No todo es un River-Boca: presencialidad vs virtualidad

La irrupción de la pandemia de Coronavirus en el ámbito educativo sembró nuevos interrogantes y confirmó algunas certezas. Comenzar o continuar los estudios en una universidad sin tradición en materia de virtualidad genera desafíos y visibiliza las diversas realidades que atraviesan docentes y alumnos en cuanto al sostenimiento del vínculo pedagógico.

Por Melisa Aveldaño

El Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO) decretado por el gobierno argentino el 19 de marzo, en el marco de pandemia de Coronavirus, coincidió con el inicio de las clases universitarias, lo que hizo imposible asistir de modo presencial a los centros educativos. Frente a esta situación inédita, las autoridades de la Universidad Nacional de Rosario tuvieron que evaluar y decidir de qué manera continuar con el dictado de clases para sostener el vínculo pedagógico y evitar la deserción estudiantil.

En la licenciatura en Comunicación Social las cátedras contaron con la libertad de decidir, de acuerdo con parámetros subjetivos, la manera de cursar durante este año extraordinario. En la materia Redacción 1, correspondiente al primer año de la carrera, a la hora de sostener el vínculo y la continuidad pedagógica las aplicaciones de videoconferencias o videollamadas como Meet, el servicio de alojamiento de archivos Google Drive, los blogs, los grupos de Facebook y los servicios de correo electrónico se volvieron protagonistas.

Tanto docentes como estudiantes tuvieron que adaptarse a esta nueva modalidad de cursado, para la mayoría desconocida, lo que dejó en evidencia la diversidad de realidades que atraviesan frente al mundo digital. Estas diversidades son las que generan debate entre virtualidad o presencialidad y; en un país que desayuna, almuerza y cena grieta, donde todo es un River-Boca, parece de vital importancia elegir una por sobre la otra. Pero, para decidir cuál es la mejor manera de dictar clases hay que saber de qué estamos hablando.

En primer lugar, las realidades frente a la conectividad son dispares. Muchos alumnos no poseen dispositivos desde los cuales conectarse a las clases virtuales ni visualizar o descargar el material de estudio. Asimismo, no todos cuentan con acceso a Internet ni disponen de dinero extra para comprar paquetes de datos y; en muchos casos, la calidad de conexión no es óptima. Según datos relevados en una encuesta realizada a cuatro mil estudiantes por el portal de noticias Rosario Plus, el 30% tiene mala conectividad a Internet. Los docentes se encuentran en la misma situación de vulnerabilidad, muchos se vieron obligados a reforzar la calidad de Internet de sus hogares u oficinas, lo que implica un costo mensual extra.

Sin embargo, si se cuenta con un buen servicio de Internet el aula virtual supera barreras de tiempo, distancia y dinero. Es decir, uno de los beneficios de la educación en línea es el ahorro en viáticos (combustible y/o pasajes) y la posibilidad de estudiar desde cualquier ubicación. Además, en Redacción 1 los encuentros virtuales fueron grabados y subidos a Google Drive, lo que les permitió tanto a estudiantes que no pudieron conectarse como a los que presenciaron la clase visualizar el material en cualquier día y horario, e incluso, acceder a él las veces que quisieran.

Por otra parte, no se puede negar que la brecha digital existió siempre y se intensificó o, mejor dicho, se hizo visible durante la cuarentena. Incluso, si se pretende ser más crítico, se puede afirmar que debido al contexto de emergencia que atravesamos aquellos que debían hacer foco en la famosa brecha digital y brindar soluciones no tuvieron otra alternativa que hacerlo. Es por esto que las autoridades universitarias no se quedaron de brazos cruzados. Recientemente, el rector de la UNR, Franco Bartolacci, anunció la implementación del Programa Conectar UNR, que garantiza a las y los miembros de la comunidad universitaria el acceso a la conectividad necesaria para desarrollar actividades académicas de carácter virtual o administrativas esenciales, mientras continúe la medida del ASPO. La propuesta consiste en la entrega –en comodato- de un módem con abono cubierto, que garantice el acceso a Internet. A su vez, se están realizando gestiones a través del Consejo Interuniversitario Nacional (CIN) y la Secretaría de Políticas Universitarias de la Nación para que, al igual que la compañía Personal, el resto de las empresas de telefonía garanticen datos abiertos para plataformas educativas. En fin, mejor tarde que nunca.

En segundo lugar, el feedback entre profesores-alumnos y el desarrollo de las clases se han modificado. En la facultad y en el salón de clases, entendidos como espacios físicos y simbólicos, la socialización es dinámica. El ida y vuelta característico del vínculo pedagógico se da de manera menos forzosa que en el aula virtual. Mientras que los tiempos y organización de una clase presencial están bien definidos, en el aula virtual depende de muchos factores: el acceso a Internet, la calidad de la conexión y la disponibilidad de dispositivos desde donde conectarse; lo que dificulta la constancia de alumnos y horarios. Una clase que normalmente dura una o dos horas, en la virtualidad puede extenderse mucho más o, en algunos casos, finalizar abruptamente antes de lo previsto. Asimismo, la participación de los alumnos también se condiciona por factores como el miedo o vergüenza a interrumpir al profesor o al compañero que está hablando, ya que, mientras que en el salón de clases convencional para realizar una intervención el alumno levanta la mano, en el aula virtual debe interrumpir a quien tiene la palabra.

Otra de las modificaciones del dictado de clases online refiere al espacio físico. Mientras que el diseño y uso del espacio físico de la facultad es exclusivo para la enseñanza-aprendizaje de conocimientos, con el dictado online cualquier habitación puede transformarse en un salón de clases. Hoy, alumnos y docentes estudian y enseñan desde la comodidad de sus hogares. Pero, resulta que “la comodidad de sus casas” ya no es tan cómoda. Las mascotas, familiares o compañeros de vivienda, el tránsito, las sirenas, el timbre de casa, los teléfonos sumados a las condiciones particulares de conectividad condicionan esa comodidad, generan ruido en la comunicación docente-alumno. Entonces, parece que un salón de clases tradicional es mejor que un aula virtual. No obstante, si se presencia una clase en la UNR se puede comprobar que también hay situaciones, cosas y personas que generan ruido: las agrupaciones estudiantiles que interrumpen para dar a conocer una información, la necesidad de buscar bancos o sillas en otras aulas porque no alcanzan, estudiantes que llegan tarde o abandonan temprano la clase, aglomeración de estudiantes esperando en la puerta para ingresar a otra clase que se dicta en el mismo salón. De todas maneras, el 26 de octubre se habilitó un Punto de Conectividad en sede de Gobierno (Maipú 1065) con el objetivo de garantizar el acceso a dispositivos tecnológicos y conexión a aquellos miembros de la comunidad universitaria que tengan dificultades de conectividad para realizar las tareas académicas desde sus hogares.

En tercer lugar, esta nueva modalidad de cursado implica más trabajo y mayor esfuerzo de parte de la comunidad educativa. De acuerdo con una encuesta de COAD, sindicato que agrupa a los docentes universitarios de la UNR, el 71,01% de 1335 docentes encuestados dedica más tiempo que el habitual a la docencia desde el inicio de las clases virtuales. La encuesta también relevó la escasez de experiencias previas en el marco de la universidad en lo que se refiere al trabajo virtual, lo que evidentemente causa la sobrecarga horaria y de tareas que sufren actualmente. Si los docentes trabajan más tiempo, se supone que deben percibir un mayor o mejor salario, pero estamos muy lejos de la realidad. En las últimas semanas, se han llevado adelante medidas de fuerza (paros) en continuidad con el plan de lucha de los docentes por sus salarios. Si bien el Gobierno Nacional realizó finalmente una oferta salarial, esa oferta está muy por debajo de lo que necesitan las y los docentes para que el poder adquisitivo de sus salarios no pierda con la inflación del 2020. A su vez, no contempla ningún tipo de compensación por los gastos de conectividad ni perspectiva de recomposición por lo perdido durante la gestión del gobierno anterior, según expresaron desde Coad.

En cuanto a los alumnos, este año tuvieron que organizar mejor los tiempos de estudio y tratar de conectarse a todas las clases. En el caso de Redacción 1, se respetó día y horario de cursado de cada comisión, pautados a principio de año. Pero, en otras materias se decidió dictar clases sincrónicamente a todos los alumnos eligiendo un día en particular que, en muchos casos, difiere del acordado al inicio. Sin embargo, se puso a prueba su capacidad de adaptación, ya que cultivaron por sí mismos la responsabilidad, disciplina y capacidad de atención, habilidades que se ejercitan en el recinto educativo. En otras palabras, el aula virtual obliga a los estudiantes a ser más conscientes de sus propios procesos de aprendizaje, avances y necesidades.

Todo lo anterior repercute en los criterios de evaluación tradicionales que premian la asistencia a clases. La materia Redacción 1 se regularizaba con el 75% de la asistencia a clases, la aprobación del 75% de los trabajos prácticos y dos de los tres trabajos integradores y; se promocionaba sumando a todo lo anterior la presentación y aprobación de un Trabajo Final dentro del período de cursado. Ahora bien, con la imposibilidad de asistir presencialmente decidieron no tomar asistencia a los encuentros por Meet en pos de evitar la deserción del estudiantado. Además, los tiempos para la entrega de trabajos prácticos fueron coherentes y contaron con recuperatorios, también se tomó un parcial domiciliario que tuvo instancia de recuperación.

En conclusión, la pandemia sirvió para que muchos docentes entiendan o terminen de confirmar que la evaluación es más que la acreditación. Y que los estudiantes puedan comprender en profundidad qué implica evaluar, lo difícil que es encontrar indicadores y llevar a cabo un seguimiento, qué implica que un alumno comprenda un tema a la distancia. Centrar los esfuerzos en decidir cuál es la mejor manera de dictar clases, es decir, entre virtualidad y presencialidad es lavarse las manos. Hay que centrar las energías en anticiparse a los posibles escenarios educativos en los que la pandemia y sus posibles brotes, tal vez, terminen por instaurar una nueva modalidad de trabajo educativo. Sin lugar a dudas, la pandemia desafió, desafía y probablemente lo siga haciendo al sistema educativo en todas sus dimensiones. Por lo tanto, es pertinente y urgente aplicar estrategias novedosas de enseñanza, introducir nuevos modos de evaluación y seguimiento, implementar políticas equitativas en relación con la conectividad, cantidad y disponibilidad de dispositivos y, sobre todo, capacitar a la comunidad universitaria en el uso pedagógico de las nuevas tecnologías. No todo es un River-Boca.