{"id":319,"date":"2008-07-19T19:50:27","date_gmt":"2008-07-19T19:50:27","guid":{"rendered":"http:\/\/fcpolit.unr.edu.ar\/blogs\/programa\/2008\/07\/19\/el-fin-de-los-dirigibles-rodolfo-walsh\/"},"modified":"2008-07-19T19:50:27","modified_gmt":"2008-07-19T19:50:27","slug":"el-fin-de-los-dirigibles-rodolfo-walsh","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/redaccion1.fcpolit.unr.edu.ar\/programa\/2008\/07\/19\/el-fin-de-los-dirigibles-rodolfo-walsh\/","title":{"rendered":"El fin de los dirigibles &#8211; Rodolfo WALSH"},"content":{"rendered":"<p><strong> UNIDAD 6<br \/>\nTEXTO COMPLEMENTARIO<\/strong> del <a href=\"https:\/\/blogs.fcpolit.unr.edu.ar\/programa\/2008\/07\/19\/un-cuento-de-verdad\/\">Trabajo pr\u00e1ctico Un cuento de verdad<\/a><br \/>\n<img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" src=\"http:\/\/www.bdp.org.ar\/facultad\/catedras\/comsoc\/redaccion1\/unidades\/rodolfo_walsh3.jpg\" alt=\"rodolfo_walsh3.jpg\" width=\"500\" height=\"350\" \/><br \/>\nVan a cumplirse veinte a\u00f1os. Desde esa fecha -6 de mayo de 1937- ning\u00fan dirigible ha vuelto a surcar los cielos en misi\u00f3n comercial. Esa noche se derrumb\u00f3 para siempre el creciente imperio de las aeronaves m\u00e1s livianas que el aire y se esfum\u00f3 el sue\u00f1o de un visionario.<br \/>\nLa cat\u00e1strofe del Hindenburg, que ahora recordamos, conmovi\u00f3 al mundo. Muy pocos acontecimientos han sacudido tan hondamente la sensibilidad p\u00fablica. Desde el preciso instante en que la voz del locutor Herbert Morrison, que efectuaba una transmisi\u00f3n de rutina desde el aeropuerto de Lakehurst, se quebr\u00f3 para anunciar a millares de incr\u00e9dulos oyentes: &#8220;\u00a1Se incendia&#8230;! \u00a1Estalla&#8230; estalla!&#8221;, desde ese instante una ola de asombro se propag\u00f3 por los cuatro puntos cardinales. Y el asombro no ha cesado todav\u00eda.<br \/>\nEl Hindenburg era la \u00faltima maravilla de la ingenier\u00eda alemana. Algo colosal en sus dimensiones, bello en sus formas, \u00e1gil en su desplazamiento. Ni antes ni despu\u00e9s ha remontado vuelo nada que se le pueda comparar. Med\u00eda 250 metros de largo y 45 de alto. Sostenido en el aire por ocho millones de pies c\u00fabicos de hidr\u00f3geno, impulsado por cuatro poderosos motores Mercedes-Benz, con una autonom\u00eda de 8.700 millas y una capacidad de carga de 18 toneladas, era capaz de atravesar el Atl\u00e1ntico en dos d\u00edas y medio, sorteando las peores tormentas con la facilidad de un gigantesco lebrel que ahuyentara una tribu de ardillas.<br \/>\nEl Hindenburg era r\u00e1pido. Cuatro veces m\u00e1s r\u00e1pido que los buques que efectuaban la traves\u00eda transatl\u00e1ntica.<br \/>\nEl Hindenburg era c\u00f3modo. Reun\u00eda las m\u00e1ximas posibilidades de confort para los pasajeros: cabinas individuales, grandes salones, ventanales de observaci\u00f3n, calefacci\u00f3n, cocina perfecta.<br \/>\nEl Hindenburg era seguro. Transportaba -es cierto- una mort\u00edfera carga de hidr\u00f3geno inflamable, pero el sistema de aislamiento se consideraba perfecto. Tanto que el Lloyd\u2019s de Londres le hab\u00eda otorgado seguros por 500.000 libras a una tarifa muy baja.<br \/>\nEl Hindenburg era hermoso, liviano, indestructible.<br \/>\nHasta esa fat\u00eddica noche del jueves 6 de mayo.<br \/>\nYa llevaba realizados diez viajes transatl\u00e1nticos cuando el lunes 3, a las ocho de la ma\u00f1ana, zarp\u00f3 por \u00faltima vez de Frankfurt, Alemania.<br \/>\nPara esta traves\u00eda se design\u00f3 comandante al capit\u00e1n Max Pruss, en reemplazo del viejo Ernst Lehmann, que lo condujera en las anteriores. Lehmann, sin embargo, iba a bordo, quiz\u00e1 para completar la formaci\u00f3n de su disc\u00edpulo.<br \/>\nEl dirigible deb\u00eda llegar a la base aeronaval de Lakehurst, en Nueva Jersey, Estados Unidos, con las primeras horas del 6 de mayo. Vientos de frente lo retrasaron en el camino. Al amanecer, sin embargo, volaba sobre Nueva Escocia, y a las tres de la tarde era avistado en Nueva York, rumbo al sur. A las cuatro, el p\u00fablico y los reporteros congregados desde temprano en la base lo divisaban en el horizonte.<br \/>\nPero el Hindenburg pas\u00f3 sobre sus cabezas sin descender. El capit\u00e1n Pruss acababa de comunicar al comodoro Charles Rosendahl, jefe de la base, que postergar\u00eda el descenso hasta las seis, porque no le gustaban las nubes de tormenta que se estaban acumulando en la zona. Y la aeronave sigui\u00f3 rumbo al sur. Poco m\u00e1s tarde cay\u00f3 un chaparr\u00f3n.<br \/>\nA las seis, Rosendahl inform\u00f3 por radio que a su juicio las condiciones atmosf\u00e9ricas hab\u00edan mejorado lo bastante como para intentar el descenso. A las siete repiti\u00f3 el mensaje. Pero ya el zepel\u00edn se acercaba desde el sur, con las luces encendidas.<br \/>\n-Ah\u00ed viene -anunci\u00f3 el locutor Morrison a sus oyentes-, ah\u00ed viene hacia nosotros, como una gigantesca pluma, el Hindenburg&#8230;<br \/>\nLos hombres que compon\u00edan la dotaci\u00f3n de amarre (150 en total) corrieron a sus puestos. Todav\u00eda lloviznaba ligeramente, pero el viento hab\u00eda disminuido y la visibilidad era bastante buena. La aeronave pas\u00f3 sobre el campo, a 150 metros de altura, y vir\u00f3 en redondo para dirigirse a la torre de amarre.<br \/>\nEl capit\u00e1n Pruss y sus oficiales controlaban el descenso. Las v\u00e1lvulas comenzaron a expeler hidr\u00f3geno. El Hindenburg estaba ahora a sesenta metros de altura. Las h\u00e9lices de los motores empezaron a girar en sentido inverso y el dirigible pareci\u00f3 detenerse de pronto.<br \/>\nLos fot\u00f3grafos lo enfocaban con sus c\u00e1maras. Los pasajeros se asomaban a los ventanales. A las 19:21 se solt\u00f3 el primer cabo de amarre. Poco despu\u00e9s, el segundo. Los hombres de tierra se apoderaron de ellos.<br \/>\nA las 19:22 la maniobra estaba pr\u00e1cticamente terminada. El dirigible flotaba seguro a unos 25 metros del suelo. Los pasajeros se aprestaban a descender cuando tocase tierra.<br \/>\nAl parecer, el Hindenburg hab\u00eda completado con \u00e9xito su und\u00e9cimo viaje.<br \/>\nPero faltaba exactamente un minuto para que se convirtiera en una gigantesca antorcha, y llegara a su t\u00e9rmino la era de los zepelines.<br \/>\nEra un orgulloso sue\u00f1o el que iba a concluir all\u00ed, en las arenas de Nueva Jersey. Y un sue\u00f1o al que se encuentra inevitablemente ligado el nombre del conde Fernando de Zeppelin.<br \/>\nEl conde Zeppelin era un general alem\u00e1n retirado, un hombre que ya casi hab\u00eda cerrado la \u00f3rbita de su vida cuando a fines del siglo pasado empez\u00f3 a so\u00f1ar con una aeronave r\u00edgida, capaz de ser dirigida a voluntad, que reemplazara a los globos de incierto manejo. Y al servicio de esta fantas\u00eda, puso toda su tenacidad teut\u00f3nica.<br \/>\nOtros hombres trabajaban en distintas direcciones para resolver el mismo problema. Faltaba poco para que en el taller de bicicletas de los hermanos Wright naciera el aeroplano. Las ascensiones en aer\u00f3statos y planeadores se hac\u00edan cada vez m\u00e1s numerosas.<br \/>\nEn 1900 termin\u00f3 Zeppelin su primer aparato y lo hizo volar. Fue un desastre: se incendi\u00f3 en el aire. Pero \u00e9l no se desanim\u00f3. Y tampoco se desanimaron los hombres que hab\u00edan acogido con entusiasmo su idea.<br \/>\nA partir de entonces, la historia de los zepelines es una larga serie de esperanzas y fracasos, de haza\u00f1as y cat\u00e1strofes.<br \/>\nMientras el conde prosigue sus ensayos, los franceses construyen tambi\u00e9n un dirigible: el R\u00e9publique. Se estrella en 1909, matando a sus cuatro tripulantes. En 1913 pierden otro: el L-2. Aqu\u00ed los muertos son trece.<br \/>\nPero viene la Primera Guerra Mundial. Y son los alemanes, naturalmente, los que creen ver en el zepel\u00edn un arma decisiva. Empiezan a construirlos afiebradamente. Y los lanzan sobre los campos de batallas y las ciudades enemigas cargados de bombas. Los resultados son catastr\u00f3ficos&#8230; para los zepelines. Los ca\u00f1ones antia\u00e9reos y los cazas aliados los derriban f\u00e1cilmente. En un solo &#8220;raid&#8221; sobre Londres intervienen doce de estos monstruos a\u00e9reos. Ninguno vuelve a su base.<br \/>\nCuando termina la guerra, los alemanes han perdido cincuenta y siete dirigibles. S\u00f3lo les quedan tres. A partir de entonces se acepta que no sirven para la guerra.<br \/>\nPero, \u00bfno servir\u00edan para fines de paz?<br \/>\nLos norteamericanos han recogido la idea. Y el saldo de desgracias que parece acompa\u00f1arla. En 1922 se les estrella el Roma, con treinta y cuatro muertos. M\u00e1s tarde construyen un gigante: el Shenandoah. Cuando estalla en el aire, mueren catorce hombres. El comodoro Rosendahl -a quien ya hemos nombrado como jefe de la base de Lakehurst- estaba all\u00ed. Fue uno de los sobrevivientes.<br \/>\nTercian los ingleses. En 1930 pierden el enorme R-101. Cuarenta y ocho muertos.<br \/>\nInsisten los norteamericanos, esta vez con el Akron. En 1933 desaparece en el mar con setenta y dos tripulantes.<br \/>\nY ya tenemos a los alemanes listos para volver a la brecha, a pesar de tantos contrastes. Ellos van a recoger la bandera de Zeppelin -ahora que los otros pa\u00edses parecen dispuestos a abandonarla-, la van a poner en manos de un genial conductor, el doctor Eckener, y tratar\u00e1n de llevarla al triunfo. Si no lo consiguen, no ser\u00e1 por falta de constancia y hero\u00edsmo.<br \/>\nEckener construye el Graf Zeppelin, esa maravilla plateada que muchos porte\u00f1os recuerdan haber visto hace veintitr\u00e9s a\u00f1os sobre Buenos Aires. Con \u00e9l se inaugura un servicio regular de Alemania a Sudam\u00e9rica. R\u00e1pido y seguro, conquista inmediatamente la confianza del p\u00fablico.<br \/>\nLuego viene el Hindenburg. Representa un enorme avance sobre el Graf Zeppelin. Es, casi, la perfecci\u00f3n. Y se lo destina a la traves\u00eda Alemania-Estados Unidos.<br \/>\nEl Hindenburg acaba de terminar su und\u00e9cimo viaje. Se halla junto a la torre de amarre, en Lakehurst.<br \/>\nSon las 19:23&#8230;<br \/>\nS\u00fabitamente una lengua de fuego nace de la quilla del dirigible, a popa, corre como una v\u00edbora, se extiende y en pocos segundos se propaga por todas partes. El Hindenburg se convierte en una pira colosal. Las llamas ascienden a m\u00e1s de cien metros de altura. El temible hidr\u00f3geno arde, arde furiosamente&#8230;<br \/>\nLa aeronave empieza a inclinarse por la popa, hacia tierra, con lentitud de pesadilla.<br \/>\nLa voz del locutor Morrison, que transmite a millares de oyentes, se ha llenado de espanto:<br \/>\n-\u00a1Arde&#8230;! \u00a1Se estrella, se estrella&#8230;, terrible!<br \/>\nEn la dotaci\u00f3n de tierra y en los espectadores hay momentos de p\u00e1nico. La inmensa mole incendiada se les viene encima. Fragmentos incandescentes llueven sobre ellos.<br \/>\nEl comodoro Rosendahl est\u00e1 en la torre de amarre.<br \/>\n-\u00a1Santo Dios! -exclama al ver el resplandor que ilumina el cielo.<br \/>\nEl dirigible ca\u00eda directamente sobre \u00e9l. Tuvo que correr como un pose\u00eddo para ponerse a salvo.<br \/>\nEn su cabina, Morrison todav\u00eda tiene \u00e1nimo para seguir transmitiendo:<br \/>\n-\u00a1Esto es espantoso! -grita-. \u00a1Se incendia y cae sobre la torre de amarre! \u00a1Esta es una de las peores cat\u00e1strofes del mundo!<br \/>\nEntretanto, dentro del Hindenburg, donde hay cincuenta y nueve tripulantes y treinta y dos pasajeros, reina el caos m\u00e1s absoluto. Solamente los oficiales parecen mantener una extraordinaria serenidad. El capit\u00e1n Pruss, en la cabina de control, ha sentido una explosi\u00f3n no muy fuerte y ha escuchado el clamor del p\u00fablico. Se asoma a la ventanilla de la g\u00f3ndola, pero en el primer momento no observa nada anormal.<br \/>\n-\u00bfQu\u00e9 sucede? -pregunta.<br \/>\n-\u00a1La nave est\u00e1 en llamas! -le contesta un oficial.<br \/>\nEl capit\u00e1n obra con seguro instinto. Podr\u00eda mantener durante algunos segundos la estabilidad de la nave, soltando el lastre de la popa, pero permite que \u00e9sta descienda a tierra, dando una oportunidad de salvaci\u00f3n a los que se encuentran all\u00ed.<br \/>\nAl inclinarse el zepel\u00edn, pasajeros y tripulantes han rodado por pasillos y camarotes. Despu\u00e9s empiezan a desprenderse como hormigas por cuanta escotilla o agujero deja la estructura en llamas. De los que logran salvarse, muy pocos sabr\u00e1n m\u00e1s tarde c\u00f3mo lo hicieron.<br \/>\nAlgunos son despedidos, otros rompen ventanillas y se tiran, los m\u00e1s son arrancados de las llamas por las patrullas de salvamento r\u00e1pidamente organizadas.<br \/>\nJoseph Spah, un acr\u00f3bata profesional, permanece varios segundos colgado del marco met\u00e1lico de una ventanilla, calentado a una temperatura que s\u00f3lo \u00e9l puede resistir&#8230; porque est\u00e1 acostumbrado a hacer una prueba semejante. Cuando cree llegado el momento oportuno, intenta un prodigioso salto desde quince metros de altura, corre por la arena h\u00fameda -el chaparr\u00f3n de la tarde result\u00f3 providencial- y se salva.<br \/>\nUn chico de catorce a\u00f1os, que trabaja de botones en la nave, se deja caer por una escotilla. Pero una masa de fuego desciende sobre \u00e9l. Est\u00e1 perdido. En ese momento estallan los tanques de agua que sirven de lastre, lo empapan y le dan una incre\u00edble oportunidad de salvaci\u00f3n, que el chico aprovecha corriendo como un gamo.<br \/>\nUna se\u00f1ora sale por el camino normal: por la planchada. No parece inmutarse. Dos marineros la arrebatan a los tirantes de acero incandescente que se precipitan sobre ella. Un hombre surge caminando tranquilamente de las llamas, con todas las ropas quemadas. Alguien corre a su encuentro. El hombre habla pausadamente en alem\u00e1n, sin dar muestras de excitaci\u00f3n. De pronto, gira sobre s\u00ed mismo y se desploma, muerto.<br \/>\nOtro fugitivo del siniestro se ha sentado sobre la arena, con los codos apoyados en las rodillas. Y arde. Arde de pies a cabeza. Cuando se acercan a ayudarlo, tiene en el rostro incendiado un gesto de profunda concentraci\u00f3n, como si reflexionara. Muere en seguida.<br \/>\nEntre las primeras v\u00edctimas llevadas a la enfermer\u00eda de la base hay un joven tripulante del Hindenburg. Pide que env\u00eden un cable a su joven esposa.<br \/>\n-\u00bfQu\u00e9 le decimos? -le preguntan.<br \/>\n-Que estoy bien. Que estoy con vida.<br \/>\nApenas termina de decirlo, muere.<br \/>\nLos \u00faltimos en abandonar el Hindenburg fueron el capit\u00e1n Pruss, el capit\u00e1n Lehmann y diez oficiales m\u00e1s que estaban a proa, en la cabina de control. Lo hicieron cuando ya casi todo el resto de la aeronave estaba consumido por las llamas.<br \/>\nPruss sobrevivi\u00f3, a pesar de los numerosos viajes de regreso al siniestro que efectu\u00f3 en busca de sobrevivientes. S\u00f3lo se le o\u00eda gritar:<br \/>\n-\u00a1Los pasajeros&#8230;! \u00a1Los pasajeros&#8230;!<br \/>\nEl capit\u00e1n Lehmann, en cambio, se quebr\u00f3 la columna vertebral y sufri\u00f3 terribles quemaduras al saltar de la g\u00f3ndola.<br \/>\nMuri\u00f3 esa misma noche, conservando plena lucidez hasta el \u00faltimo momento y sin que nadie le oyera quejarse de sus terribles dolores. Antes de expirar, habl\u00f3 largamente con su viejo amigo Rosendahl. El total de muertos causados por el accidente ascendi\u00f3 a treinta y seis, de los cuales trece eran pasajeros.<br \/>\nEn cuanto a las causas del desastre, se han propuesto muchas explicaciones. Algunos opinaron que la electricidad est\u00e1tica hab\u00eda inflamado una p\u00e9rdida de hidr\u00f3geno. Otros, que al saltar un fragmento de una h\u00e9lice perfor\u00f3 la envoltura del dirigible, permitiendo la combusti\u00f3n espont\u00e1nea del hidr\u00f3geno en contacto con el aire. Y no faltan quienes aseguran que antes de zarpar el Hindenburg para su \u00faltimo viaje, el gobierno alem\u00e1n recibi\u00f3 denuncias an\u00f3nimas de que se atentar\u00eda contra \u00e9l.<br \/>\nPero el misterio subsiste. Quiz\u00e1 la mejor respuesta sean aquellas palabras que pronunci\u00f3 el capit\u00e1n Lehmann antes de cerrar los ojos para siempre:<br \/>\n-Ich kann es nicht verstehen.<br \/>\n&#8220;No puedo comprenderlo.&#8221;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>UNIDAD 6 TEXTO COMPLEMENTARIO del Trabajo pr\u00e1ctico Un cuento de verdad Van a cumplirse veinte a\u00f1os. Desde esa fecha -6 de mayo de 1937- ning\u00fan dirigible ha vuelto a surcar los cielos en misi\u00f3n comercial. 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