El hombre que lo veía todo: Regalo textual (de yapa) de Delfina

(Juan Forn)

El hombre que lo veía todo
Víctima de un infarto en la noche del domingo murió Juan Forn, un escritor prolífico y un autor de notables textos periodísticos a partir de una lectura desaforada y una curiosidad profundamente humanista.
Por Hernán Lascano


En uno de los textos de su tríada de volúmenes donde compila sus crónicas semanales, Los Viernes, Juan Forn es un joven cadete de una editorial que tiene que llevarle un sobre a Bioy Casares. No se dirá nada decisivo del texto, sólo que a partir de ese simple mandado Forn se entrevera hablando de literatura con Bioy, que le pide que lo acompañe a un homenaje que le hacen. Bioy le dice antes de entrar: “Por favor, dígales que estoy viejo, que no me puedo quedar mucho”. Al rato empieza un insufrible discurso en su honor.
De eso que Bioy quería evitar, las detestables palabras alusivas, probablemente hubiera querido ser salvado Forn. Que era un autor que construyó su decir periodístico, su decir literario, desde una curiosidad desaforada sobre los más diversos otros. Con otros seres que atraviesan, demuelen y dejan en sus actos a uno mismo expuesto en las debilidades, proyecciones y deseos de existencias concretas que parecen imaginarias.
Eso tozudamente hizo Forn en sus textos periodísticos. Le interesaron los poetas, los deportistas, los políticos, los cocineros, los bailarines, los militares, los taxidermistas, pero sobre todo para que detalles de sus vidas fueran la puerta hacia una galería de personas divertidas o torturadas, osadas, perseguidas por terceros o por sus propias mentes. De criaturas de manicomio, de viajeros, de gente gregaria o solitaria, de putos y putas, de drogones contumaces o borrachos, de seres doblados frente a las infinitas formas del amor, de las vidas desgarradas de personas que son a la vez geniales y pobres diablos. A todos ellos nos acerca con anécdotas o palabras que pronunciaron o que les dijeron.
Lo interesante de las anécdotas que escogía Forn es que siendo extraordinarias nunca forman lo central de sus textos. Son llaves para meternos en otras historias. El merecido éxito está en que estas historias logran hacernos sentir que habla de cosas que nosotros ya hemos pensado, que ya hemos sentido, pero que no pudimos expresar. Su escritura nos trae ese regocijo y ese alivio.
Y lo bueno es que habiendo leído como una bestia nunca nos echa en la cara su erudición, solamente se sirve de ella para contarnos asuntos como de casualidad. En ese narrar casual, ligero, coloquial y delicioso hay un trabajo de maníaco, un ir y venir de ideas y lecturas que hicieron su trabajo interior durante décadas.
Otro asunto interesante en Forn es la cercanía. Hay insolventes debates sobre el uso en periodismo de la primera persona. Pero acá entendemos que, más allá de lo que él mismo pensara, cuando Forn en sus textos dice yo está siempre diciendo nosotros. Y además las historias muchas veces empiezan en lugares o tiempos remotos pero terminan al lado nuestro. Hablar de un aspecto o vivencia de Vasco Pratolini, de Nijinski o de Eisenstein para enlazar con alguien que tuvo que ver con ellos y que por algún milagro creíble queda de frente a su experiencia de escritor, contándole algo, como un modo de probarnos que el pasado es hoy.
Las consideraciones de Forn producen siempre sensaciones que prefiguran o conducen a un sentimiento liberador o noble. Como cuando anunciaron que Faulkner había ganado el Nobel en un bar de su pueblo y unos parroquianos comentan: “Parece que unos suecos le dieron un premio a Bill”. O con unas solteronas francesas de la isla de Jersey que sigilosas les metían papelitos en los bolsillos a los soldados nazis que decían: “Vamos a perder”.
Esta reseña apretada por una novedad tardía y triste se refiere solamente al costado más periodístico de la obra de un escritor. Forn fue hasta 2006 editor de Radar, quizá durante su gestión el mejor suplemento cultural de las últimas décadas, en Página/12, donde aún seguía colaborando. Se reconocía un discípulo de Miguel Briante que había dirigido allí mismo Etcétera, un cuaderno dominical de temática original, desafiante y corrosiva.
Esos atributos parecen traspasados a él y lo definen, un hombre amable que dejaba claras sus opciones. Dejó la conducción del área cultural de Página/12 cuando hace quince años un problema de salud impuso a su vida un flor de rebaje. Eso marcó su trabajo pero la diferencia de velocidad no le impuso merma a la calidad de sus entregas. Ni a esa curiosidad que tenía a los 18 años, cuando como cadete de Emecé se sentaba en una plaza para, con mucho cuidado de no rasgar el papel, abrir los sobres de la correspondencia que le llevaba a Borges. Seguramente lo habrían disculpado.

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