{"id":72,"date":"2008-03-10T17:28:39","date_gmt":"2008-03-10T17:28:39","guid":{"rendered":"http:\/\/fcpolit.unr.edu.ar\/blogs\/programa\/2008\/03\/10\/elogio-de-la-lectura-alberto-manguel\/"},"modified":"2008-03-10T17:28:39","modified_gmt":"2008-03-10T17:28:39","slug":"elogio-de-la-lectura-alberto-manguel","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/redaccion1.fcpolit.unr.edu.ar\/programa\/2008\/03\/10\/elogio-de-la-lectura-alberto-manguel\/","title":{"rendered":"Elogio de la lectura &#8211; Alberto MANGUEL"},"content":{"rendered":"<p><strong>UNIDAD 2<\/strong><br \/>\n<strong>TEXTO COMPLEMENTARIO<\/strong> \/ Ir a Actividad <a href=\"https:\/\/blogs.fcpolit.unr.edu.ar\/programa\/2008\/03\/09\/el-placer-de-la-lectura\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">El placer de la lectura<\/a><br \/>\n<img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" alt=\"MANGUEL.jpg\" src=\"http:\/\/www.bdp.org.ar\/facultad\/catedras\/comsoc\/redaccion1\/unidades\/MANGUEL.jpg\" width=\"381\" height=\"248\" \/><br \/>\n<strong>Alberto Manguel<\/strong><br \/>\nComo la experiencia muestra, la debilidad de nuestra memoria olvida f\u00e1cilmente no s\u00f3lo los actos ocurridos hace mucho tiempo, sino tambi\u00e9n los recientes de nuestros d\u00edas. Es, pues, muy conveniente y \u00fatil poner por escrito las haza\u00f1as e historias antiguas de los hombres fuertes y virtuosos para que sean claros espejos, ejemplos y doctrina para nuestra vida, seg\u00fan afirma el gran orador Tulio&#8221;.<\/p>\n<p><!--more--><br \/>\nAs\u00ed comienza la novela que, entre los pocos libros perdonados de la biblioteca de Don Quijote, el cura rescata por ser &#8220;un tesoro de contento y una mina de pasatiempos&#8221;: el Tirant lo Blanc de Joanot Martorell y Mart\u00ed Joan de Galba. &#8220;Llevadle a casa y leedle&#8221;, le dice a su compadre el barbero, &#8220;y ver\u00e9is que es verdad cuanto d\u00e9l os he dicho&#8221;.<br \/>\nEl Tirant justifica su propia existencia como un remedio a nuestra flaca memoria, como dep\u00f3sito de nuestra experiencia pasada, como espejo de valores antiguos y de ense\u00f1anza meritoria. Eso quiso su autor, pero sus lectores, menos ambiciosos, como aquel cura de La Mancha, no se preocuparon por tales noblezas y lo recomendaron por razones m\u00e1s sutiles y menos graves: por dar contento, proveer pasatiempo, provocar deleite. El censorio cura y el ensa\u00f1ado barbero condenaron a las llamas aquellos libros de Don Quijote que, a sus ojos, pecaban de revueltos, disparatados, arrogantes, duros, secos -es decir, libros que no les gustaban-. Porque en el momento de la verdad, frente a la salvaci\u00f3n o a la hoguera, para un verdadero lector lo que importa es el placer.<br \/>\nPero \u00bfqu\u00e9 es este placer? \u00bfEn qu\u00e9 consiste ese extra\u00f1o sentimiento de intimidad compartida, de sabidur\u00eda regalada, de maestr\u00eda del mundo a trav\u00e9s de un mero juego de palabras, de entendimiento adquirido como por acto de magia, de manera profunda e intraducible? \u00bfPor qu\u00e9 nos lleva a rechazar ciertos libros sin misericordia y a coronar a otros como cl\u00e1sicos de nuestra devoci\u00f3n si algo en ellos nos conmueve, nos ilumina, pero por sobre todo nos deleita?<br \/>\nComo lectores, nuestro poder es aterrador e inapelable. No nos enternecen ni las s\u00faplicas de los cr\u00edticos ni las l\u00e1grimas de los lectores que nos han precedido. Implacables, a trav\u00e9s de los siglos, juzgamos y volvemos a juzgar a los libros que ya se cre\u00edan a salvo. Por puras razones de gusto, en el para\u00edso de la lectura, Cervantes ocupa el lugar que Martorell y Galba han perdido a pesar del juicio del mismo Cervantes. \u00bfNuestros abuelos adoraban a Anatole France y a Mazo de la Roche? A nosotros no nos gustan: al infierno con ellos. \u00bfMelville fue despreciado y Kafka vend\u00eda apenas unos pocos ejemplares? Hoy Melville est\u00e1 sentado a la diestra de Dante y una primera edici\u00f3n de La metamorfosis de Kafka vale unos seis mil euros. Si debemos justificarnos, inventamos razones est\u00e9ticas, culturales, filol\u00f3gicas, hist\u00f3ricas, filos\u00f3ficas, morales. Pero la verdad es que, a fin de cuentas, nuestros juicios son casi todos refutables fuera del campo hedonista.<br \/>\nEl lema de todo verdadero lector es De gustibus non est disputandum. &#8220;De gustos no se discute&#8221;, o, como se dice en castellano, &#8220;sobre gustos no hay nada escrito&#8221;. El proverbio latino dice la verdad; la traducci\u00f3n castellana miente. Nuestro placer no admite argumentos; admite en cambio una infinidad de escritos, los exige. Al fin y al cabo \u00bfqu\u00e9 son las bibliotecas sino archivos de nuestros gustos, museos de nuestros caprichos, cat\u00e1logos de nuestros placeres?<br \/>\nEl placer de la lectura, que es fundamento de toda nuestra historia literaria, se muestra variado y m\u00faltiple. Quienes descubrimos que somos lectores, descubrimos que lo somos cada uno de manera individual y distinta. No hay una un\u00e1nime historia de lectura sino tantas historias como lectores. Compartimos ciertos rasgos, ciertas costumbres y formalidades, pero la lectura es un acto singular. No so\u00f1amos todos de la misma manera, no hacemos el amor de la misma manera, tampoco leemos de la misma manera.<br \/>\nPara ciertos lectores, el placer de la lectura es uno de intimidad. Ese espacio amoroso que un lector crea con su libro no admite otra presencia. El ni\u00f1o que lee bajo la manta a la luz de una linterna cuando se le ha ordenado dormir, el adolescente acurrucado en el sill\u00f3n para quien el \u00fanico tiempo que transcurre es el del cuento que est\u00e1 leyendo, el adulto aislado de sus cong\u00e9neres en un atiborrado vag\u00f3n de tren o en un bullicioso caf\u00e9, encuentra su placer en un mundo creado s\u00f3lo para \u00e9l. Proust volv\u00eda al comedor una vez que la familia hab\u00eda salido a pasear para hundirse en el libro que estaba leyendo, rodeado solamente de los platos pintados colgados en la pared, del almanaque, del reloj, todos objetos, nos dice, &#8220;muy respetuosos de la lectura&#8221; que &#8220;hablan sin esperar respuesta y cuya jerga, a diferencia de la de los humanos, no trata de reemplazar el sentido de las palabras le\u00eddas con un sentido diferente&#8221;. Dos horas de placer hasta la entrada de la cocinera que, con s\u00f3lo decir &#8220;as\u00ed no puede estar c\u00f3modo. \u00bfY si le traigo una mesita?&#8221;, lo obligaba a detenerse, a buscar su voz desde muy lejos, a sacar las palabras de su escondite detr\u00e1s de los labios y a responder, &#8220;no, gracias&#8221;, con lo cual el encanto quedaba roto. El placer de la lectura no admite terceros.<br \/>\nPero hay lectores para quienes la experiencia compartida prolonga y profundiza el placer de la intimidad. Acabo de leer un p\u00e1rrafo que me encanta y, antes de cerrar el libro o pasar a otra p\u00e1gina, quiero le\u00e9rselo a otros, regalar a un amigo el nuevo placer descubierto, formar un peque\u00f1o ruedo de admiradores de ese texto. Dar un libro a otro lector es decirle: &#8220;\u00c9ste fue mi espejo; ojal\u00e1 sea el tuyo&#8221;. Es as\u00ed como creamos asociaciones de lectores que tienen algo de sociedades secretas, y es gracias a ellas que ciertos autores no han desaparecido de nuestras bibliotecas can\u00f3nicas. He regalado innumerables ejemplares de Su mujer mona de John Collier, de la autobiograf\u00eda de Henry Green, de Contra la corriente de James Hanley, de Rosaura a las diez de Marco Denevi, para poder hablar de lo que me gusta, para que mi placer tenga un eco. En su diario, Herv\u00e9 Guibert cuenta que compr\u00f3 las Cartas a un joven poeta de Rilke para leer al mismo tiempo que su amigo el libro que \u00e9ste se hab\u00eda llevado de viaje.<br \/>\nIntimidad solitaria y compartida. La lectura nos ofrece tambi\u00e9n el placer de la inteligencia. \u00bfQu\u00e9 otro arte nos permite pensar con Pascal, razonar con Montaigne, meditar con Unamuno, seguir los vericuetos de la mente de Vila-Matas o de Sebald? No se trata de dejarse convencer con argumentos ajenos, lo que se ha llamado &#8220;terrorismo intelectual&#8221;. Se trata de ser invitados a un momento de reflexi\u00f3n, de convertirnos en testigos de la creaci\u00f3n de una idea, como ocurre en los di\u00e1logos de Plat\u00f3n o en las novelas de Gombrowicz. Se trata de escuchar y pensar. El resultado puede o no ser compartido; poco importa, ya que el recorrido intelectual no prev\u00e9 ni conclusi\u00f3n ni destino preciso. Cerramos ciertos libros y nos sentimos m\u00e1s inteligentes, resultado que el autor no puede nunca prever. &#8220;El arte alcanza una meta que no es la suya&#8221; escribi\u00f3 Benjamin Constant. Lo mismo puede decirse de la lectura.<br \/>\nEl placer de la inteligencia significa al menos dos cosas: disfrutar del uso de la raz\u00f3n y disfrutar del reconocimiento del mundo. Es banal recordar que la lectura nos lleva a regiones insospechadas; menos banal es recordar que nos hace ciudadanos de tales regiones. Para un lector, todo libro es un museo del universo y, a veces, el universo mismo. Los lectores habitamos El Cairo de Naguib Mahfouz, las islas de Conrad, el Madrid de Gald\u00f3s, pero tambi\u00e9n la luna de Wells y de Verne, los universos so\u00f1ados por Lovecraft y Ursula K. Le Guin, el Pa\u00eds de las Maravillas de Lewis Carroll. Hay un cuento (ya no s\u00e9 qui\u00e9n lo escribi\u00f3) en el que un hombre leyendo las aventuras de otro que se pierde en el desierto muere de hambre y de sed en su cama, rodeado de comida y de bebida. De forma algo m\u00e1s moderada, todo lector conoce el placer de habitar el mundo creado por otros, de ser su explorador y su cart\u00f3grafo.<br \/>\nUn aut\u00e9ntico explorador goza de lo que encuentra, sea bueno o sea malo; un lector tambi\u00e9n. Que un libro nos parezca p\u00e9simo, no significa que no nos pueda dar placer. Los grandes poetas nos deleitan; otros menos agraciados tambi\u00e9n son capaces de hacerlo. El ingl\u00e9s Charles Waterton, famoso conocedor de las selvas de Suram\u00e9rica, se extasiaba ante los animales m\u00e1s feos de la creaci\u00f3n, como por ejemplo el sapo de Bah\u00eda, repugnante criatura que el Dr. Waterton cog\u00eda tiernamente en su mano y acariciaba con cari\u00f1o, mientras hablaba emocionado de la profunda mirada y espl\u00e9ndido brillo de los ojos del batracio. Igual hacen los lectores con cierta mala literatura. Parafraseando a Wilde, yo dir\u00eda que hay que tener un coraz\u00f3n de piedra para no morirse de risa ante ciertas p\u00e1ginas de Azor\u00edn o de \u00c1ngeles Mastreta. O ante este verso del poeta mexicano D\u00edaz Mir\u00f3n: &#8220;Tetas vastas como frutos del m\u00e1s pr\u00f3digo papayo&#8221;. Tales abominaciones tienen la marca de un genio.<br \/>\nTom Stoppard escribi\u00f3 que para saber si un escritor es bueno o malo, hay que preguntarle a su madre. M\u00e1s interesante, m\u00e1s entretenido, m\u00e1s placentero es descubrir si es un visionario. Quiero decir, si es capaz de revelarnos en su obra esos peque\u00f1os secretos que misteriosamente dan sentido al universo, dici\u00e9ndonos lo que no sab\u00edamos que sab\u00edamos. Elijo una frase al azar, de la novela de Ana Mar\u00eda Moix Las virtudes peligrosas: &#8220;La experiencia, en contra de lo que la gente suele opinar, no es ninguna forma de sabidur\u00eda \u2026 La experiencia, cr\u00e9ame, amigo, no es m\u00e1s que una forma de nostalgia&#8221;.<br \/>\nTales revelaciones resultan menos ins\u00f3litas que verdaderas. El lector sabe que, en tales casos, el placer no resulta de la sorpresa, que es obra del azar, sino de la confirmaci\u00f3n de algo que ya ha intuido vagamente. La orden de Diaghilev a Cocteau -\u00c9tonnez-moi! &#8220;\u00a1sorpr\u00e9ndame!&#8221;- es el deseo de un empresario, no el de un aut\u00e9ntico lector. El lector acepta las sorpresas del texto como un pre\u00e1mbulo amoroso -descubrir que alguien toma caf\u00e9 en lugar de t\u00e9, que duerme del lado izquierdo de la cama, que tararea La violetera en la ducha- pero luego busca un conocimiento m\u00e1s \u00edntimo, m\u00e1s profundo del texto, una familiaridad que se extiende y se renueva con cada relectura. &#8220;Cuando dise\u00f1o un jard\u00edn&#8221;, dice un personaje de Thomas Love Peacock, &#8220;distingo lo pintoresco y lo hermoso, y agrego una tercera calidad que llamo lo inesperado&#8221;. &#8220;\u00bfAh s\u00ed? Entonces d\u00edgame&#8221;, responde su interlocutor, &#8220;\u00bfqu\u00e9 nombre le da usted a esa calidad cuando alguien recorre el jard\u00edn por segunda vez?&#8221;.<br \/>\nTampoco debemos olvidar el placer de la memoria. Leer es recordar. No solamente esos &#8220;actos ocurridos hace mucho tiempo&#8221; sino tambi\u00e9n &#8220;los actos recientes de nuestros d\u00edas&#8221;. No solamente la experiencia ajena contada por el autor sino tambi\u00e9n la nuestra, inconfesada. Y no solamente las p\u00e1ginas del texto que vamos leyendo, memorizando las palabras a medida que adquirimos otras nuevas que olvidaremos en la p\u00e1gina siguiente, sino tambi\u00e9n los textos le\u00eddos hace tiempo, desde la infancia, componiendo as\u00ed una antolog\u00eda salvaje que va creciendo en nuestro recuerdo como la obra fragmentaria de un monstruoso autor \u00fanico cuya voz es la de Andersen, la de San Agust\u00edn, la de Quevedo, la de Javier Cercas, la de Cort\u00e1zar. Leer nos permite el placer de recordar lo que otros han recordado para nosotros, sus inimaginables lectores. La memoria de los libros es la nuestra, seamos quienes seamos y estemos donde estemos. En ese sentido, no conozco mayor ejemplo de la generosidad humana que una biblioteca.<br \/>\nLeer nos brinda el placer de una memoria com\u00fan, una memoria que nos dice qui\u00e9nes somos y con qui\u00e9nes compartimos este mundo, memoria que atrapamos en delicadas redes de palabras. Leer (leer profunda, detenidamente) nos permite adquirir conciencia del mundo y de nosotros mismos. Leer nos devuelve al estado de la palabra y, por lo tanto, porque somos seres de palabra, a lo que somos esencialmente. Antes de la invenci\u00f3n del lenguaje, imagino (y s\u00f3lo puedo imaginarlo porque tengo palabras), imagino que percib\u00edamos el mundo como una multitud de sensaciones cuyas diferencias o l\u00edmites apenas intu\u00edamos, un mundo nebuloso y flotante cuyo recuerdo renace en el entresue\u00f1o o cuando ciertos reflejos mec\u00e1nicos de nuestro cuerpo nos hacen sobresaltar y darnos vuelta. Gracias a las palabras, gracias al texto hecho de palabras, esas sensaciones se resuelven en conocimiento, en reconocimiento. Soy quien soy por una multitud de circunstancias, pero s\u00f3lo puedo reconocerme, ser consciente de m\u00ed mismo, gracias a una p\u00e1gina de Borges, de Jaime Gil de Biedma, de Virginia Woolf, de un sinn\u00famero de autores an\u00f3nimos. La lombriz de la conciencia (como la llam\u00f3 Nicol\u00e0 Chiaromonte en otra p\u00e1gina que me define) denota la incisiva, constante, obsesiva b\u00fasqueda de nosotros mismos. La lectura a\u00f1ade a esta obsesi\u00f3n la consolaci\u00f3n del placer.<br \/>\nEl placer ha sido denigrado en nuestra \u00e9poca al entretenimiento superficial, a la distracci\u00f3n, a la facilidad, a la satisfacci\u00f3n ego\u00edsta. Confundimos informaci\u00f3n con conocimiento, terrorismo con pol\u00edtica, juego con habilidad manual, valor con dinero, respeto mutuo con tolerancia altiva, equilibrio social con comodidad personal. Creemos que estar contentos (o creer que estamos contentos) es ser felices. Quienes est\u00e1n en el poder nos dicen que para sentir placer tenemos que olvidarnos del mundo, someternos a normas autoritarias, dejarnos subyugar por m\u00edseros para\u00edsos, deshumanizarnos. Pero el aut\u00e9ntico placer, el que nos alimenta y nos anima, tiende a lo contrario: a tomar consciencia de que somos humanos, que existimos como peque\u00f1os signos de interrogaci\u00f3n en el vasto texto del mundo. Quienes tenemos la fortuna de ser lectores sabemos que es as\u00ed, puesto que la lectura es una de las formas m\u00e1s alegres, m\u00e1s generosas, m\u00e1s eficaces de ser conscientes.<br \/>\nAlberto Manguel<br \/>\nBabelia 22-04-2006<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>UNIDAD 2 TEXTO COMPLEMENTARIO \/ Ir a Actividad El placer de la lectura Alberto Manguel Como la experiencia muestra, la debilidad de nuestra memoria olvida f\u00e1cilmente no s\u00f3lo los actos ocurridos hace mucho tiempo, sino tambi\u00e9n los recientes de nuestros d\u00edas. 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