{"id":346,"date":"2008-07-23T14:40:43","date_gmt":"2008-07-23T14:40:43","guid":{"rendered":"http:\/\/fcpolit.unr.edu.ar\/blogs\/programa\/2008\/07\/23\/defensa-de-la-utopia-tomas-eloy-martinez\/"},"modified":"2008-07-23T14:40:43","modified_gmt":"2008-07-23T14:40:43","slug":"defensa-de-la-utopia-tomas-eloy-martinez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/redaccion1.fcpolit.unr.edu.ar\/programa\/2008\/07\/23\/defensa-de-la-utopia-tomas-eloy-martinez\/","title":{"rendered":"Defensa de la utop\u00eda &#8211; Tom\u00e1s Eloy MART\u00cdNEZ"},"content":{"rendered":"<p><strong>UNIDAD 6<br \/>\nTEXTO COMPLEMENTARIO<\/strong><br \/>\nHace ya casi cuatro d\u00e9cadas, el 1 de enero de 1953, un joven periodista colombiano desembarc\u00f3 en Maiquet\u00eda, el aeropuerto de Caracas, despu\u00e9s de tres a\u00f1os de escribir en Roma sobre los ataques de hipo de P\u00edo XII y de terminar los originales de su segunda novela en el invierno implacable de Par\u00eds.<br \/>\nDe la mano de dos colegas fraternales entr\u00f3 en Caracas, atraves\u00f3 el fulgor de las autopistas y se emocion\u00f3 ante los reflejos malvas que exhalaba el \u00c1vila en ese momento del crep\u00fasculo. Antes de que pudiera disipar los sopores del viaje en avi\u00f3n por el Atl\u00e1ntico, fue abandonado en una sala de redacci\u00f3n sin ventanas, iluminada por sucios tubos de ne\u00f3n, donde un hombre flaco, nervioso, con anteojos oscuros, daba \u00f3rdenes fren\u00e9ticas y a menudo contradictorias a un par de vascos que se afanaban sobre una mesa de dibujo.<br \/>\nEn la mitolog\u00eda que cada quien crea para su uso personal, \u00e9se ha sido para m\u00ed el instante en que naci\u00f3 en Am\u00e9rica Latina lo que se conocer\u00eda despu\u00e9s como \u00abnuevo periodismo\u00bb o \u00abperiodismo literario\u00bb, y el punto de partida del moderno periodismo cultural.<br \/>\nLa sala de redacci\u00f3n, ubicada en una casa desvencijada de San Bernardino, pertenec\u00eda a la revista semanal Momento. El joven colombiano se llamaba, como tal vez ustedes ya lo han adivinado, Gabriel Garc\u00eda M\u00e1rquez. Uno de los colegas que le habla dado la bienvenida en Maiquet\u00eda era Plinio Apuleyo Mendoza, jefe de redacci\u00f3n de Momento. Quien estaba con \u00e9l era su hermana Soledad, que m\u00e1s tarde en la vida tambi\u00e9n dirigir\u00eda en este pa\u00eds revistas y suplementos.<br \/>\nAquellos vascos de la mesa de dibujo se llamaban \u2014me han dicho\u2014 Karmele Leizaola y Paul de Garat. Y al hombre de anteojos oscuros, Carlos Ram\u00edrez Mac Gregor, se lo conoc\u00eda entonces en Caracas como \u00abel loco\u00bb, porque se hab\u00eda echado sobre las espaldas la irresponsable misi\u00f3n de editar una revista donde la realidad se parec\u00eda a las novelas.<br \/>\nEsa fundaci\u00f3n m\u00edtica del periodismo cultural es un ap\u00f3logo con tantos significados que a\u00fan ahora, treinta y siete a\u00f1os despu\u00e9s, se puede leer como si fuera una noticia del peri\u00f3dico de ma\u00f1ana. Primero, porque la \u00e9poca en que suced\u00eda esa historia coincid\u00eda con el nacimiento de la democracia, que se le hab\u00eda negado a Venezuela durante todo el siglo \u2014con el fugaz intervalo de la presidencia de R\u00f3mulo Gallegos\u2014, y que al fin era conquistada con un alto precio de sangre, torturas, exilios y c\u00e1rceles. Y tambi\u00e9n porque en la redacci\u00f3n de Momento conflu\u00edan hombres de otros rincones de la lengua espa\u00f1ola, aventados de sus patrias por las desventuras de la persecuci\u00f3n pol\u00edtica y de las guerras.<br \/>\nLas grandes cr\u00f3nicas de aquellos a\u00f1os fundacionales nacieron al amparo de una realidad que se iba creando a medida que se la escrib\u00eda. Estaba a punto de secarse el dique de La Mariposa, y en vez de decirlo as\u00ed, con esas palabras de \u00e1lgebra, Garc\u00eda M\u00e1rquez inventaba a un personaje que para poder afeitarse en la ciudad sin agua se mojaba la cara con jugo de duraznos. Se ca\u00eda a pedazos la dictadura de Marcos P\u00e9rez Jim\u00e9nez, y para no contar la historia como en los telegramas de las agencias de noticias, el joven narrador de La hojarasca explicaba que, a los hombres de la resistencia, \u00ablos d\u00edas les estaban quedando cortos\u00bb. Enriquecido por un lenguaje de novela, transfigurado en literatura, el periodismo desplegaba ante los ojos del lector una realidad a\u00fan m\u00e1s viva que la del cine. Todo parec\u00eda tan nuevo como si, al cabo de un largo olvido, las cosas pudieran ser nombradas por primera vez. \u00bfDe d\u00f3nde sino de ese instante sali\u00f3 el af\u00e1n de ir inscribiendo el nombre verdadero de los objetos y las funciones para las que sirven, como se lee en Cien a\u00f1os de soledad?<br \/>\nSi aquellas cr\u00f3nicas revolucionarias fluyeron con naturalidad en la Caracas tempestuosa e incierta de 1958 fue porque habla una larga tradici\u00f3n que la hizo posible. El terreno hab\u00eda sido antes fecundado por Jos\u00e9 Mart\u00ed en sus escritos para La Opini\u00f3n Nacional durante los a\u00f1os de Guzm\u00e1n Blanco, por los estremecedores relatos de Canudos que Euclides da Cunha compil\u00f3 en Os Serto\u00e9s, por los cronistas apasionados del modernismo \u2014Rub\u00e9n Dar\u00edo, Manuel Guti\u00e9rrez N\u00e1jera, Juli\u00e1n del Casal\u2014 y por los escritores testigos de la Revoluci\u00f3n Mexicana. A esa tradici\u00f3n se incorporaron m\u00e1s tarde los reportajes pol\u00edticos que C\u00e9sar Vallejo escribi\u00f3 para la revista Germinal, las rese\u00f1as sobre cine y libros de Jorge Luis Borges, los aguafuertes de Roberto Arlt, los medallones literarios de Alfonso Reyes en La Pluma, los editoriales de Augusto Roa Bastos en El Pa\u00eds de Asunci\u00f3n. los cables delirantes que Juan Carlos Onetti escrib\u00eda para la agencia Reuter, las minuciosas columnas barrocas de Alejo Carpentier y las cr\u00f3nicas sociales del mexicano Salvador Novo.<br \/>\nTodos, absolutamente todos los grandes escritores de Am\u00e9rica Latina fueron alguna vez periodistas. Y a la inversa: casi todos los grandes periodistas se convirtieron, tarde o temprano, en grandes escritores. Esa mutua fecundaci\u00f3n fue posible porque, para los escritores verdaderos, el periodismo nunca fue un mero modo de ganarse la vida sino un recurso providencial para ganar la vida.<br \/>\nEn cada una de sus cr\u00f3nicas, aun en aquellas que nacieron bajo \u00e9l apremio de las horas de cierre, los maestros de la literatura latinoamericana comprometieron el propio ser tan a fondo como en el m\u00e1s decisivo de sus libros. Sab\u00edan que, si traicionaban a la palabra hasta en el m\u00e1s an\u00f3nimo de los boletines de prensa, estaban traicionando lo mejor de s\u00ed mismos. Un hombre no puede dividirse entre el poeta que busca la expresi\u00f3n justa de nueve a doce de la noche y el gacetillero indolente que deja caer las palabras sobre las mesas de redacci\u00f3n como si fueran granos de ma\u00edz. El compromiso con la palabra es a tiempo completo, a vida completa. Puede que un periodista convencional no lo piense as\u00ed. Pero un periodista de veras no tiene otra salida que pensar as\u00ed. El periodismo no es algo que uno se pone encima a la hora de ir al trabajo. Es algo que duerme con nosotros, que respira y ama con nuestras mismas v\u00edsceras y nuestros mismos sentimientos.<br \/>\nAunque los Estados Unidos han reivindicado para s\u00ed la invenci\u00f3n o el descubrimiento del periodismo literario, de las factions o de las \u00abnovelas de la vida real\u00bb, como suelen denominarse all\u00ed los escritos de Truman Capote, Norman Mailer y Joan Didion, es en Am\u00e9rica Latina donde naci\u00f3 el g\u00e9nero y donde alcanz\u00f3 su genuina grandeza.<br \/>\nEl periodismo encuentra su sistema actual de representaci\u00f3n y la verdad de su lenguaje en el momento en que se impone una nueva \u00e9tica. Seg\u00fan esa \u00e9tica, el periodista no es un agente pasivo que observa la realidad y la comunica; no es una mera polea de transmisi\u00f3n entre las fuentes y el lector sino, ante todo, una voz a trav\u00e9s de la cual se puede pensar la realidad, reconocer las emociones y las tensiones secretas de la realidad, entender el por qu\u00e9 y el para qu\u00e9 y el c\u00f3mo de las cosas con el deslumbramiento de quien las est\u00e1 viendo por primera vez.<br \/>\nSiempre que las sociedades han estado a punto de cambiar de piel, los primeros s\u00edntomas de ese cambio han aparecido en la cultura. Pi\u00e9nsese en las canciones de los Beatles o en las novelas \u00abdel camino\u00bb de Jack Kerouac y se encontrar\u00e1 prefiguradas en ellas la rebeld\u00eda, la avidez m\u00edstica y el hero\u00edsmo an\u00e1rquico de las dos d\u00e9cadas que siguieron. Pi\u00e9nsese en la soledad esc\u00e9ptica de los personajes que aparecen en las novelas que Raymond Carver o Paul Auster escribieron en los a\u00f1os 80 y se obtendr\u00e1 un retrato cabal de las reivindicaciones capitalistas de este final de siglo. En la cultura es posible descubrir los modelos de realidad que se avecinan y que a\u00fan no han sido formulados de manera consiente.<br \/>\nImag\u00ednense cu\u00e1nta responsabilidad entra\u00f1a dar cuenta de eso. No ser\u00eda posible cumplir cabalmente con semejante misi\u00f3n si cada quien, ante la hoja o la pantalla en blanco, no se repitiera una vez y otra: \u00abLo que escribo es lo que soy, y si no soy fiel a mi mismo no puedo ser fiel a quienes me lean\u00bb. S\u00f3lo de esa fidelidad nace la verdad, aunque de esa verdad nacen siempre los riesgos.<br \/>\nEstos son tiempos de dispersi\u00f3n y de desencuentro para la cultura de Am\u00e9rica Latina. El continente que hasta hace apenas un cuarto de siglo parec\u00eda f\u00e9rreamente unido exhibe ahora graves signos de intolerancia e incomunicaci\u00f3n. Desde la metr\u00f3poli nos anunciaron que hab\u00eda llegado el fin de la historia \u2014lo que tambi\u00e9n significa el fin de las utop\u00edas\u2014 y nos vaticinaron una era de bonanza bajo el modelo triunfante del neoliberalismo. La mayor\u00eda de nuestros gobiernos democr\u00e1ticos han aceptado ese credo, con la certeza de que las miserias actuales afrontadas por los pueblos latinoamericanos ser\u00e1n compensadas por las abundancias del futuro. \u00abPara que haya menos pobres es necesario que, antes, los ricos sean mucho m\u00e1s ricos\u00bb, afirma la doctrina neoliberal. Ese mandato de resignaci\u00f3n se asemeja al de las religiones fatalistas: \u00abPara entrar en el reino de los cielos es necesario ser antes humillado y ofendido\u00bb. Los vaticinios han sido errados, no porque nuestros pueblos sean impacientes o insensatos, sino porque la resignaci\u00f3n termina donde empieza la voluntad de sobrevivir.<br \/>\nEs en el orden de la cultura donde el neoliberalismo ha resultado m\u00e1s pernicioso en Am\u00e9rica Latina. Esper\u00e1bamos que las consignas de libertad sirvieran para derribar muros, fronteras, y para fortalecer la unidad de nuestras naciones a la sombra de un proyecto de bien com\u00fan. Por lo contrario, estamos m\u00e1s divididos que nunca: hemos dejado de leer nos los unos a los otros, porque las incesantes convulsiones de la realidad y la necesidad imperiosa de sobrevivir en un afuera siempre hostil nos consumen las energ\u00edas y los sue\u00f1os. Hemos dejado de vernos, de o\u00edrnos, de conocernos. El modelo neoliberal ha tornado tan alto el precio de cualquier conocimiento que todo lo que podr\u00edamos ser se nos escapa de las manos d\u00eda tras d\u00eda. Se han acentuado los nacionalismos, los regionalismos, los fanatismos y todas esas odiosas vallas que tanto empobrecen la condici\u00f3n humana. Somos m\u00e1s d\u00e9biles como naciones, porque ya no podemos negociar unidos con los poderes de las metr\u00f3polis, sino que debemos hacer todo por separado y a espaldas los unos de los otros.<br \/>\nHubo momentos de la historia en que Am\u00e9rica Latina alz\u00f3 la voz como si su inteligencia, sus emociones y su lengua fueran una sola. Cada vez que el continente pod\u00eda hablar al un\u00edsono, despuntaba en la cultura una nueva edad de oro. Sucedi\u00f3 en las d\u00e9cadas de lucha por la Independencia. Sucedi\u00f3 en los a\u00f1os del primer centenario de las revoluciones nacionales (que fueron tambi\u00e9n los a\u00f1os de la revoluci\u00f3n mexicana), cuando los grandes poetas de Am\u00e9rica acud\u00edan a Buenos Aires para celebrar la inminente grandeza de nuestras naciones; tambi\u00e9n sucedi\u00f3 en los a\u00f1os 60, cuando la revoluci\u00f3n cubana nos encendi\u00f3 el esp\u00edritu y La Habana se convirti\u00f3 en el viento que parec\u00eda poner fin a todas las mordazas de la inteligencia. Y tambi\u00e9n, aunque de un modo m\u00e1s desordenado y clandestino, sucedi\u00f3 en los aciagos 70, cuando las dictaduras militares arrojaron su sombra sobre todos nosotros y s\u00f3lo la conciencia de que est\u00e1bamos juntos nos ayudaba a resistir.<br \/>\nUna de las secretas fuerzas del periodismo de buena ley es su capacidad para fortalecerse en la adversidad, para soslayar las censuras y las mordazas, para cantar cuatro verdades y seguir siendo incorruptible e insumisa cuando a su alrededor todos callan, se someten y se corrompen. Se han probado ya las m\u00e1s diversas armas para acallar su voz inc\u00f3moda: se lo ha reprimido con la prisi\u00f3n, con el cepo, con la hoguera; se lo ha tratado de espantar con bombas a medianoche y asesinatos en el resguardo de las redacciones; se han probado el soborno, la seducci\u00f3n de los premios y de los honores, el hospicio, las amenazas de muerte, el exilio, sin conseguir que el periodismo sepulte o domestique sus verdades. Una de las \u00faltimas estrategias del Poder fue simular indiferencia. Cada vez que el periodismo alzaba su voz, el Poder no o\u00eda. La sordera, los desaparecidos y la simulaci\u00f3n de ignorancia ante los cr\u00edmenes del Estado fueron las grandes contribuciones de las dictaduras militares del Cono Sur a la historia pol\u00edtica. Cuando el Poder se declara iletrado, cuando el Poder no lee, la escritura no lo lastima. Algunas democracias neoliberales han asimilado esa lecci\u00f3n.<br \/>\nHasta hace cuatro d\u00e9cadas, las p\u00e1ginas culturales eran el \u00fanico espacio de libertad en los medios. Los empresarios menos conformistas acu\u00f1aron por entonces un precepto que pronto se convirti\u00f3 en patr\u00f3n de conducta: seg\u00fan esa regla de oro, los peri\u00f3dicos deb\u00edan ser independientes en sus informaciones pol\u00edticas y conservadores en las secciones econ\u00f3micas. Con la cultura se pod\u00eda ser osado, ut\u00f3pico, rebelde o \u00abde izquierda\u00bb, como sol\u00eda decirse entonces. A la cultura nadie le prestaba demasiada atenci\u00f3n. La cultura era la loca de la casa.<br \/>\nEl advenimiento de la revoluci\u00f3n cubana alter\u00f3 esos c\u00f3digos de comportamiento, porque la cultura comenz\u00f3 a convertirse en un espacio incontrolable de debate pol\u00edtico. En el siglo XIX, el Poder pod\u00eda enmendar o tomar a la ligera los testimonios del periodista. Un ejemplo memorable de ese desd\u00e9n fue la actitud que asumi\u00f3 el editor del diario La Naci\u00f3n de Buenos Aires, Bartolom\u00e9 Mitre, cuando Jos\u00e9 Mart\u00ed envi\u00f3 desde Estados unidos una cr\u00f3nica sobre las elecciones presidenciales de 1880. Como lo que Mart\u00ed relataba era un proceso democr\u00e1tico, Mitre neutraliz\u00f3 la informaci\u00f3n con un t\u00edtulo que la negaba como verdad: \u00abNarraciones fant\u00e1sticas\u00bb. Inseguro de la eficacia de su advertencia, a\u00f1adi\u00f3 esta aclaraci\u00f3n: \u00abMart\u00ed ha querido darnos una prueba del poder creador de su privilegiada imaginaci\u00f3n envi\u00e1ndonos una fantas\u00eda que, por lo ingenioso del animado y pintoresco del desarrollo esc\u00e9nico, se impone al inter\u00e9s del lector. Solamente a Jos\u00e9 Mart\u00ed, el escritor original y siempre nuevo, podr\u00eda ocurr\u00edrsele pintar a un pueblo, en los d\u00edas adelantados que alcanzamos, entregado a las rid\u00edculas funciones electorales&#8230;\u00bb<br \/>\nEn la segunda mitad de este siglo, en cambio, la amplitud y celeridad de los mecanismos informativos impidi\u00f3 que los textos quedaran sometidos a las manipulaciones que padeci\u00f3 Mart\u00ed. Los escritores entablaron un di\u00e1logo de igual a igual con el Poder, y las cr\u00f3nicas de los corresponsales-escritores dejaron de tener la funci\u00f3n inocua e inofensiva que se les hab\u00eda adjudicado.<br \/>\nHacia atr\u00e1s, a lo largo de todo el pasado, el Poder hab\u00eda podido imponer su voluntad impunemente. La escritura de la historia era, en \u00faltima instancia, la escritura del Poder. Cuando la escritura transgred\u00eda las conveniencias del Poder, se la suprim\u00eda, se la vetaba, se la silenciaba. A sor Juana In\u00e9s de la Cruz le vetaron el saber y el decir. Se lo vetaron por mujer, porque una mujer no pod\u00eda saber. Y se lo vetaron por monja, porque una monja no ten\u00eda derecho a decir. A fray Servando Teresa de Mier le prohibieron los sermones y a Sim\u00f3n Rodr\u00edguez le censuraron las ense\u00f1anzas porque en ambos las palabras eran como una llama sin freno: quemaban todo lo que tocaban. Se les llam\u00f3 locos, porque la transgresi\u00f3n y el coraje han sido siempre para el Poder lenguajes de locura, como bien lo supieron las Madres de la Plaza de Mayo \u2014\u00ablas locas\u00bb\u2014 cada vez que alzaron la voz.<br \/>\nNo bien la escritura se dio cuenta de que pod\u00eda entablar un di\u00e1logo de igual con el Poder, se multiplicaron las estrategias para cerrarle el camino. En un libro memorable, Idea de la Historia, el fil\u00f3sofo ingl\u00e9s Robin George Collingwood advirti\u00f3 que \u00abs\u00f3lo lo que se escribe es hist\u00f3rico\u00bb, s\u00f3lo lo que ha sido escrito permanece. En el pasado, bastaba con prohibir o excomulgar: la amenaza del pat\u00edbulo garantizaba el silencio de los insumisos. Pero ahora, \u00bfqu\u00e9 pod\u00eda hacer el Poder? Se imaginaron diversos recursos: las asfixias econ\u00f3micas, los vetos publicitarios, la suspensi\u00f3n, el cierre o la mera compra de los medios, las coimas, mordidas o palangres, las ofertas de cargos p\u00fablicos, para citar s\u00f3lo aquellos recursos que parecen m\u00e1s civilizados. Una forma sutil y sinuosa de neutralizar el vigor de la palabra fue apagar ese vigor desde su propio nacimiento. Para lograrlo, se incit\u00f3 al escritor a que descuidara su instrumento. A un escritor que desafina nadie lo lee.<br \/>\nEn los tiempos en que Collingwood public\u00f3 su Idea de la historia, se dividieron las aguas de la inteligencia. Algunos creadores se decla raron impotentes ante la barbarie del poder y partieron al exilio, para salvar la dignidad o, en los casos extremos, para salvar la vida. Es el camino que emprendieron Thomas Mann, Fritz Lang, Bela Bartok, Hermann Broch. Otros inclinaron la cerviz y se entregaron, como parece haber sucedido con Heidegger y con Richard Strauss.<br \/>\nOtros supusieron erradamente que deb\u00edan sacrificar lo que pensaban o callar lo que ve\u00edan en nombre de un proyecto pol\u00edtico superior. A esa tentaci\u00f3n cedieron miles de los mejores intelectuales de Occidente, seducidos por los espejismos del \u00abpadrecito Stalin\u00bb, con excepciones tan honrosas y singulares como la de Andr\u00e9 Gide. Se cre\u00eda entonces que era preciso callar en nombre de cierta conveniencia pol\u00edtica, de cierto futuro, sin advertir que no hay modo m\u00e1s brutal de enajenar el propio futuro que el silencio, puesto que el silencio siempre acaba convirti\u00e9ndose en complicidad.<br \/>\nEs verdad que, en algunos casos, la brutalidad del Poder impone la ret\u00f3rica excluyente del silencio. Para poder hablar despu\u00e9s hay que sobrevivir ahora. \u00c9sa fue la desgarradora alternativa que afrontaron los internados de los campos de concentraci\u00f3n, donde quiera existieron esos campos: en Auschwitz, en la isla Dawson, en las \u00abpeceras\u00bb de Buenos Aires. \u00bfEnfrentarse al Poder con la certeza de la derrota o fingir resignaci\u00f3n ante el Poder para dar luego testimonio de la ignominia? Pero cuando el silencio dura demasiado tiempo, la palabra corre el riesgo de contaminarse, de volverse c\u00f3mplice. Para hablar hace falta valor, y para tener valor hace falta tener valores. Sin valores, m\u00e1s vale callar.<br \/>\nHace poco m\u00e1s de diez a\u00f1os, a medida que se iba reconquistando la democracia en Brasil, Uruguay, Argentina, Chile o Bolivia, algunos periodistas pensaron que deb\u00edan callar los errores de la democracia porque la sombra de las dictaduras militares todav\u00eda se alzaba en el horizonte y se\u00f1alar los tropiezos de algo por lo que tanto se hab\u00eda luchado y que era tan fresco a\u00fan, tan inmaduro, equival\u00eda a una traici\u00f3n. Para cuidar la democracia, se pensaba, era preciso disimular los pasos en falso de la democracia. Y sin embargo, nada es menos democr\u00e1tico que callar. \u00bfQu\u00e9 sentido tendr\u00eda proteger a la democracia priv\u00e1ndola de su raz\u00f3n de ser: la libertad de pensar, de expresar, de saber?<br \/>\n\u00bfPara qu\u00e9 queremos la democracia si no nos atrevemos a vivirla?<br \/>\nHay que cuidar las formas, me repet\u00eda un jefe de redacci\u00f3n en el diario donde me inici\u00e9 cuando era adolescente. Hay que conciliar, me dec\u00eda, hay que entender el juego del Poder. Esa fue la primera ense\u00f1anza contra la cual me sublev\u00e9. Siempre he pensado (y \u00e9ste es un tema para discutir largamente) que el periodismo no tiene sino dos formas que cuidar: la de su herramienta \u2014el lenguaje\u2014; y la de su \u00e9tica, que no responde a otro inter\u00e9s que el de la verdad. No tiene por qu\u00e9 conciliar, con nada ni con nadie. Su misi\u00f3n es en eso id\u00e9ntica a la del artista: revelar los abismos y las luces m\u00e1s secretos del hombre, agitar las aguas, estimular la imaginaci\u00f3n, provocar el cambio, luchar sin sosiego para que las perezas y los conformismos que adormecen la inteligencia sean derribadas con el mismo estr\u00e9pito liberador que hace tres milenios hizo caer las murallas de Jeric\u00f3.<br \/>\nSi el periodista concilia, si transa con el Poder, si se vuelve c\u00f3mplice de la mentira y de la injusticia, no s\u00f3lo est\u00e1 traicion\u00e1ndose a s\u00ed mismo. Traiciona, sobre todo, la fe que el lector ha puesto en \u00e9l, y con eso destroza el mejor argumento de su legitimidad y el \u00fanico escudo de su fortaleza.<br \/>\nEntre la misi\u00f3n del artista y la del periodista hay, sin embargo, una diferencia esencial: la naturaleza del di\u00e1logo que cada uno de ellos establece con el p\u00fablico. Para el artista, crear pensando s\u00f3lo en el \u00e9xito es algo suicida, porque cuando el arte trata de satisfacer a todo el mundo termina por no satisfacer a nadie. El di\u00e1logo entre la obra de arte y el p\u00fablico nace s\u00f3lo cuando la obra ya est\u00e1 terminada. Hasta ese momento, nada debe contar para el artista: ni la m\u00fasica de los aplausos ni los halagos de lo que est\u00e1 de moda. Lo \u00fanico que importa en el momento de la creaci\u00f3n es la fidelidad del artista a lo que \u00e9l es.<br \/>\nEl periodista, en cambio, est\u00e1 obligado a pensar todo el tiempo en su lector, porque si no supiera c\u00f3mo es ese lector, \u00bfde qu\u00e9 manera podr\u00eda responder a sus preguntas? En el periodista, entonces, hay una alianza de fidelidades: fidelidad a la propia conciencia, fidelidad al lector y fidelidad a la verdad. El lector es siempre un factor mucho m\u00e1s activo y exigente de lo que algunos empresarios suelen suponer. A la avidez de conocimiento del lector no se la sacia con el esc\u00e1ndalo sino con la investigaci\u00f3n honesta, no se le aplaca con golpes de efecto sino con la narraci\u00f3n de cada hecho dentro de su contexto y de sus antecedentes. Al lector no se lo distrae con fuegos de artificio o con denuncias estrepitosas que se desvanecen al d\u00eda siguiente, sino que se lo respeta con la informaci\u00f3n precisa. Cada vez que un periodista arroja le\u00f1a en el fuego fatuo del esc\u00e1ndalo est\u00e1 apagando con cenizas el fuego genuino de la informaci\u00f3n. El periodismo no es un circo para exhibirse, sino un instrumento para pensar, para crear, para ayudar al hombre en su eterno combate por una vida m\u00e1s digna y menos injusta.<br \/>\nPorque, a semejanza del artista, el periodista es tambi\u00e9n un productor de pensamiento. En este fin de siglo neoliberal tan orgulloso de sus certezas, tan convencido de que ya hemos llegado al \u00abfin de la historia\u00bb, la cultura tiene la misi\u00f3n de ver la realidad como una enorme interrogaci\u00f3n, como una perpetua duda, y de imaginar el futuro como una incesante utop\u00eda. El hombre se ha movido en las oscuridades de la historia a golpes de utop\u00eda, y la utop\u00eda es lo que ha permitido al hombre seguir teniendo fe en la historia.<br \/>\nEn casi cada pa\u00eds de Am\u00e9rica Latina que he visitado me dicen que estos son los tiempos m\u00e1s dif\u00edciles que se han vivido. \u00bfAlguna vez, sin embargo, nuestros tiempos han sido de otro modo? Los tiempos dif\u00edciles suelen ser aqu\u00e9llos en que uno se formula las preguntas importantes y en que, para sobrevivir, necesita contestar a esas preguntas lo antes posible. Cuando Atenas produjo las bases de la civilizaci\u00f3n, afrontaba conflictos pol\u00edticos y padec\u00eda a l\u00edderes demag\u00f3gicos semejantes a muchos de los que hoy se ven por estas latitudes. Y sin embargo, Arist\u00f3teles imagin\u00f3 las premisas de la democracia a partir de los rasgos que ten\u00eda entonces Atenas. En el siglo XVII nadie pod\u00eda imaginar tampoco hacia d\u00f3nde se encaminaba Inglaterra. Se suced\u00edan las guerras de religi\u00f3n y de conquista, los reyes iban y ven\u00edan del cadalso, pero del magma de esas convulsiones brotaron las grandes preguntas de la modernidad y las geniales respuestas de Locke, de Hume, de Francis Bacon, de Newton, de Leibniz y de Berkeley. Del caos de aquellos a\u00f1os nacieron las luces de los tres siglos siguientes.<br \/>\nAlgo semejante est\u00e1 sucediendo ahora en Am\u00e9rica Latina. Cuando m\u00e1s afuera de la historia parecemos, m\u00e1s sumidos estamos \u2014sin embargo\u2014 en el coraz\u00f3n mismo de los grandes procesos de cambio. En tanto periodistas, en tanto intelectuales, nuestro papel, como siempre, es el de testigos. Somos testigos privilegiados. Por eso es tan importante conservar la calma y abrir los ojos: porque somos los sism\u00f3grafos de un temblor cuya fuerza viene de los pueblos.<br \/>\nHacia d\u00f3nde nos est\u00e1n llevando los vientos de la historia es algo dif\u00edcil de ver o predecir ahora. S\u00f3lo s\u00e9 que en este confuso filo del milenio, tenemos que ponernos a pensar juntos. Es preciso renovar las utop\u00edas que languidecen en el cansado coraz\u00f3n del hombre. Una de las peores afrentas a la inteligencia humana es que sigamos siendo incapaces la libertad y en la justicia. No me resigno a que se hable de libertad afirmando que para tenerla debemos sacrificar la justicia, ni que se prometa justicia admitiendo que para alcanzarla hay que amordazar la libertad. El hombre, que ha encontrado respuesta para los m\u00e1s complejos enigmas de la naturaleza no puede fracasar ante ese problema de sentido com\u00fan.<br \/>\nYa que fue cerca de aqu\u00ed, en Caracas, donde el periodismo latinoamericano tom\u00f3 conciencia por primera vez, hace treinta y siete a\u00f1os, de que pod\u00edamos narrar el mundo a nuestra manera, con un lenguaje que no se parec\u00eda a ning\u00fan otro, me parece justo que sea aqu\u00ed, en Cartagena donde al fin de cuentas empez\u00f3 esa historia) donde afirmemos nuestro derecho a reclamar un mundo que no se parezca a ning\u00fan otro, y que pongamos nuestra palabra de pie para ayudar a crearlo.<\/p>\n<blockquote><p><strong>Discurso ofrecido en el taller seminario &#8220;Situaciones de crisis en medios impresos&#8221;, dictado en Santa Fe de Bogot\u00e1, Colombia, el 15 de marzo de 1996, en la Fundaci\u00f3n para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. <\/strong><\/p><\/blockquote>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>UNIDAD 6 TEXTO COMPLEMENTARIO Hace ya casi cuatro d\u00e9cadas, el 1 de enero de 1953, un joven periodista colombiano desembarc\u00f3 en Maiquet\u00eda, el aeropuerto de Caracas, despu\u00e9s de tres a\u00f1os de escribir en Roma sobre los ataques de hipo de P\u00edo XII y de terminar los originales de su segunda novela en el invierno implacable [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[48],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/redaccion1.fcpolit.unr.edu.ar\/programa\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/346"}],"collection":[{"href":"https:\/\/redaccion1.fcpolit.unr.edu.ar\/programa\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/redaccion1.fcpolit.unr.edu.ar\/programa\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/redaccion1.fcpolit.unr.edu.ar\/programa\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/redaccion1.fcpolit.unr.edu.ar\/programa\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=346"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/redaccion1.fcpolit.unr.edu.ar\/programa\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/346\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/redaccion1.fcpolit.unr.edu.ar\/programa\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=346"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/redaccion1.fcpolit.unr.edu.ar\/programa\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=346"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/redaccion1.fcpolit.unr.edu.ar\/programa\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=346"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}