{"id":151,"date":"2008-03-16T11:03:07","date_gmt":"2008-03-16T11:03:07","guid":{"rendered":"http:\/\/fcpolit.unr.edu.ar\/blogs\/programa\/2008\/03\/16\/la-loca-de-la-casa-rosa-montero\/"},"modified":"2008-03-16T11:03:07","modified_gmt":"2008-03-16T11:03:07","slug":"la-loca-de-la-casa-rosa-montero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/redaccion1.fcpolit.unr.edu.ar\/programa\/2008\/03\/16\/la-loca-de-la-casa-rosa-montero\/","title":{"rendered":"La loca de la casa &#8211; Rosa MONTERO"},"content":{"rendered":"<p><strong>UNIDAD 3<\/strong><br \/>\n<strong>TEXTO COMPLEMENTARIO<\/strong> \/ Ir a <a href=\"http:\/\/www.bdp.org.ar\/facultad\/catedras\/comsoc\/redaccion1\/unidades\/2008\/03\/se_oyen_las_musas.php\">Se oyen las musas<\/a><br \/>\n<a href=\"https:\/\/blogs.fcpolit.unr.edu.ar\/programa\/files\/2008\/03\/descarga.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignright size-full wp-image-1273\" src=\"https:\/\/blogs.fcpolit.unr.edu.ar\/programa\/files\/2008\/03\/descarga.jpg\" alt=\"descarga\" width=\"187\" height=\"270\" \/><\/a><br \/>\nEl escritor siempre est\u00e1 escribiendo. En eso consiste en realidad la gracia de ser novelista: en el torrente de palabras que bulle constantemente en el cerebro. He redactado muchos p\u00e1rrafos, innumerables p\u00e1ginas, incontables art\u00edculos, mientras saco a pasear a mis perros, por ejemplo: dentro de mi cabeza voy moviendo las comas, cambiando un verbo por otro, afinando un adjetivo.<br \/>\nEn ocasiones redacto mentalmente la frase perfecta, y a lo peor, si no lo apunto a tiempo, luego se me escapa de la memoria. He refunfu\u00f1ado y me he desesperado much\u00edsimas veces intentando recuperar esas palabras exactas que iluminaron un momento el interior de mi cr\u00e1neo, para luego volver a sumergirse en la oscuridad. Las palabras son como peces abisales que s\u00f3lo te ense\u00f1an un destello de sus escamas entre las aguas negras. Si se desenganchan del anzuelo, lo m\u00e1s probable es que ni puedas volverlas a pescar. Son ma\u00f1osas las palabras, y rebeldes, y huidizas. No les gusta ser domesticadas. Dominar una palabra (convertirla en un t\u00f3pico) es acabar con ella.<br \/>\nPero en el oficio de novelista hay algo a\u00fan mucho m\u00e1s importante que ese tintineo de palabras, y es la imaginaci\u00f3n, las enso\u00f1aciones, esas otras vidas ocultas y fant\u00e1sticas que todos tenemos. Dec\u00eda Faulkner que una novela \u00abes la vida secreta de un escritor, el oscuro hermano gemelo de un hombre\u00bb. Y Sergio Pitol, de quien he tomado la cita de Faulkner (la cultura es un palimpsesto y todos escribimos sobre lo que otros ya han escrito), a\u00f1ade: \u00abUn novelista es un hombre que oye voces, lo cual lo asemeja con un demente\u00bb. Dejando aparte el hecho de que, cuando todos los varones escriben \u00abhombre\u00bb yo he tenido que aprender a leer tambi\u00e9n \u00abmujer\u00bb (esto no es balad\u00ed, y probablemente vuelva sobre ello m\u00e1s adelante), me parece que en realidad esa imaginaci\u00f3n desbridada nos asemeja m\u00e1s a los ni\u00f1os que a los lun\u00e1ticos. Creo que todos los humanos entramos en la existencia sin saber distinguir bien lo real de lo so\u00f1ado; de hecho, la vida infantil es en buena medida imaginaria. El proceso de socializaci\u00f3n, lo que llamamos educar, o madurar, o crecer, consiste precisamente en podar las florescencias fantasiosas, en cerrar las puertas del delirio, en amputar nuestra capacidad para so\u00f1ar despiertos; y ay de aquel que no sepa sella esa fisura con el otro lado, porque probablemente ser\u00e1 considerado un pobre loco.<br \/>\nPues bien, el novelista tiene el privilegio de seguir siendo un ni\u00f1o, de poder ser un loco, de mantener el contacto con lo informe. \u00abEl escritor es un ser que no llega jam\u00e1s a hacerse adulto\u00bb, dice Mart\u00edn Amis en su hermoso libro autobiogr\u00e1fico Experiencia, y \u00e9l debe de saberlo muy bien, porque tiene todo el aspecto de un Peter Pan algo marchito que se niega empe\u00f1osamente a envejecer. Alg\u00fan bien haremos a la sociedad con nuestro crecimiento medio abortado, con nuestra madurez tan inmadura, pues de otro modo no se permitir\u00eda nuestra existencia. Supongo que somos como los bufones de las cortes medievales, aquellos que pueden ver lo que las convenciones niegan y decir lo que las conveniencias callan. Somos, o deber\u00edamos ser, como aquel ni\u00f1o del cuento de Andersen que, al paso de la pomposa cabalgata real, es capaz de gritar que el monarca est\u00e1 desnudo. Lo malo es que luego llega el poder, y el embeleso por el poder, y a menudo lo desbarata y pervierte todo.<br \/>\nEscribir, en fin, es estar habitado por un revoltijo de fantas\u00edas, a veces perezosas como las lentas enso\u00f1aciones de una siesta estival, a veces agitadas y enfebrecidas como el delirio de un loco. La cabeza del novelista marcha por s\u00ed sola; est\u00e1 pose\u00edda por una suerte de compulsi\u00f3n fabuladora, y eso a veces es un don y en otras ocasiones es un castigo. Por ejemplo, a lo mejor lees un d\u00eda en el peri\u00f3dico una noticia atroz sobre ni\u00f1os descuartizados delante de sus padres en Argelia, y no puedes evitar que la maldita fantas\u00eda se te dispare, recreando de manera instant\u00e1nea la horripilante escena hasta en sus detalles m\u00e1s insoportables: los gritos, las salpicaduras, el pegajoso olor, el chasquido de los huesos al quebrarse, la mirada de los verdugos y las v\u00edctimas. O bien, en un nivel mucho m\u00e1s rid\u00edculo pero igualmente molesto, vas a cruzar un r\u00edo de monta\u00f1a por un puente improvisado de troncos y, al plantar el primer pie sobre el madero, tu cabeza te ofrece, de manera s\u00fabita, la secuencia completa de tu ca\u00edda: c\u00f3mo vas a resbalar con el verd\u00edn, c\u00f3mo vas a bracear en el aire patosamente, c\u00f3mo vas a meter un pie en la corriente helada, y despu\u00e9s, para mayor oprobio, tambi\u00e9n el otro pie e incluso las nalgas, porque te vas a caer sentada sobre el arroyo. Y, viola, una vez imaginada la tonter\u00eda con todos sus pormenores (el choque fr\u00edo del agua, el moment\u00e1neo descoloque espacial que produce toda ca\u00edda, la dolorosa torcedura del pie, el escozor del rasp\u00f3n, de la mano contra la piedra), resulta bastante dif\u00edcil no cumplirla. De lo que se deriva, al menos en mi caso, una enojosa tendencia a despanzurrarme en todos los vados de riachuelos y en todas las laderas monta\u00f1osas un poco \u00e1speras.<br \/>\nPero estos sinsabores son compensan con la fabulaci\u00f3n creativa, con las otras vidas que los novelistas vivimos en la intimidad de nuestras cabezas. Jos\u00e9 Peixoto, un joven narrador portugu\u00e9s, ha bautizado estos imaginarios conatos de existencia como los \u00aby si\u00bb. Y tiene raz\u00f3n: la realidad interior se te multiplica y desenfrena en cuanto te apoyas en un \u00aby si\u00bb. Por ejemplo, est\u00e1s haciendo cola ante la ventanilla de un banco cuando, en un momento dado, entra en la oficina una anciana octogenaria, acompa\u00f1ada de un ni\u00f1o de unos diez a\u00f1os. Entonces, sin venir a cuento, tu mente te susurra: \u00bfy si en realidad vinieran a robar la sucursal? \u00bfY si se tratara de una insospechada banda de atracadores compuesta por la abuela y el nieto, porque los padres del chico han muerto y ellos dos est\u00e1n solos en el mundo y no encuentran otra manera de mantenerse? \u00bfY si al llegar a la ventanilla sacaran un arma improvisada (unas tijeras de podar, por ejemplo; o un fumigador de jardines cargado de veneno para pulgones) y exigieran la entrega de todo el dinero? \u00bfY si vivieran en una casita baja que hubiera quedado aislada entre un nudo de autopistas? \u00bfY si quisieran expropiarles y expulsarles de all\u00ed, pero ellos se negaran? \u00bfY si para alcanzar su hogar tuvieran que sortear todos los d\u00edas el galimat\u00edas de carreteras, organizando en ocasiones tremendos accidentes a su paso \u2013conductores que intentan esquivar a la vieja, y que se estampan contra la mediana de hormig\u00f3n\u2013, colosales choques en cadena que la abuela y el ni\u00f1o ni siquiera se detienen a mirar, aunque a sus espaldas estalle un horr\u00edsono estruendo de chatarras? \u00bfY si&#8230;? Y de esta manera vas componiendo r\u00e1pidamente toda la vida de esos dos personajes, esto es, toda una vida, y t\u00fa te vives dentro de esas existencias, eres la vieja peleona pero tambi\u00e9n el nieto que ha tenido que madurar a pescozones; y en los pocos minutos que tardas en llegar a la ventanilla has recorrido a\u00f1os dentro de ti. Luego el cajero te atiende, recoges tus euros, firmas tus papeles y te marchas, y all\u00ed se quedan tan tranquilos la mujer y el ni\u00f1o, ignorantes de los avatares que han vivido.<br \/>\nLo m\u00e1s probable es que la historia se acabe ah\u00ed, que no sea m\u00e1s que eso, una enso\u00f1aci\u00f3n pasajera y onanista, una elucubraci\u00f3n privada que jam\u00e1s rozar\u00e1 la materialidad de la escritura y del papel. Pero algunas de estas fabulaciones casuales acabar\u00e1n apareciendo en una narraci\u00f3n, tal vez a\u00f1os m\u00e1s tarde; normalmente no la peripecia completa, sino un trocito, un detalle, el dibujo germinal de un personaje. Y en raras ocasiones, muy de cuando en cuando, la historia se niega a desaparecer de tu cabeza, empieza a ramificarse y obsesionarte, convirti\u00e9ndose en un cuento o incluso en una novela.<br \/>\nPorque las novelas nacen as\u00ed, a partir de algo \u00ednfimo. Surgen de un peque\u00f1o grumo imaginario que yo denomino el huevecillo. Este corp\u00fasculo primero puede ser una emoci\u00f3n o un rostro entrevisto en una calle. Mi tercera novela, Te tratar\u00e9 como a una reina, brot\u00f3 de una mujer que vi en un bar de Sevilla. Era un local absurdo, barato y triste, con sillas descabaldas y mesas de formica. Detr\u00e1s de la barra, una rubia cercana a los cuarenta serv\u00eda las bebidas a escasos parroquianos; era terriblemente gorda, y sus hermosos ojos verdes estaban abrumados por el peso de unas pesta\u00f1as postizas que parec\u00edan de hierro. Cuando todos estuvimos despachados, la cachalota se quit\u00f3 el guardapolvo pardo que llevaba y dej\u00f3 al descubierto un vestido de fiesta de un tejido sint\u00e9tico azul chill\u00f3n. Sali\u00f3 de detr\u00e1s del mostrador y cruz\u00f3 el local, llameando como el fuego de un soplete dentro de su apretado traje de nylon, hasta sentarse delante de un teclado el\u00e9ctrico, de esos que poseen una caja de ritmos que cuando aprietas un bot\u00f3n hacen chisp\u00fan. Y eso empez\u00f3 a hacer la rubia: chisp\u00fan y cunda-chunda, mientras tocaba y cantaba una canci\u00f3n tras otra, poniendo cara de animadora de hotel de lujo. Pero esa mujer, que ahora parec\u00eda meramente rid\u00edcula, sab\u00eda tocar el piano y en alg\u00fan momento hab\u00eda so\u00f1ado sin duda con otra cosa. Yo hubiera querido preguntarle a la rubia qu\u00e9 hab\u00eda sucedido en su pasado, c\u00f3mo hab\u00eda llegado hasta aquel vestido azul\u00f3n y aquel bar gris\u00e1ceo. Pero, en vez de cometer la groser\u00eda de interrogarla, prefer\u00ed inventarme una novela que me contara su historia.<br \/>\nEsto que acabo de explicar es algo muy com\u00fan; es decir, muchos novelistas se quedan prendidos y prendados de la imagen de una persona a la que apenas si han visto unos instantes. Claro que esa visi\u00f3n puede ser deslumbrante y llena de sentido, aturdidora. Es como si al mirar a la rubia del vestido el\u00e9ctrico vieras mucho m\u00e1s. Carson McCullers llamaba iluminaciones a esos espasmos premonitorios de aquello que a\u00fan no sabes, pero que ya se agolpa en los bordes de tu conciencia. McCullers consideraba que esas visiones eran \u00abcomo un fen\u00f3meno religioso\u00bb. Una de sus \u00faltimas obras, La balada del caf\u00e9 triste, naci\u00f3 tambi\u00e9n de un par de tipos que contempl\u00f3 de pasada en un bar de Brooklyn: \u00abVi una pareja extraordinaria que me fascin\u00f3. Entre los parroquianos hab\u00eda una mujer alta y fuerte como una giganta y, pegado a sus talones, un jorobadito. Los observ\u00e9 una sola vez, pero al cabo de una semana tuve la iluminaci\u00f3n de una novela\u00bb.<br \/>\nEn ocasiones el periodo de gestaci\u00f3n es mucho m\u00e1s largo. Rudyard Kipling cuenta en sus memorias un poco afortunado viaje que hizo a la ciudad de Auckland, en Nueva Zelanda: \u00abEl \u00fanico recuerdo que me llev\u00e9 de aquel lugar fue el rostro y la voz de una mujer que me vendi\u00f3 cerveza en un hotelito. Se qued\u00f3 en el desv\u00e1n de mi memoria hasta que, diez a\u00f1os despu\u00e9s, en un tren local de Ciudad del Cabo, o\u00ed a un suboficial hablar de una mujer en Nueva Zelanda que \u201cnunca se negaba a ayudar a un \u00e1nade cojo ni a aplastar un escorpi\u00f3n con el pie\u201d. Entonces aquellas palabras me dieron la clave del rostro y la voz de la mujer de Auckland, y un cuento titulado Mistress Bathurst se desliz\u00f3 por mi cerebro suave y ordenadamente\u00bb.<br \/>\nOtras veces, cuentos y novelas poseen un origen a\u00fan m\u00e1s enigm\u00e1tico. Por ejemplo, hay narraciones que nacen de una frase que de pronto se enciende dentro de tu cabeza que ni siquiera tengas muy en claro su sentido. Kipling escribi\u00f3 un relato titulado El cautivo que se construy\u00f3 en torno a esta frase: \u00abUna gran parada militar que nos sirva de preparaci\u00f3n para cuando llegue el Apocalipsis\u00bb. Y el estupendo escritor espa\u00f1ol Jos\u00e9 Ovejero llevaba un tiempo bloqueado y sin poder sacar adelante una novela en la que hab\u00eda trabajado durante a\u00f1os cuando, en mitad de un rutinario viaje en avi\u00f3n, y con la intenci\u00f3n de salir del atolladero, se dijo a s\u00ed mismo: \u00abRel\u00e1jate y escribe cualquier cosa\u00bb. E inmediatamente se le ocurri\u00f3 la siguiente frase: \u00ab2001 hab\u00eda sido un mal a\u00f1o para Miki\u00bb. No ten\u00eda idea de qui\u00e9n era Miki ni de por qu\u00e9 hab\u00eda sido un mal a\u00f1o, pero ese peque\u00f1o problema de contenido no lo amilan\u00f3 en absoluto. As\u00ed naci\u00f3 una novela que se redact\u00f3 a s\u00ed misma a toda velocidad en tan s\u00f3lo seis meses y que se titul\u00f3, como es natural, Un mal a\u00f1o para Miki. A veces tengo la sensaci\u00f3n de que el autor es una especie de m\u00e9dium. (&#8230;)<br \/>\nRegresemos as\u00ed a la imaginaci\u00f3n. A esa loca a ratos fascinante y a ratos furiosa que habita en el altillo. Ser novelista es convivir felizmente con la loca de arriba. Es no tener miedo de visitar todos los mundos posibles y algunos imposibles. Tengo otra teor\u00eda (tengo muchas: un resultado de la fren\u00e9tica laboriosidad de mi raz\u00f3n), seg\u00fan la cual los narradores somos seres m\u00e1s disociados o tal vez m\u00e1s conscientes de la disociaci\u00f3n que los dem\u00e1s. Esto es, sabemos que dentro de nosotros somos muchos. Hay profesiones que se avienen mejor que otras a este tipo de car\u00e1cter, como, por ejemplo, ser actor o actriz. O ser esp\u00eda. Pero para m\u00ed no hay nada comparable con ser novelista, porque te permite no s\u00f3lo vivir otras vidas, sino adem\u00e1s invent\u00e1rtelas. \u00abA veces tengo la impresi\u00f3n de que surjo de lo que he escrito como una serpiente surge de su piel\u00bb, dice Vila-Matas en El viaje vertical. La novela es la autorizaci\u00f3n de la esquizofrenia.<br \/>\nUn d\u00eda del pasado mes de noviembre iba conduciendo por Madrid con mi coche; era m\u00e1s o menos a la hora de comer y recuerdo que me dirig\u00eda a un restaurante en donde hab\u00eda quedado con unos amigos. Era uno de esos d\u00edas t\u00edpicos del invierno madrile\u00f1o, fr\u00edos e intensamente luminosos, con el aire limpio y escarchado y un cielo esmaltado de laca azul brillante. Circulaba por Modesto Lafuente o alguna de las calles paralelas, v\u00edas estrechas y con la obligaci\u00f3n de ceder el paso en las esquinas, por lo que no puedes ir a m\u00e1s de cuarenta o cincuenta kil\u00f3metros por hora. As\u00ed, yendo despacio, pas\u00e9 junto a un edificio antiguo de dos o tres plantas en el que jam\u00e1s me hab\u00eda fijado. Sobre la puerta, unas letras met\u00e1licas dec\u00edan: CENTRO DE SALUD MENTAL. Deb\u00eda pertenecer a alg\u00fan organismo p\u00fablico, porque encima hab\u00eda un m\u00e1stil blanco con una bandera espa\u00f1ola que se agitaba al viento. Circulaba por delante de ese lugar, en fin, cuando de pronto, sin yo pretenderlo ni preverlo, una parte de m\u00ed se desgaj\u00f3 y entr\u00f3 en el edificio convertida en un enfermo que ven\u00eda a internarse. Y en un fulminante e intens\u00edsimo instante ese otro yo lo vivi\u00f3 todo: subi\u00f3, es decir, sub\u00ed, los dos o tres escalones de la entrada, con los ojos heridos por el resol de la fachada y escuchando el furioso flamear de la bandera, sonoro, ominoso, y aturdidor; y pas\u00e9 al interior, con el coraz\u00f3n aterido porque sab\u00eda que era para quedarme, dentro todo era penumbra repentina, y un silencio algodonoso e irreal, y olor a lej\u00eda y naftalina, y un golpe de calor insano en las mejillas. Esa peque\u00f1a proyecci\u00f3n de m\u00ed misma se qued\u00f3 all\u00ed, en el Centro de Salud Mental, a mis espaldas, mientras yo segu\u00eda con mi utilitario por la calle camino del almuerzo, pensando en cualquier futilidad, tranquila e impasible tras ese espasmo de visi\u00f3n angustiosa que resbal\u00f3 sobre m\u00ed como una gota de agua. Pero eso s\u00ed, ahora yo s\u00e9 c\u00f3mo es internarse en un centro psiqui\u00e1trico; ahora lo he vivido, y si alg\u00fan d\u00eda tengo que describirlo en un libro, sabr\u00e9 hacerlo, porque una parte de m\u00ed estuvo all\u00ed y quiz\u00e1 a\u00fan lo est\u00e9. Ser novelista consiste exactamente en esto. No creo que pueda ser capaz de explicarlo mejor.<br \/>\nRosa Montero. La loca de la casa. Buenos Aires, Santillana, 2005. Cap\u00edtulo 2; p\u00e1ginas 15-28.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>UNIDAD 3 TEXTO COMPLEMENTARIO \/ Ir a Se oyen las musas El escritor siempre est\u00e1 escribiendo. 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