, sino la evidencia de su dicha, de su realidad, ante la cual las otras se disipaban. Quería probar a hacerlo reaparecer. Retrocedí con el pensamiento al momento en que había tomado la primera cucharada de té. Recuperé el mismo estado sin una claridad nueva. Pedí a mi mente otro esfuerzo, que me devolviera una vez más la sensación que se disipaba, y, para que nada interrumpiese el impulso con que iba a intentar asirla de nuevo, aparté todos los obstáculos, todas las ideas ajenas, resguardé mis oídos y mi atención de los ruidos del cuarto contiguo. Pero, al notar que mi mente se fatigaba sin lograrlo, la obligué, al contrario, a tomarse aquella distracción que le denegaba, a pensar en otra cosa, a reponerse antes de un intento supremo. Después, una segunda vez, hice el vacío ante ella, volví a colocar ante ella el sabor, aún reciente, de aquel primer sorbo y sentí vibrar en mí algo que se desplazaba, quería elevarse, algo que se hubiese desanclado a gran profundidad; no sabía lo que era, pero subía lentamente; experimenté la resistencia y oí el rumor de las distancias recorridas.
Lo que palpita dentro de mí debía de ser —cierto era— la imagen, el recuerdo visual, que, unido a aquel sabor, intentaba seguirlo hasta mí, pero se debatía demasiado lejos, demasiado confusamente. Apenas si percibía el reflejo neutro en el que se confundía el inasible torbellino de los colores removidos, pero no podía distinguir la forma, pedirle, como al único intérprete posible, que me tradujera el testimonio de su contemporáneo, de su inseparable compañero —el sabor—, que me comunicara de qué circunstancia particular, de qué época del pasado, se trataba.
¿Llegaría hasta la superficie de mi clara consciencia aquel recuerdo, el instante antiguo que la atracción de un instante idéntico había venido desde tan lejos a excitar, conmover, despertar en lo más profundo de mi ser? No lo sabía. Ya no sentía nada, se había detenido, había vuelto a bajar tal vez: a saber si volvería a subir de su noche. Diez veces tuve que volver a empezar, inclinarme sobre él y todas ellas la cobardía que nos aparta de toda tarea difícil, de toda obra importante, me aconsejó que lo dejara, que me bebiera el té y me limitase a pensar en mis propios problemas del presente, en mis deseos del mañana, que se dejaban rumiar sin esfuerzo.
Y de repente me vino el recuerdo: aquel sabor era el del trozo de magdalena que, cuando iba a darle los buenos días los domingos por la mañana en Combray —porque esos días no salía yo antes de la hora de misa—, me ofrecía mi tía Léonie, después de haberlo mojado en su infusión de té o de tila. Nada me había recordado la vista de la pequeña magdalena, antes de que la hubiera gustado, tal vez porque, al haberlas visto después con frecuencia, sin comerlas, en las bandejas de las pastelerías, su imagen había abandonado aquellos días de Combray para unirse a otras más recientes, tal vez porque de aquellos recuerdos abandonados, tanto tiempo fuera de la memoria, nada sobrevivía, todo se había disgregado; las formas —y también la de aquella conchita de repostería tan sensual bajo sus severos y devotos pliegues— se había abolido o habían perdido, adormecidas, la fuerza de expansión que les habría permitido llegar hasta la conciencia. Pero, cuando después de la muerte de las personas, después de la destrucción de las cosas, nada subsiste de un pasado antiguo, sólo el olor y el sabor —más débiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles— perduran durante mucho tiempo aún, como almas recordando, aguardando, esperanzados, sobre la ruina de todo lo demás, portando sin flaquear sobre su gotita casi impalpable el inmenso edificio del recuerdo.
Y, en cuanto hube reconocido el sabor del trozo de magdalena mojado en tila que me daba mi tía —aunque no supiera aún, y hubiese de aplazarlo para mucho más adelante, descubrir por qué me hacía tan feliz aquel recuerdo—, la vieja casa gris que daba a la calle, donde estaba su cuarto, vino al instante como un decorado de teatro a ajustarse al hotelito, que daba al jardín, construido para mis padres en su parte posterior —aquel lienzo de pared truncado que era lo único que había vuelto a ver hasta entonces— y, junto con la casa, la ciudad, desde la mañana hasta la noche y todas las historias, la plaza, a la que me mandaban antes de almorzar, las calles por las que iba a hacer recados, los caminos por los que, si hacía bueno, nos internábamos. Y, como en ese juego en el que los japoneses se divierten mojando en un tazón de porcelana lleno de agua trocitos de papel, hasta entonces indistintos, que, en cuanto lo sumergen en el agua, se estiran, se retuercen, se colorean, se diferencian, se vuelven flores, casas, personajes consistentes y reconocibles, también entonces todas las flores de nuestro jardín, las del parque del Sr. Swann, los nenúfares del Vivonne, la buena gente del pueblo, sus casitas, la iglesia, todo Combray y sus alrededores —todo aquello, que iba cobrando forma y solidez— salió —ciudad y jardín— de mi taza de té.