{"id":286,"date":"2008-07-17T22:43:31","date_gmt":"2008-07-17T22:43:31","guid":{"rendered":"http:\/\/fcpolit.unr.edu.ar\/blogs\/programa\/2008\/07\/17\/caribe-magico-gabriel-garcia-marquez\/"},"modified":"2008-07-17T22:43:31","modified_gmt":"2008-07-17T22:43:31","slug":"caribe-magico-gabriel-garcia-marquez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/redaccion1.fcpolit.unr.edu.ar\/programa\/2008\/07\/17\/caribe-magico-gabriel-garcia-marquez\/","title":{"rendered":"Caribe M\u00e1gico &#8211; Gabriel GARC\u00cdA M\u00c1RQUEZ"},"content":{"rendered":"<p><strong>UNIDAD 6<br \/>\nTEXTO COMPLEMENTARIO<\/strong><br \/>\nSurinam \u2013como no todo el mundo lo sabe- es un pa\u00eds independiente sobre el mar Caribe, que fue hasta hace pocos a\u00f1os una colonia holandesa. Tiene 163.820 kil\u00f3metros cuadrados y un poco m\u00e1s de 384.000 habitantes de origen m\u00faltiple: indios de la India, indios locales, indonesios, africanos, chinos y europeos. Su capital, Paramaribo \u2013que en castellano pronunciamos como palabra grave y que los nativos pronuncian como esdr\u00fajula-, es una ciudad fragorosa y triste, con un esp\u00edritu m\u00e1s asi\u00e1tico que americano, en la cual se hablan cuatro idiomas y numerosos dialectos abor\u00edgenes, adem\u00e1s de la lengua oficial \u2013el holand\u00e9s-, y se profesan seis religiones: hinduismo, cat\u00f3lica, musulmana, morava, holandesa reformada y luterana. En la actualidad, el pa\u00eds est\u00e1 gobernado por un r\u00e9gimen de militares j\u00f3venes, de los cuales se sabe muy poco, inclusive en los pa\u00edses vecinos, y nadie se acordar\u00eda de \u00e9l si no fuera porque una vez a la semana es la escala de rutina de un avi\u00f3n holand\u00e9s que vuela de \u00c1msterdam a Caracas.<br \/>\nHab\u00eda o\u00eddo hablar de Surinam desde muy ni\u00f1o, no por Surinam mismo \u2013que entonces se llamaba Guayana Holandesa-, sino porque estaba en los l\u00edmites de la Guayana Francesa, en cuya capital, Cayena, estuvo hasta hace poco la tremenda colonia penal conocida, en la vida y en la muerte, como la Isla del Diablo. Los pocos que lograron fugarse de aquel infierno, que lo mismo pod\u00edan ser criminales b\u00e1rbaros que idealistas pol\u00edticos, se dispersaban por las islas numerosas de las Antillas hasta que consegu\u00edan volver a Europa o se establec\u00edan con la identidad cambiada en Venezuela y la costa caribe de Colombia. El m\u00e1s c\u00e9lebre de todos fue Henri Charrier, autor de Papill\u00f3n, que prosper\u00f3 en Caracas como promotor de restaurantes y otros oficios menos di\u00e1fanos, y que muri\u00f3 hace pocos a\u00f1os en la cresta de una gloria literaria ef\u00edmera, pero tan meritoria como inmerecida. Esa gloria, en realidad, le correspond\u00eda, con mejores t\u00edtulos, a otro fugitivo franc\u00e9s que describi\u00f3 mucho antes que Papill\u00f3n los horrores de la Isla del Diablo, y sin embargo no figura hoy en la literatura de ninguna parte, ni su nombre se encuentra en las enciclopedias. Se llamaba Ren\u00e9 Belbenoir, hab\u00eda sido periodista en Francia antes de ser condenado a cadena perpetua por una causa que ning\u00fan periodista de hoy ha podido recordar, y sigui\u00f3 si\u00e9ndolo en Estados Unidos, donde consigui\u00f3 asilo y donde muri\u00f3 de una vejez honrada.<br \/>\nAlgunos de estos pr\u00f3fugos se refugiaron en el pueblo del Caribe colombiano donde yo nac\u00ed, en los tiempos de la fiebre del banano, cuando los cigarros no se encend\u00edan con f\u00f3sforos, sino con billetes de cinco pesos. Varios se asimilaron a la poblaci\u00f3n y llegaron a ser ciudadanos muy respetables, que se distinguieron siempre por su habla dif\u00edcil y el hermetismo de su pasado. Uno de ellos, Roger Chantal, que hab\u00eda llegado sin m\u00e1s oficio que el de arrancador de muelas sin anestesia, se volvi\u00f3 millonario de la noche a la ma\u00f1ana sin explicaci\u00f3n alguna. Hac\u00eda unas fiestas babil\u00f3nicas \u2013en un pueblo inveros\u00edmil que ten\u00eda muy poco que envidiarle a Babilonia-, se emborrachaba a muerte y gritaba en su feliz agon\u00eda: Je suis l\u2019homme le plus riche du monde. En medio del delirio le aparecieron unas \u00ednfulas de benefactor que nadie le conoc\u00eda hasta entonces, y le regal\u00f3 a la iglesia un santo de yeso de tama\u00f1o natural, que fue entronizado con una parranda de tres d\u00edas. Un martes cualquiera llegaron en el tren de las once tres agentes secretos que fueron de inmediato a su casa. Chantal no estaba all\u00ed, pero los agentes hicieron una requisa minuciosa en presencia de su esposa nativa, que no opuso ninguna resistencia, salvo cuando quisieron abrir el enorme escaparate del dormitorio. Entonces los agentes rompieron los espejos y encontraron m\u00e1s de un mill\u00f3n de d\u00f3lares en billetes falsos escondidos entre el cristal y la madera. Nunca m\u00e1s se supo de Roger Chantal. M\u00e1s tarde circul\u00f3 la leyenda de que el mill\u00f3n de d\u00f3lares falsos hab\u00eda entrado al pa\u00eds dentro del santo de yeso, que ning\u00fan agente de aduana hab\u00eda tenido la curiosidad de registrar.<br \/>\nTodo esto me volvi\u00f3 de golpe a la memoria poco antes de la Navidad de 1957, cuando tuve que hacer una escala de una hora en Paramaribo. El aeropuerto era una pista de tierra aplanada con una caseta de palma, en cuyo horc\u00f3n central hab\u00eda un tel\u00e9fono de aquellos de las pel\u00edculas de vaqueros, con una manivela que se hac\u00eda girar con fuerza y muchas veces hasta obtener la respuesta. El calor era abrasante, y el aire, polvoriento e inm\u00f3vil, ten\u00eda el olor de caim\u00e1n dormido con que se identifica el Caribe cuando uno llega de otro mundo. En un taburete apoyado en el horc\u00f3n del tel\u00e9fono estaba una negra muy bella, joven y maciza, con un turbante de muchos colores como los que usan las mujeres en algunos pa\u00edses del \u00c1frica. Estaba encinta, a punto de dar a luz, y fumaba un tabaco en silencio y como s\u00f3lo he visto hacerlo en el Caribe: con el fuego dentro de la boca y echando humo por el cabo, como una chimenea de buque. Era el \u00fanico ser humano en el aeropuerto.<br \/>\nAl cabo de un cuarto de hora lleg\u00f3 un jeep decr\u00e9pito envuelto en una nube de polvo ardiente, del cual descendi\u00f3 un negro de pantalones cortos y casco de corcho con los papeles para despachar el avi\u00f3n. Mientras atend\u00eda los tr\u00e1mites, hablaba por tel\u00e9fono, dando gritos en holand\u00e9s. Doce horas antes yo estaba en una terraza mar\u00edtima de Lisboa, frente al inmenso oc\u00e9ano portugu\u00e9s, viendo las bandadas de gaviotas que se met\u00edan en las cantinas del puerto huyendo del viento glacial. Europa era entonces una tierra decr\u00e9pita cubierta de nieve, los d\u00edas de luz no ten\u00edan m\u00e1s de cinco horas, y era imposible imaginar que de veras existiera un mundo de sol canicular y guayabas podridas, como aqu\u00e9l donde acab\u00e1bamos de descender. Sin embargo, la \u00fanica imagen que persisti\u00f3 de aquella experiencia, y que a\u00fan conservo intacta, fue la de la hermosa negra impasible, que ten\u00eda en las piernas una canasta con rizomas de jengibre para vend\u00e9rselas a los pasajeros.<br \/>\nAhora, viajando otra vez de Lisboa a Caracas, volv\u00ed a aterrizar en Paramaribo, y mi primera impresi\u00f3n fue que nos hab\u00edamos equivocado de ciudad. La terminal del aeropuerto es ahora un edificio luminoso, con grandes ventanales de vidrio, con un aire acondicionado muy tenue, oloroso a medicinas para ni\u00f1os, y esa m\u00fasica enlatada que se repite sin misericordia en todos los lugares p\u00fablicos del mundo. Hay tiendas de art\u00edculos de lujo sin impuestos, tan abundantes y bien surtidas como en el Jap\u00f3n, y una cafeter\u00eda multitudinaria donde se encuentran revueltas y en ebullici\u00f3n las siete razas del pa\u00eds, sus seis religiones y sus lenguas incontables. Aquel cambio no parec\u00eda de veinte a\u00f1os, sino de varios siglos.<br \/>\nMi profesor, Juan Bosch, autor, entre otras muchas cosas, de una historia monumental del Caribe, dijo alguna vez en privado que nuestro mundo m\u00e1gico es como esas plantas invencibles que renacen debajo del cemento, hasta que lo cuartean y lo desbaratan, y vuelven a florecer en su mismo sitio. Esto lo comprend\u00ed mejor que nunca cuando sal\u00ed por una puerta imprevista del aeropuerto de Paramaribo y encontr\u00e9 una fila de viejas mujeres sentadas imp\u00e1vidas, todas negras, todas con turbantes de colores y todas fumando con la brasa dentro de la boca. Vend\u00edan frutas y artesan\u00eda del lugar, pero ninguna hac\u00eda el menor esfuerzo por convencer a nadie. S\u00f3lo una de ellas, que no era la mayor, vend\u00eda ra\u00edces de jengibre. La reconoc\u00ed al instante. Sin saber por d\u00f3nde empezar ni qu\u00e9 hacer en realidad con aquel hallazgo, le compr\u00e9 un pu\u00f1ado de ra\u00edces. Mientras lo hac\u00eda, recordando su estado de la primera vez, le pregunt\u00e9 sin pre\u00e1mbulos c\u00f3mo estaba su hijo. Ni siquiera me mir\u00f3. \u201cNo es mi hijo, sino hija\u201d, dijo, \u201cy acaba de darme mi primer nieto a los veintid\u00f3s a\u00f1os\u201d.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>UNIDAD 6 TEXTO COMPLEMENTARIO Surinam \u2013como no todo el mundo lo sabe- es un pa\u00eds independiente sobre el mar Caribe, que fue hasta hace pocos a\u00f1os una colonia holandesa. Tiene 163.820 kil\u00f3metros cuadrados y un poco m\u00e1s de 384.000 habitantes de origen m\u00faltiple: indios de la India, indios locales, indonesios, africanos, chinos y europeos. 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