{"id":303,"date":"2008-07-18T16:33:54","date_gmt":"2008-07-18T16:33:54","guid":{"rendered":"http:\/\/fcpolit.unr.edu.ar\/blogs\/programa\/2008\/07\/18\/el-periodismo-vuelve-a-contar-historias-tomas-eloy-martinez\/"},"modified":"2008-07-18T16:33:54","modified_gmt":"2008-07-18T16:33:54","slug":"el-periodismo-vuelve-a-contar-historias-tomas-eloy-martinez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/redaccion1.fcpolit.unr.edu.ar\/programa\/2008\/07\/18\/el-periodismo-vuelve-a-contar-historias-tomas-eloy-martinez\/","title":{"rendered":"El periodismo vuelve a contar historias &#8211; Tom\u00e1s Eloy MART\u00cdNEZ"},"content":{"rendered":"<p><strong> UNIDAD 6<br \/>\nTEXTO COMPLEMENTARIO<\/strong><br \/>\n\u00bfC\u00f3mo seducir hoy a un lector que, cuando llega a las p\u00e1ginas de un diario, ya ha sido informado por la televisi\u00f3n, por la radio o por Internet? Ante este dilema, que es el gran desaf\u00edo del siglo XXI para la prensa escrita, el autor de Santa Evita recuerda que s\u00f3lo un periodista con vocaci\u00f3n de narrador, que se atreva a dejar en tierra las cifras para remontar vuelo con el coraz\u00f3n de un relato, lograr\u00e1 que se identifiquen los destinos ajenos con el propio.<br \/>\nLos seres humanos perdemos la vida buscando cosas que ya hemos encontrado. Todas las ma\u00f1anas, en cualquier latitud, los editores de peri\u00f3dicos llegan a sus oficinas pregunt\u00e1ndose c\u00f3mo van a contar la historia que sus lectores han visto en la televisi\u00f3n ese mismo d\u00eda o han le\u00eddo en m\u00e1s de una p\u00e1gina de Internet. \u00bfCon qu\u00e9 palabras narrar, por ejemplo, la desesperaci\u00f3n de una madre a la que todos han visto llorar en vivo delante de las c\u00e1maras? \u00bfC\u00f3mo seducir, usando un arma tan insuficiente como el lenguaje, a personas que han experimentado con la vista y con el o\u00eddo todas las complejidades de un hecho real? Ese duelo entre la inteligencia y los sentidos ha sido resuelto hace algunos siglos por las novelas, que todav\u00eda est\u00e1n vendiendo millones de ejemplares a pesar de que algunos te\u00f3ricos decretaron, hace dos o tres d\u00e9cadas, que la novela hab\u00eda muerto para siempre. Tambi\u00e9n el periodismo ha resuelto el problema a trav\u00e9s de la narraci\u00f3n, pero a los editores les cuesta aceptar que \u00e9sa es la respuesta a lo que est\u00e1n buscando desde hace tanto tiempo.<br \/>\nEn The New York Times del viernes 2 de noviembre, por citar un ejemplar reciente del diario que leo con m\u00e1s asiduidad, tres de los seis art\u00edculos de la primera p\u00e1gina compart\u00edan un rasgo llamativo: cuando daban una noticia, la contaban a trav\u00e9s de la experiencia de un individuo en particular, un personaje paradigm\u00e1tico que reflejaba, por s\u00ed solo, todas las facetas de esa noticia, o que era \u00e9l mismo la noticia. Suced\u00eda lo mismo en tres de los cuatro art\u00edculos de portada de la secci\u00f3n &#8220;A Nation Challenged&#8221;, que se est\u00e1 publicando a diario desde los ataques del 11 de setiembre. Eso no significa que haya menos informaci\u00f3n: hay m\u00e1s. Sucede que la informaci\u00f3n no viene digerida para un lector cuya inteligencia se subestima, como en los peri\u00f3dicos convencionales, sino que se establece un di\u00e1logo con la inteligencia del lector, se admite de antemano que ha visto la televisi\u00f3n, ha le\u00eddo acaso algunos sites de Internet y, sobre todo, que tiene una manera personal de ver el mundo, una opini\u00f3n sobre lo que pasa. La gente ya no compra diarios para informarse. Los compra para entender, para confrontar, para analizar, para revisar el rev\u00e9s y el derecho de la realidad. No es por azar que, desde que introdujo la narraci\u00f3n como estrategia, The New York Times subi\u00f3 su circulaci\u00f3n, despu\u00e9s de un primer ligero retroceso suscitado por la sorpresa de todo lenguaje nuevo.<br \/>\nLo que buscan las narraciones a las que estoy aludiendo es que el lector identifique los destinos ajenos con su propio destino. Que se diga: a m\u00ed tambi\u00e9n puede pasarme esto. Hegel primero, y despu\u00e9s Borges, escribieron que la suerte de un hombre resume, en ciertos momentos esenciales, la suerte de todos los hombres. Esa es la gran lecci\u00f3n que est\u00e1n aprendiendo los peri\u00f3dicos en este comienzo de siglo.<br \/>\nCada vez son menos los diarios que siguen dando noticias obedeciendo el mandato de responder en las primeras l\u00edneas a las seis preguntas cl\u00e1sicas o, en ingl\u00e9s, las cinco W: qu\u00e9, qui\u00e9n, d\u00f3nde, cu\u00e1ndo, c\u00f3mo y por qu\u00e9. Ese viejo principio estaba asociado, a la vez, con un respeto sacramental por la pir\u00e1mide invertida, que fue impuesta por las agencias informativas hace m\u00e1s de un siglo, cuando los diarios se compon\u00edan con plomo y antimonio y hab\u00eda que cortar la informaci\u00f3n en cualquier p\u00e1rrafo para dar cabida a la publicidad de \u00faltima hora o a las noticias urgentes. Aunque en todas las viejas reglas hay una cierta sabidur\u00eda, no hay nada mejor que la libertad con que ahora podemos desobedecerlas. La \u00fanica dictadura t\u00e9cnica de las \u00faltimas d\u00e9cadas es la que imponen los diagramadores, y \u00e9stos, cuando son buenos periodistas, entienden muy bien que una historia contada con inteligencia tiene derecho a ocupar todo el espacio que necesita, por mucho que sea: no m\u00e1s, pero tampoco menos.<br \/>\nDe todas las vocaciones del hombre, el periodismo es aqu\u00e9lla en la que hay menos lugar para las verdades absolutas. La llama sagrada del periodismo es la duda, la verificaci\u00f3n de los datos, la interrogaci\u00f3n constante. All\u00ed donde los documentos parecen instalar una certeza, el periodismo instala siempre una pregunta. Preguntar, indagar, conocer, dudar, confirmar cien veces antes de informar: \u00e9sos son los verbos capitales de una profesi\u00f3n en la que toda palabra es un riesgo.<br \/>\nA la vez, no se trata de narrar por narrar. Algunos j\u00f3venes periodistas creen, a veces, que narrar es imaginar o inventar, sin advertir que el periodismo es un oficio extremadamente sensible, donde la m\u00e1s ligera falsedad, la m\u00e1s ligera desviaci\u00f3n, pueden hacer pedazos la confianza que se ha ido creando en el lector durante a\u00f1os. No todos los redactores saben narrar y, lo que es m\u00e1s importante todav\u00eda, no todas las noticias se prestan a ser narradas. Pero antes de rechazar el desaf\u00edo, un periodista verdadero debe preguntarse si se puede hacer y, luego, si conviene o no hacerlo. Narrar la votaci\u00f3n de una ley en el Senado a partir de lo que opina o hace un senador puede resultar in\u00fatil, adem\u00e1s de pat\u00e9tico. Pero contar algunas de las tribulaciones del presidente pakistan\u00ed Pervez Musharraf para entenderse con sus hijos talibanes mientras oye las razones del embajador norteamericano, o los disgustos del presidente George W. Bush errando un hoyo de golf en Camp Davis mientras cae una bomba equivocada en un hospital de Jalalabad es algo que s\u00f3lo se puede hacer bien con el lenguaje, no con el despojamiento de las im\u00e1genes o con los sobresaltos de la voz.<br \/>\nSin embargo, no hay nada peor que una noticia en la que el redactor se finge novelista y lo hace mal. Los diarios del siglo XXI prevalecer\u00e1n con igual o mayor fuerza que ahora si encuentran ese dif\u00edcil equilibrio entre ofrecer a sus lectores informaciones que respondan a las seis preguntas b\u00e1sicas e incluyan adem\u00e1s todos los antecedentes y el contexto que esas informaciones necesitan para ser entendidas sin problemas, pero tambi\u00e9n, sobre todo, un pu\u00f1ado de historias, seis, siete o diez historias en la edici\u00f3n de cada d\u00eda, contadas por cronistas que tambi\u00e9n sean eficaces narradores.<br \/>\nLa mayor\u00eda de los habitantes de esta infinita aldea en la que se ha convertido el mundo vemos primero las noticias por televisi\u00f3n o por Internet o las o\u00edmos por radio antes de leerlas en los peri\u00f3dicos, si es que acaso las leemos. Si dejo de lado la atroz recesi\u00f3n econ\u00f3mica de algunos de nuestros pa\u00edses, creo con firmeza que cuando un diario se vende menos no es porque la televisi\u00f3n o Internet le han ganado de mano, sino porque el modo como los diarios dan la noticia es menos atractivo. Y no tendr\u00eda por qu\u00e9 ser as\u00ed. La prensa escrita, que invierte fortunas en estar al d\u00eda con las aceleradas mudanzas de la cibern\u00e9tica y de la t\u00e9cnica, presta mucha menos atenci\u00f3n -me parece- a las m\u00e1s sutiles e igualmente aceleradas mudanzas de los lenguajes que prefiere su lector. Casi todos los periodistas est\u00e1n mejor formados que antes, pero tienen -habr\u00eda que averiguar por qu\u00e9- menos pasi\u00f3n; conocen mejor a los te\u00f3ricos de la comunicaci\u00f3n pero leen mucho menos a los grandes novelistas de su \u00e9poca.<br \/>\nPacto de fidelidades: fidelidad a la propia conciencia y fidelidad a la verdad. A la avidez de conocimiento del lector no se la sacia con el esc\u00e1ndalo sino con la investigaci\u00f3n honesta; no se la aplaca con golpes de efecto sino con la narraci\u00f3n de cada hecho dentro de su contexto y de sus antecedentes. Al lector no se lo distrae con fuegos de artificio o con denuncias estrepitosas que se desvanecen al d\u00eda siguiente, sino que se lo respeta con la informaci\u00f3n precisa. Cada vez que un periodista arroja le\u00f1a en el fuego fatuo del esc\u00e1ndalo est\u00e1 apagando con cenizas el fuego genuino de la informaci\u00f3n. El periodismo no es un circo para exhibirse, ni un tribunal para juzgar, ni una asesor\u00eda para gobernantes ineptos o vacilantes, sino un instrumento de informaci\u00f3n, una herramienta para pensar, para crear, para ayudar al hombre en su eterno combate por una vida m\u00e1s digna y menos injusta.<br \/>\nUno de los m\u00e1s agudos ensayistas norteamericanos, Hayden White, ha establecido que lo \u00fanico que el hombre realmente entiende, lo \u00fanico que de veras conserva en su memoria, son los relatos. White lo dice de modo muy elocuente: &#8220;Podemos no comprender plenamente los sistemas de pensamiento de otra cultura, pero tenemos mucha menos dificultad para entender un relato que procede de otra cultura, por ex\u00f3tica que nos parezca&#8221;. Un relato, seg\u00fan White, siempre se puede traducir &#8220;sin menoscabo esencial&#8221;, a diferencia de lo que pasa con un poema l\u00edrico o con un texto filos\u00f3fico. Narrar tiene la misma ra\u00edz que conocer. Ambos verbos tienen su remoto origen en una palabra del s\u00e1nscrito, gn\u00e2, conocimiento.<br \/>\nEl periodismo naci\u00f3 para contar historias, y parte de ese impulso inicial que era su raz\u00f3n de ser y su fundamento se ha perdido ahora. Dar una noticia y contar una historia no son sentencias tan ajenas como podr\u00eda parecer a primera vista. Por lo contrario: en la mayor\u00eda de los casos, son dos movimientos de una misma sinfon\u00eda. Los primeros grandes narradores fueron, tambi\u00e9n, grandes periodistas. Entendemos mucho mejor c\u00f3mo fue la peste que asol\u00f3 Florencia en 1347 a trav\u00e9s del Decamer\u00f3n de Boccaccio que leyendo todos los documentos de esa \u00e9poca. Y, a la vez, no hay mejor informe sobre la educaci\u00f3n en Inglaterra durante la primera mitad del siglo XIX que la magistral y caudalosa Nicholas Nickleby de Charles Dickens. La lecci\u00f3n de Boccaccio y la de Dickens, como las de Daniel Defoe, Balzac y Proust, pretende algo muy simple: demostrar que la realidad no nos pasa delante de los ojos como una naturaleza muerta sino como un relato, en el que hay di\u00e1logos, enfermedades, amores, adem\u00e1s de estad\u00edsticas y discursos.<br \/>\nNo es por azar que, en Am\u00e9rica Latina, todos, absolutamente todos los grandes escritores fueran alguna vez periodistas: Vallejo, Huidobro, Borges, Garc\u00eda M\u00e1rquez, Fuentes, Onetti, Vargas Llosa, Asturias, Neruda, Paz, Cort\u00e1zar, todos, aun aquellos cuyos nombres no cito. Ese tr\u00e1nsito de una profesi\u00f3n a otra fue posible porque, para los escritores verdaderos, el periodismo nunca es un mero modo de ganarse la vida sino un recurso providencial para ganar la vida. En cada una de sus cr\u00f3nicas, aun en aquellas que nacieron bajo el apremio de las horas de cierre, los maestros de la literatura latinoamericana comprometieron el propio ser tan a fondo como en sus libros decisivos. Sab\u00edan que, si traicionaban la palabra hasta en la m\u00e1s an\u00f3nima de las gacetillas de prensa, estaban traicionando lo mejor de s\u00ed mismos. Un hombre no puede dividirse entre el poeta que busca la expresi\u00f3n justa de nueve a doce de la noche y el redactor indolente que deja caer las palabras sobre las mesas de redacci\u00f3n como si fueran granos de ma\u00edz. El compromiso con la palabra es a tiempo completo, a vida completa. El periodismo no es una camisa que uno se pone encima a la hora de ir al trabajo. Es algo que duerme con nosotros, que respira y ama con nuestras mismas v\u00edsceras y nuestros mismos sentimientos.<br \/>\nLas semillas de lo que hoy se entiende en el mundo entero por nuevo periodismo fueron arrojadas aqu\u00ed, en Am\u00e9rica Latina, hace un siglo exacto. A partir de las lecciones aprendidas en The Sun, el diario que Charles Danah ten\u00eda en Nueva York y que se propon\u00eda presentar, con el mejor lenguaje posible, &#8220;una fotograf\u00eda diaria de las cosas del mundo&#8221;, maestros del idioma castellano como Jos\u00e9 Mart\u00ed, Manuel Guti\u00e9rrez N\u00e1jera y Rub\u00e9n Dar\u00edo se lanzaron a la tarea de retratar la realidad. Dar\u00edo escrib\u00eda en La Naci\u00f3n de Buenos Aires, Guti\u00e9rrez N\u00e1jera en El Nacional de M\u00e9xico, Mart\u00ed en La Naci\u00f3n y en La Opini\u00f3n Nacional de Caracas. Todos obedec\u00edan, en mayor o menor grado, a las consignas de Danah y las que, hacia la misma \u00e9poca, establec\u00eda Joseph Pulitzer: sab\u00edan cu\u00e1ndo un gato en las escaleras de cualquier palacio municipal era m\u00e1s importante que una crisis en los Balcanes y usaban sus asombrosas plumas pensando en el lector antes que en nadie.<br \/>\nSi hace un siglo las leyes del periodismo estaban tan claras, \u00bfpor qu\u00e9 o c\u00f3mo fueron cambiando? \u00bfQu\u00e9 hizo suponer a muchos editores inteligentes que, para enfrentar el avance de la televisi\u00f3n y de Internet, era preciso dar noticias en forma de p\u00edldoras, porque la gente no ten\u00eda tiempo para leerlas? \u00bfPor qu\u00e9 se mutilan noticias que, seg\u00fan los jefes de redacci\u00f3n, interesan s\u00f3lo a una minor\u00eda, olvidando que esas minor\u00edas son, con frecuencia, las mejores difusoras de la calidad de un peri\u00f3dico? Que un diario entero est\u00e9 concebido en forma de p\u00edldoras informativas puede ser no s\u00f3lo aceptable sino tambi\u00e9n asombroso, porque pone en juego, desde el principio al fin, un valor muy claro: es un diario hecho para lectores de paso, para gente que no tiene tiempo de ver siquiera la televisi\u00f3n. Pero el prejuicio de que todos los lectores nunca tienen tiempo me parece tan irrazonable como el prejuicio de que son semi-analfabetos a los que se les debe hablar en un lenguaje elemental de doscientas palabras. Los seres humanos siempre tienen tiempo para enterarse de lo que les interesa. Cuando alguien es testigo casual de un accidente en la calle, o cuando asiste a un espect\u00e1culo deportivo, pocas cosas lee con tanta avidez como el relato de eso que ha visto, o\u00eddo y sentido. Las palabras escritas en los diarios no son una mera rendici\u00f3n de cuentas de lo que sucede en la realidad. Son mucho m\u00e1s. Son la confirmaci\u00f3n de que todo cuanto hemos visto sucedi\u00f3 realmente, y sucedi\u00f3 con un lujo de detalles que nuestros sentidos fueron incapaces de abarcar.<br \/>\nCada vez que las sociedades han cambiado de piel o cada vez que el lenguaje de las sociedades se modifica de manera radical, los primeros s\u00edntomas de esas mudanzas aparecen en el periodismo. Quien lea atentamente la mejor prensa mexicana de los a\u00f1os 90 encontrar\u00e1 los preludios del cambio que sobrevino con la alternancia democr\u00e1tica, as\u00ed como quienes hayan le\u00eddo las grandes cr\u00f3nicas sobre los a\u00f1os de Ronald Reagan habr\u00e1n descubierto las semillas de amapolas en las que fermentaron los mullah Omar y los Osama bin Laden. En el gran periodismo se pueden siempre descubrir los modelos de realidad que se avecinan y que a\u00fan no han sido formulados de manera consciente.<br \/>\nPero el periodista, a la vez, no es polic\u00eda ni censor ni fiscal. El periodista es, ante todo, un testigo: acucioso, tenaz, incorruptible, apasionado por la verdad, pero s\u00f3lo un testigo. Su poder moral reside, justamente, en que se sit\u00faa a distancia de los hechos mostr\u00e1ndolos, revel\u00e1ndolos, denunci\u00e1ndolos, sin aceptar ser parte de los hechos.<br \/>\nResponder a ese desaf\u00edo entra\u00f1a una enorme responsabilidad. Ning\u00fan periodista podr\u00eda cumplir- de veras con esa misi\u00f3n si cada vez, ante la pantalla en blanco de su computadora, no se repitiera: &#8220;Lo que escribo es lo que soy, y si no soy fiel a m\u00ed mismo no puedo ser fiel a quienes me leen&#8221;. S\u00f3lo de esa fidelidad nace la verdad. Y de la verdad, nacen los riesgos de esta profesi\u00f3n.<br \/>\nUn periodista no es un novelista, aunque deber\u00eda tener el mismo talento y la misma gracia para contar de los novelistas mejores. Un buen art\u00edculo no siempre es una rama de la literatura, aunque deber\u00eda tener la misma intensidad de lenguaje y la misma capacidad de seducci\u00f3n de los grandes textos literarios. Y, para ir m\u00e1s lejos a\u00fan y ser m\u00e1s claro de lo que creo haber sido, un buen diario no deber\u00eda estar lleno de grandes relatos bien escritos, porque eso condenar\u00eda a sus lectores a la saturaci\u00f3n y al empalagamiento. Pero si los lectores no encuentran todos los d\u00edas, en los peri\u00f3dicos que leen, una cr\u00f3nica, una sola cr\u00f3nica, que los hipnotice tanto como para que lleguen tarde a sus trabajos o como para que se les queme el pan en la tostadora del desayuno, entonces no tendremos por qu\u00e9 echarles la culpa a la televisi\u00f3n o a Internet de los eventuales fracasos, sino a nuestra propia falta de fe en la inteligencia de los lectores.<br \/>\nA comienzos de los a\u00f1os 60 sol\u00eda decirse que en Am\u00e9rica Latina se le\u00edan pocas novelas porque hab\u00eda una inmensa poblaci\u00f3n analfabeta. A fines de esa misma d\u00e9cada, hasta los analfabetos sab\u00edan de memoria los relatos de narradores como Gabriel Garc\u00eda M\u00e1rquez, Jorge Luis Borges o Julio Cort\u00e1zar por el simple hecho de que esos relatos se parec\u00edan a las historias de sus parientes o de sus amigos. Contar la vida, como quer\u00edan Charles Danah y Jos\u00e9 Mart\u00ed, volver a narrar la realidad con el asombro de quien la observa y la interroga por primera vez: \u00e9sa ha sido siempre la actitud de los mejores periodistas y \u00e9sa ser\u00e1, tambi\u00e9n, el arma con que los lectores del siglo XXI seguir\u00e1n aferrados a sus peri\u00f3dicos de siempre.<br \/>\nEs verdad que, en algunos casos, la brutalidad o la tonter\u00eda del Poder imponen la ret\u00f3rica excluyente del silencio. Para poder hablar despu\u00e9s hay que sobrevivir ahora. Esa fue la desgarradora alternativa que afrontaron los internados de los campos de concentraci\u00f3n, donde quiera existieron esos campos: en Auschwitz, en la isla Dawson, en los chupaderos de Buenos Aires. \u00bfEnfrentarse al Poder con la certeza de la derrota o fingir resignaci\u00f3n ante el Poder para dar luego testimonio de la ignominia? Pero cuando el silencio dura demasiado tiempo, la palabra corre el riesgo de contaminarse, de volverse c\u00f3mplice. Para hablar hace falta valor, y para tener valor hace falta tener valores. Sin valores, m\u00e1s vale callar.<br \/>\nHace casi dos d\u00e9cadas, a medida que se iba reconquistando la democracia en Brasil, Uruguay, Argentina, Chile y Bolivia, algunos periodistas pensaron que deb\u00edan callar los errores de los gobiernos reci\u00e9n elegidos porque la sombra de las dictaduras militares todav\u00eda se alzaba en el horizonte y se\u00f1alar los tropiezos de algo por lo que tanto se hab\u00eda luchado y que era tan fresco a\u00fan, tan inmaduro, equival\u00eda a una traici\u00f3n. Para cuidar la democracia, se pensaba, era preciso disimular sus pasos en falso. Y sin embargo, nada es menos democr\u00e1tico que callar. \u00bfQu\u00e9 sentido tendr\u00eda proteger la democracia priv\u00e1ndola de su raz\u00f3n de ser: la libertad de pensar, de expresar, de saber? \u00bfPara qu\u00e9 querer algo que no nos atrevemos a vivir?<br \/>\nUna de las peores afrentas a la inteligencia humana es que sigamos siendo incapaces de construir una sociedad fundada por igual en la libertad y en la justicia. No me resigno a que se hable de libertad afirmando que para tenerla debemos sacrificar la justicia, ni que se prometa justicia admitiendo que para alcanzarla hay que amordazar la libertad. El hombre, que ha encontrado respuesta para los m\u00e1s complejos enigmas de la naturaleza no puede fracasar ante ese problema de sentido com\u00fan.<br \/>\nTengo plena certeza de que el periodismo que haremos en el siglo XXI ser\u00e1 mejor a\u00fan del que estamos haciendo ahora y, por supuesto, a\u00fan mejor del que nuestros padres fundadores hac\u00edan a fines del siglo XIX. Indagar, investigar, preguntar e informar son los grandes desaf\u00edos de siempre. Ahora mismo est\u00e1 surgiendo en el continente una nueva forma de la literatura que es, a la vez, la misma forma del periodismo de siempre. J\u00f3venes a menudo marginales, criados entre los sicarios de Medell\u00edn, en los cerros de Caracas y en los suburbios de M\u00e9xico, as\u00ed como refinados universitarios de M\u00e9xico, Buenos Aires y San Pablo est\u00e1n interpretando y reescribiendo la voz m\u00e1s honda de sus comunidades y, a la vez, enriqueciendo la literatura con recursos nuevos. La mayor\u00eda de ellos son nombres ignotos, como los del venezolano Jos\u00e9 Roberto Duque o el mexicano Jos\u00e9 Joaqu\u00edn Blanco, nombres municipales con la intensidad de un lenguaje universal y perdurable. Publican libros, escriben en revistas de barrio, y all\u00ed est\u00e1n, refresc\u00e1ndonos la sangre. Siempre he sostenido que, aunque la falta de recursos y los incendios econ\u00f3micos que debemos apagar todos los d\u00edas est\u00e9n frenando nuestro desarrollo en terrenos tan cr\u00edticos como los de la ciencia, la t\u00e9cnica, la investigaci\u00f3n m\u00e9dica y la industrializaci\u00f3n, somos inmensamente ricos en un campo igualmente transformador: el de la escritura, el de la imaginaci\u00f3n, el de la invenci\u00f3n. All\u00ed venimos dialogando de igual a igual con los mejores desde hace varias d\u00e9cadas, y es importante que tomemos conciencia de esa fortaleza antes de que tambi\u00e9n all\u00ed sea demasiado tarde.<br \/>\nPor Tom\u00e1s Eloy Mart\u00ednez<br \/>\nPara LA NACION<br \/>\nLa Naci\u00f3n, suplemento cultura, domingo 18 de noviembre de 2001.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>UNIDAD 6 TEXTO COMPLEMENTARIO \u00bfC\u00f3mo seducir hoy a un lector que, cuando llega a las p\u00e1ginas de un diario, ya ha sido informado por la televisi\u00f3n, por la radio o por Internet? 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