{"id":322,"date":"2008-07-19T20:37:48","date_gmt":"2008-07-19T20:37:48","guid":{"rendered":"http:\/\/fcpolit.unr.edu.ar\/blogs\/programa\/2008\/07\/19\/ficciones-verdaderas-tomas-eloy-martinez\/"},"modified":"2008-07-19T20:37:48","modified_gmt":"2008-07-19T20:37:48","slug":"ficciones-verdaderas-tomas-eloy-martinez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/redaccion1.fcpolit.unr.edu.ar\/programa\/2008\/07\/19\/ficciones-verdaderas-tomas-eloy-martinez\/","title":{"rendered":"Ficciones verdaderas &#8211; Tom\u00e1s Eloy MART\u00cdNEZ"},"content":{"rendered":"<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" alt=\"ficcionesverdaderas.jpg\" src=\"http:\/\/www.bdp.org.ar\/facultad\/catedras\/comsoc\/redaccion1\/unidades\/ficcionesverdaderas.jpg\" width=\"105\" height=\"158\" align=\"left\" hspace=\"15\" \/><br \/>\n<img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" alt=\"tomaseloy2.jpg\" src=\"http:\/\/www.bdp.org.ar\/facultad\/catedras\/comsoc\/redaccion1\/unidades\/tomaseloy2.jpg\" width=\"107\" height=\"132\" align=\"right\" hspace=\"15\" \/><br \/>\n<strong>Pr\u00f3logo*<\/strong><br \/>\nCorregir la realidad, transfigurarla o, al menos, disentir de la realidad, es uno de los deseos centrales del narrador. Pero para que la correcci\u00f3n tenga sentido, debe haber una realidad previa pesando, ejerciendo una fuerza de gravedad, sobre la imaginaci\u00f3n del narrador: una experiencia de vida, una lectura, algo que lo excita, que lo saca de quicio. Eso no explica, por supuesto, la densidad literaria de un texto, porque la literatura no es una mera correcci\u00f3n de la realidad, un trazo que altera la imagen original \u2013 como los bigotes que los ni\u00f1os dibujan sobre las reproducciones de la Gioconda -. Sino otra realidad, diferente pero no adversaria de la realidad del mundo: un deseo de otra realidad y de otro orden dentro de la realidad, a la vez que un desplazamiento de la realidad hacia el territorio de la imaginaci\u00f3n.<br \/>\nUn antiguo saber com\u00fan supone, con cierta simpleza, que la literatura es el lugar de la imaginaci\u00f3n y que el periodismo o la historia son los lugares de la verdad. Los conceptos de representaci\u00f3n, de verosimilitud, y lo que Roland Barthes llamaba la ilusi\u00f3n referencial, mezclan los tantos y sit\u00faan la verdad en cualquier parte o en ninguna. La escritura literaria tiende a crear verdades que coexisten con otros objetos reales, pero que no son la realidad sino, en el mejor de los casos, una representaci\u00f3n que tiene la misma fuerza de la realidad y engendra una ilusi\u00f3n igualmente verdadera.<br \/>\nLa escritura de ficciones es una decisi\u00f3n absoluta de la libertad, pero a\u00fan as\u00ed, no puede moverse fuera de ciertos l\u00edmites. Para que una ficci\u00f3n tenga eficacia, debe ser cre\u00edda y, por lo tanto, debe aludir a un mundo que otros comparten, en el que otros se reconocen o cuyas leyes pueden aceptar, como sucede con las obras de Lewis Carroll, con las de Raymond Roussel o con las novelas de fantas\u00eda cient\u00edfica.<br \/>\nSi bien toda ficciones una reelaboraci\u00f3n de algo real, en el caso de las ficciones verdaderas el gesto de apropiaci\u00f3n de la realidad es m\u00e1s evidente y su interdependencia con el imaginario de la comunidad dentro de la cual el texto se produce y con el momento en el cual se produce es, tambi\u00e9n, mucho m\u00e1s clara. Esa actitud puede no ser deliberada, pero sin duda es inequ\u00edvoca.<br \/>\nTal vez sea m\u00e1s f\u00e1cil entender ese proceso si se comparan las estrategias de la ficci\u00f3n con las de la historia y el periodismo narrativo. El periodismo pone en escena datos de la realidad que la cuestionan pero no la niegan. Puede subrayar algunos acontecimientos nimios por encima de otros acontecimientos resonantes, puede dramatizar detalles triviales, pero siempre es pasivo (o, si se prefiere, siempre es fiel) ante la realidad. Mientras la historia reordena la realidad y al mismo tiempo reflexiona sobre ella, el periodismo convierte en drama ( o en comedia) las notas al pie de p\u00e1gina de la historia. En los textos del periodismo narrativo la realidad se estira, se retuerce, pero jam\u00e1s se convierte en ficci\u00f3n. Lo que all\u00ed se pone en duda no son los hechos sino el modo de narrar los hechos.<br \/>\nPor comprensiva y vasta que sea, por m\u00e1s avidez de conocimiento que haya en su b\u00fasqueda, la historia no puede permitirse las dudas y las ambig\u00fcedades que se permite la ficci\u00f3n. Tampoco, ciertamente, se las puede permitir el periodismo, porque la esencia del periodismo es la afirmaci\u00f3n : esto ha ocurrido, as\u00ed fueron las cosas. No bien la historia tropieza con hechos que no son de una sola manera debe abstenerse de contarlos o dejar\u00eda de ser historia.<br \/>\nLa ficci\u00f3n se mueve, en cambio, dentro de un territorio donde la realidad nunca es previsible: la realidad no est\u00e1 obligada a ser como hace un instante fue. Todo lo que ahora es as\u00ed podr\u00eda ser distinto al volver la p\u00e1gina, y sin duda ser\u00e1 distinto cuando se lo lea en otro tiempo. Cada novela crea, como se sabe, su universo propio de relaciones, sus crep\u00fasculos, sus lluvias, sus primaveras, su propia red de amores y de traiciones. Ese conjunto de leyes no tiene por qu\u00e9 ser igual a las leyes de la realidad. Su \u00fanica obligaci\u00f3n es engendrar una verdad que tenga valor por s\u00ed misma, que sea sentida como verdadera por el lector. Que el lector diga: he aqu\u00ed otro mundo que se parece al m\u00edo, que difiere del m\u00edo, pero donde todo est\u00e1 en su sitio. No es el mundo de la historia ni el de los peri\u00f3dicos, pero es un mundo necesario. Sin \u00e9l, la vida y, en consecuencia, tambi\u00e9n la historia, ser\u00edan incompletas.<br \/>\nToda escritura es un pacto con el lector. En la escritura period\u00edstica, el pacto est\u00e1 determinado por el lugar que ocupa esa escritura: ese lugar es el lugar de la verdad. Quien toma un diario o una revista se dispone a leer la verdad. Lo sorprender\u00eda que la informaci\u00f3n fuera otra cosa. En el caso del periodismo y de la historia, entonces, es el medio, el g\u00e9nero, lo que decide que all\u00ed est\u00e1 la verdad. Para un escritor de ficciones, el lugar de la verdad est\u00e1 en el lugar de la imaginaci\u00f3n. Desplaza la verdad hacia donde soplan los vientos de su inteligencia y de sus sentimientos. El Bol\u00edvar de Salvador de Madariaga o el de O\u00b4Leary son aproximaciones m\u00e1s o menos certeras del Bol\u00edvar hist\u00f3rico; pero el Bol\u00edvar de Gabriel Garc\u00eda M\u00e1rquez ya no es s\u00f3lo Bol\u00edvar sino tambi\u00e9n Garc\u00eda M\u00e1rquez.<br \/>\nLa mejor definici\u00f3n que conozco de ficci\u00f3n verdadera es la que dio Stendhal en De l\u00e1mour, una colecci\u00f3n de fragmentos publicada en 1822. All\u00ed Stendhal enuncia su c\u00e9lebre \u201cteor\u00eda de la cristalizaci\u00f3n\u201d en este breve p\u00e1rrafo: \u201c En las minas de sal que hay en Salzburgo se deja caer a veces una rama sin hojas al fondo de un pozo en desuso. Dos o tres meses m\u00e1s tarde, cuando se recupera al rama, est\u00e1 cubierta por brillantes cristalizaciones. Las ramas m\u00e1s chicas, semejantes a las patas de una golondrina, se adornan con innumerables diamantes deslumbradores, y ya no es posible reconocer la rama original. Lo que yo llamo cristalizaciones es la operaci\u00f3n mental que extrae de todo lo que la rodea el descubrimiento de que el objeto amado tiene ocultos perfecciones\u201d. Aunque el fragmento alude ante todo a la ilusi\u00f3n del amante, puede leerse tambi\u00e9n como una explicaci\u00f3n cabal de la transfiguraci\u00f3n que se opera en un dato trivial cuando un novelista de talento lo rescata para narrarlo a su manera, ti\u00f1endo la rama original con los colores del arco iris.<br \/>\nA fines de 1827, Stendhal ley\u00f3 en la Gazette des Tribunaux los pormenores del juicio contra el seminarista Antoine Berthet, acusado de asesinar a una mujer casada a la que hab\u00eda servido como maestro de los hijos. Tres a\u00f1os m\u00e1s tarde, la cr\u00f3nica del caso sali\u00f3 cristalizada en una novela genial, El rojo y el negro.<br \/>\nJorge Luis Borges, que comenz\u00f3 ejercit\u00e1ndose en las ficciones verdaderas porque desconfiaba de su propia imaginaci\u00f3n &#8211; como Stendhal-, declara en la Autobiograf\u00eda que sus primeros \u201ccuentos leg\u00edtimos asum\u00edan la forma de falsificaciones y seudo ensayos\u201d. \u201cEn Historia universal de la infamia \u2013 escribe- no quise repetir lo que hizo Marcel Schwob en sus Vidas imaginarias. Schwob invent\u00f3 biograf\u00edas de hombres reales sobre los que hay escasa o ninguna informaci\u00f3n. Yo, en cambio, le\u00ed sobre personas conocidas, y cambi\u00e9 y deform\u00e9 deliberadamente todo a mi antojo.\u201d Uno de los prop\u00f3sitos de aquellos ejercicios era complacer al p\u00fablico. \u201cEsos relatos-advierte Borges- estaban destinados al consumo popular en las p\u00e1ginas de Cr\u00edtica y eran deliberadamente pintorescos.\u201d En el periodismo, todo texto est\u00e1 al servicio del p\u00fablico. En las ficciones verdaderas, hay una mutua complicidad entre el autor y el lector, un di\u00e1logo de iguales, en el que aqu\u00e9l expone todos los sentimientos , modos de ser, rumores y culturas que ha recogido de su comunidad como un espejo con el cual el lector acabar\u00e1 identific\u00e1ndose porque las experiencias a las que alude el texto literario son reconocidas por el lector como propias o como el eco de algo propio. Arthur Miller escribi\u00f3 The Crucible en 1953 con la certeza de que la supercher\u00eda de las brujas de Salem \u2013 cuyos procesos tuvieron efecto en 1692 \u2013 ser\u00edan percibidos por el p\u00fablico norteamericano como una par\u00e1bola sobre el macartismo. La flecha, disparada con toda premeditaci\u00f3n, apunta hacia un blanco que est\u00e1 en el imaginario com\u00fan. Dentro de ese imaginario, la ficci\u00f3n rescata un pasado que ilumina y enriquece el presente. Cuando una ficci\u00f3n verdadera es eficaz, se parece al la\u00fad suspendido de B\u00e9ranger. Apenas alguien lo toca, resuena.<br \/>\nSi las ficciones verdaderas reflejan una conciencia plena de la \u00e9poca de producci\u00f3n es porque su origen deriva de hechos que definen esa \u00e9poca. Un determinado episodio de la realidad suscita en el narrador un inmediato inter\u00e9s, acaso no por el episodio en s\u00ed mismo, sino por toda la red de significaciones que desata. A veces, ese episodio se convierte, durante a\u00f1os, en una obsesi\u00f3n personal de la que el autor no puede desprenderse hasta que la escribe: el crimen de Berthet en El rojo y el negro, la tragedia despu\u00e9s de la boda en Cr\u00f3nica de una muerte anunciada y en Bodas de sangre de Federico Garc\u00eda Lorca, el falso atentado anarquista en El agente secreto de Joseph Conrad, el filicidio de una esclava en Beloved de Toni Morrison. As\u00ed tambi\u00e9n, la civilizaci\u00f3n de la barbarie que se impone en Los sertones de Euclides da Cunha acabar\u00e1 transfigur\u00e1ndose en la condena a las intolerancias de La guerra del fin del mundo, la novela de Mario Vargas Llosa. En Beloved, la hija asesinada de las cr\u00f3nicas de 1856 sigue resucitando ciento treinta a\u00f1os despu\u00e9s porque la esclavitud persiste bajo otras formas.<br \/>\nTodo acto de narraci\u00f3n es, como se sabe, un modo de leer la realidad de otro modo, un intento de imponer a lo real la coherencia que no existe en la vida. Todo narrador, a la vez, es una esponja que absorbe lo que ve y lo que lee para devolverlo transfigurado. El relato selecciona im\u00e1genes, palabras, \u00f3rdenes de palabras \u2013Joyce ya dictamin\u00f3 que en el lenguaje hay s\u00f3lo un orden posible-, acciones que se dan de otra manera en la realidad. Algo sucede, y ese algo, al conmoverlo de manera \u00edntima, personal, estimula al narrador a producir un relato que no es necesariamente la copia fiel del suceso original, sino \u2013 en los mejores ejemplos- la traducci\u00f3n de una atm\u00f3sfera com\u00fan a la \u00e9poca y a los intereses profundos de los lectores. La perennidad de El rojo y el negro tiene poco que ver con el crimen de Berthet. Lo que Stendhal vio en ese crimen fue la destrucci\u00f3n de un orden \u2013 el orden esclerosado del Ancien R\u00e9gime- y la aparici\u00f3n de un orden nuevo, burgu\u00e9s, que permit\u00eda la coexistencia en el teatro, en los caf\u00e9s, en las iglesias y en las salas de lectura, de personajes con poca relaci\u00f3n entre s\u00ed. Berthet o Julien Sorel eran los lectores de la Francia de 1830: \u00e9stos pod\u00edan reconocerse en la novela de aqu\u00e9llos.<br \/>\nLa declaraci\u00f3n de Borges sobre la falsificaci\u00f3n de hechos en Historia universal de la infamia acierta con dos de los est\u00edmulos mayores de las ficciones verdaderas: llenar un vac\u00edo de la realidad, como en el caso de Schwob, escribir lo omitido, plantar la bandera de la imaginaci\u00f3n en sitios por los que no se ha aventurado la historia, o bien rehacer la realidad, rescribirla, transfigurando seg\u00fan las leyes del propio deseo o, como bien se\u00f1ala Borges, del placer.<br \/>\nAl primer grupo pertenecen novelas como El general en su laberinto, de Garc\u00eda M\u00e1rquez, La princesa de Cl\u00e8ves de madame de La Fayette, o las novelas sobre Lee Harvey Oswald que escribieron Norman Mailer y Don De Lillo. Ninguna de ellas es lo que convencionalmente se llama novela hist\u00f3rica. Pueden ser m\u00e1s bien consideradas como un duelo de versiones narrativas entre la ficci\u00f3n y la historia o, si se prefiere, una met\u00e1fora de la historia: los personajes son ciertos, el trasfondo hist\u00f3rico coincide con el de los documentos, pero la lectura de los hechos es otra.<br \/>\nSiempre la veracidad de un texto se establece a partir de un pacto con el lector. De acuerdo con se pacto, los hechos hist\u00f3ricos son como se dicen que son, pero suelen resultar insuficientes para describir la realidad. A la verdad que la historia considera como la \u00fanica posible, le a\u00f1ade otras verdades, abre los ojos y la br\u00fajula de los significados hacia otras direcciones. Hemigway escribi\u00f3 en el pr\u00f3logo de Par\u00eds era una fiesta: \u201cSiempre cabe la posibilidad de que un libro de ficci\u00f3n arroje alguna luz sobre las cosas que antes fueron contadas como hechos\u201d. Esa idea no es nueva. Puesto que las palabras son convenciones, y el modo en que ordenamos los hechos responde a una interpretaci\u00f3n de esos hechos, el escritor puede violar esa interpretaci\u00f3n y, situ\u00e1ndose en el otro lado, en el lado de la imaginaci\u00f3n y de la fabulaci\u00f3n, descubrir algunas construcciones de la verdad m\u00e1s leg\u00edtimas a\u00fan que las construcciones fundadas en las viejas relaciones racionalistas de causa efecto.<br \/>\nTodos los textos de esta antolog\u00eda son rescrituras de hechos de la realidad. A veces hay en ellos un deliberado apego a los documentos, como en los ejemplos de Carpentier, Vargas Llosa, Garc\u00eda m\u00e1rquez, Borges, Defoe, Melville; otras veces, el autor parte de los documentos para crear algo diferente, como en los casos de Flaubert, Dumas y Garc\u00eda Lorca. Pero siempre o casi siempre la rama seca del origen sale irreconocible del pozo donde fue sumergida, luciendo los infinitos destellos nuevos de la sal cristalizada.<br \/>\nEn teor\u00eda, podr\u00eda ser incluida en este libro toda ficci\u00f3n que, a\u00fan de manera no deliberada, reelabora datos de la realidad y se apropia de ellos permitiendo que las fuentes sean reconocidas por el lector. Otras formas de la literatura se obstinan en borrar los trazos pero en \u00e9sta la marca es clara, a veces descarada. De hecho, esta antolog\u00eda podr\u00eda ser el comienzo de una antolog\u00eda infinita, que incluir\u00eda tambi\u00e9n a Homero y Petronio, a Chuacer y Boccacio, a Don Manuel y Chr\u00e9tien de Troyes. Antes del romanticismo, la originalidad no era un valor, y no hay casi texto narrativo que no derive de un suceso famoso, de una cr\u00f3nica o de otro libro. Donde aparece Macbeth se podr\u00eda haber incluido cualquiera de los dramas hist\u00f3ricos o de las tragedias de Shakespeare, que derivan de fuentes probadas. Los tres mosqueteros pudo ser sustituida por otra novela mayor de Dumas y Benito Cereno pudo dejar su espacio a cualquier fragmento de Moby Dick o al cap\u00edtulo de una novela de Dickens. La lista podr\u00eda enriquecerse con obras de Jane Austen, Gogol, Thomas Mann, Heinrich Boll, Jos\u00e9 Lezama Lima e via dicendo. La posibilidad de a\u00f1adir nuevos textos es infinita, porque no hay casi textos que no deriven de alguna fuente que la paciencia terminar\u00e1 por desentra\u00f1ar.<br \/>\nLa selecci\u00f3n en la que coincidimos Jennifer French y yo debe, por lo tanto, m\u00e1s al azar y al placer personal que a un escrutinio definitivo. Jennifer French estaba a punto de completar su doctorado en Literatura Comparada en Rutgers University cuando le refer\u00ed la idea de Ficciones verdaderas y le propuse continuar una investigaci\u00f3n que yo llevaba meses postergando. Su imaginaci\u00f3n y su tenacidad fueron decisivas en el hallazgo de algunas fuentes imposibles. Ella sugiri\u00f3 diversos cambios a mi selecci\u00f3n original de textos e impuso con pasi\u00f3n a dos de sus autores favoritos, Borges y Conrad. Le debo tambi\u00e9n el primer borrador en ingl\u00e9s de los pr\u00f3logos que preceden a cada uno de los cap\u00edtulos y la revisi\u00f3n de lo que escrib\u00ed en espa\u00f1ol.<br \/>\nLas antolog\u00edas son incompletas por naturaleza, pero \u00e9sta lo es m\u00e1s que ninguna. En compensaci\u00f3n, tiene la virtud de dejar espacios en blanco que el lector podr\u00e1 ir llenando cada vez que descubra un dato de la realidad cristalizado en un texto donde ese dato, tal vez trivial, tal vez fugaz, ha sido transfigurado en algo imperecedero.<br \/>\n<strong>*Ficciones verdaderas. Hechos reales que inspiraron grandes obras literarias. Planeta, Buenos Aires, 2000. <\/strong><\/p>\n<blockquote><p><strong>Este pr\u00f3logo tiene 2678 palabras. Lo digitalic\u00e9 con mucho cari\u00f1o del libro de mi propiedad. Espero que no haya problemas por la publicaci\u00f3n. Nota de Male S\u00e1nchez<\/strong><\/p><\/blockquote>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Pr\u00f3logo* Corregir la realidad, transfigurarla o, al menos, disentir de la realidad, es uno de los deseos centrales del narrador. 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