Escenas sin ellas

Por Agustina Dolce

Una escena cultural rosarina.

El escenario repleto de sacos largos, desgaste erótico, bigotes bien y mal cortados. Birras en las manos levantadas y mucho rock. Al fondo de todo se divisa una figura femenina, escondida detrás del tecladista. Así fue uno de los shows de Sidernova, en un Festival de primavera.

Segunda escena cultural rosarina.

Distrito 7. Un bar repleto de gente, luces de colores, y ocho figuras escuálidas que buscan saltar a la fama combinando melodías. Una cantante y una corista ubicada en el extremo izquierdo al lado del parlante intentan dar su mejor show. “Pero lo único que hacen cuando me bajo del escenario, es decirme que tengo que ser más linda”, dice Panche, la cantante principal de la banda La cola de Nito.

Tercera escena cultural rosarina.

Hasta en la Siberia, hogar de muchos estudiantes que luchan por sus sueños, los eventos musicales corren el riesgo de inclinar la balanza para el sector masculino. Como lo fue aquel realizado el 20 de septiembre, con un line up donde participaban 4 mujeres y no 20, sino 21 varones. Pero por supuesto, “igual el propósito es que haya buenos músicos no importa el género”, justificó Mauro Ontanilla, organizador del festival.

Pero no son sólo tres.

Son 346 escenas culturales musicales que tomaron lugar en Rosario desde el mes de julio hasta diciembre de éste mismo año. De las que han participado 1738 hombres. Y 349 mujeres.

Entre quienes conforman ese 349 existen algunas que integraron el Colectivo de Mujeres Músicas de Rosario. Artistas pioneras que junto con otros colectivos que se fueron agrupando en el año 2018 a lo largo del país, y plantearon lo implanteado. Una ley. Una que velara por la paridad en los escenarios y asegurara el 30% de participación femenina.

Así fue como en el 2019, tras una interminable serie de reuniones, se sancionó la Ley de Cupo. “Nos juntábamos en donde se conseguía, cuerpo a cuerpo, la una para la otra”, recuerda Mercedes Ianello música del Colectivo, ahora mamá de 2 niños que heredaron su talento para tocar guitarra. Todo junto y todo de golpe brotó de las gargantas de las artistas, en donde no sólo se juntaban para denunciar cuán difícil les resultaba encontrar un lugar, sino también aquellas miradas sucias que recibían cuando finalmente podían subirse.

A tres años de la sanción de la ley, ¿quién se encarga de ésta participación? ¿Cuántas mujeres participan en la música hoy en Rosario?

Depende a quién preguntes. Porque si habláras con Mara Litmanovich de pelo corto y mirada afable que trabaja en la Secretaría de Cultura de Rosario como encargada de la programación artística de la ciudad, te responde que muchas que “la Ley de Cupo promulgada en 2020 se cumple y a mucha honra”. Pero, si le preguntás a Marcos Ramos, del mismo sector, especializado en la producción estratégica, se saca sus anteojos bien grandes, frunce el ceño y te dice lo contrario: “Te confesaría en un apelo a la sinceridad que se intenta, pero que desgraciadamente no ocurre”.

Pero si te dirigís hacia personas a quienes el Estado no se les está atrás para que cumplan las normas, te encontrás, por ejemplo, con Fernando Gimenez, quien cuenta que para que haya un buen show, y se pueda cobrar una linda entrada, las polleras cortas y el baile sexy deben estar presentes. Su camisa a cuadros y sonrisa de productor musical privado que gana competencias de rugby, delata qué poco le importa el aporte musical que las mujeres puedan hacer.

En aquel festival de primavera Rosario, realizado el 23 de septiembre, estuvo a su cargo la disposición de los artistas. Tocaron 43 hombres y 9 mujeres. ¿Y en qué condiciones?

Para Juana Piazza, con 18 años que le toca estrenar indicaba: “Me gustaría que alguna vez no me pusieran primera, ¡no hay casi nadie!”. Durante los 10 minutos y 2 temas que le concedieron a Juana, un público de 5 amigas con carteles rosas que ponían su nombre la alentaban a que siguiera cantando. Mientras los ojos de Juani se cristalizaban.

Sin embargo, Abril Borga, una cantante cuya cabellera rubia y conjunto con mucha piel fue premiada por una buena media hora de show. El asistente del planificador de artistas Alvaro Ceballos, detalla sobre el motivo por el cuál Abru se quedó más: “Ella la mueve, tiene un sexappeal que la pusimos más tiempo por eso”.

***

Otra escena cultural.

Bar Kika. Un bar chiquito con pendeviejos de 40. Señoras que tienen pinta de juntarse a jugar al burako los domingos. Y Candela Parnisari en el escenario cantando a pleno pulmón sus temas de confusiones generalizadas.

–¡Qué hermosa estuviste!

–Gracias. ¿Te gustó alguna canción?

–Si, sí. ¿Tenés novio, nena?

Festival en la ciudad a principio de año. Juana Mariani está a punto de salir a tocar. Sigue habiendo nerviosismo a pesar de que desde los 15 sube a cantar. Ahora con 22, sostiene el micrófono con fuerza y espera la señal. Mira a su alrededor, y no las ve, pero las siente. Miradas que se dirigen hacia sus piernas, su busto, y sus labios. Todo el equipo de producción está conformado por hombres. Sonidistas, iluminadores, personal de seguridad, técnicos. Miradores compulsivos de 50 para arriba.

Otra escena cultural.

Una ley que ampara a todas, desde las fueguinas hasta las salteñas.

Un boliche por Oroño. Vanesa Bacceliere y su banda Girda y los del Alba se presentan por quincuagésima vez en la ciudad. Con 10 años de antigüedad en la ciudad de Rosario haciendo cumbia, y con su líder con más de 30 años de trayectoria en el área. Durante el momento de la previa los roles cambian. “Me pasa muchas veces que no se dirigen hacia mí cuando llegamos, ¡sino a mis compañeros!”, reporta Vane. Que muy lejos de querer que la llamen “La princesita” haciendo referencia a Karina, prefiere el término “La dragona”. “Yo quiero que me recuerden poderosa”, pide Vane y agrega: “Es todo lo que necesito”.

Otra escena cultural.

Una ley que ampara a todas.

En la plaza San Martín donde se hacen competencias de freestyle casi todos los viernes. Trini Romero de 17 años llega, con la esperanza de que no le hagan algún comentario sobre sus 153 cm o sobre su físico en general. Ya viene participando en las batallas hace más de un año, y todavía no ganó ninguna. Le gustaría tener alguna compañera para variar. Siempre son más varones

–¡Y tus tetas son limones, las ganas que se me presentan de tocarlas y exprimirlas!

Ese día tocaron los pechos.

Para tal campo de magnitud como lo es la música todo debe estar abocado a un organismo de control. Y ese instituto responsable es el INAMU. El Instituto Nacional de Música, que tiene un registro de todos los músicos del país. Según éste sólo hay 89.900 músicos (tanto hombres como mujeres), de 45 millones de argentinos. Pero la mayoría de las personas no lo conocen. Hasta algunos músicos lo desconocen, por lo que no pueden acceder a los beneficios que trae afiliarse. Algunos de estos son los viáticos, la protección frente a giras. Otra de sus funcionalidades es ser el organismo que recibe las denuncias cuando la Ley de Cupo no se cumple.

“¿Cómo se puede estar contenida, si no se sabe que hay lugares de contención?” refunfuña Majo Clutet. Una abogada música que formó parte junto con Mercedes del Colectivo de mujeres en el 2018.

Otra escena cultural.

Una ley, ¿qué ampara?

Las hermanas Vilaortiz. Jose y Ana, una morocha y otra rubia. Se ponen de acuerdo para declarar que a todo evento musical al que asisten, las bandas conformadas por 6, 7, 8 y hasta 10 varones nunca faltan. Pero para ellas que son 2 personas tocando juntas casualmente no hay lugar.

Otra escena cultural.

Mutu. Se prepara para tocar en el Anfiteatro a las 9 de la noche en los finales de septiembre. Será telonera de Nicki Nicole. Ya sabe que no le van a pagar, porque “todo queda disfrazado de oportunidad” dice Cami Mutuan. Y replica: “Es importante que entiendan que somos artistas, no solamente mujeres”.

Otra escena cultural… y otra, y otra.

 

 

Texto conversacional

Camila Mutuan: “Siempre siento que nos tenemos que exigir un poco más para mostrarle a la gente lo que valemos”.

Camila Mutuan o Mutu como le gusta apodarse a sí misma, es una rapera rosarina de 21 años. Como toda buena rosarina se come las eses. Mutu no sólo ha sido reconocida por referentes en la ciudad como un ejemplo de perseverancia y superación, sino que ha recorrido muchísimos espacios culturales locales y provinciales. Ha sido telonera de shows como el de Trueno y Nicki Nicole. Con su flow de hip hop y su sonrisa gigante Mutu se la pasa creando nuevos beats para cada día escalar más alto.

Pero ha habido más de un porrazo en ese ascenso. Y Cami cuenta que no todo es como parece en el ámbito de fraternidad que pareciera verse desde afuera en el freestyle.

-¿Cómo ves la participación en escenarios entre mujeres y varones?

-Definitivamente no hay igualdad. Por más que haya mucha gente que te diga: “Si, no, ahora les estamos dando espacio”, se pelea mucho. No somos mujeres haciendo rap femenino, sino que somos mujeres haciendo rap. Pero es muy difícil hasta el día de hoy, por más que se esté normalizando todo, poder hacernos un espacio. Y ya yendo a evento una se da cuenta que es vista de otra manera. Y de que cuesta muchísimo más tener el apoyo de una cultura, que siendo hombre.

-Y te has sentido acompañada de los varones en esto de ¿“Che amiga venite a tocar”?

-Con muy pocos. Hay muchos que tienen la pisada fuerte en Rosario, entonces cada vez que tienen su espacio, se lo quedan para ellos, e invitan a su propia gente. Prefieren comerse la torta ellos solos antes que darte una porción. Hay gente que está hace mucho tiempo y como que todavía no quiere soltar eso. No quiere soltar su espacio. Entonces creo que hasta el día de hoy nos falta pelearla muchísimo. Falta pelearla para concientizar a las personas de que somos artistas y no solamente somos mujeres.

-Con respecto a la Municipalidad de Rosario, ¿qué tenes para decirme?

-La Municipalidad, abrimos paréntesis. Yo trabajé muchas veces con ellos, porque fueron los que me hicieron tocar en lugares grandes también. Pero la cosa es que no te valoran como artista. Te valoran en el momento en que te necesitan, pero después te pagan de acá a cuando ellos quieren. Me han hecho esperar hasta 6 meses. Para un pago. Y vos sabés cómo están las cosas acá en Argentina. Que nada vale lo mismo que antes. Me ha pasado mucho ésto de decir “bueno, es una oportunidad” porque a la vez, sabes de que si te hacen tocar en el Anfiteatro, o en los galpones…Todo ese tipo de cosas, está bueno porque te va a escuchar mucha gente pero ¿a qué precio? Estás yendo a trabajar gratis, porque no vas a ver la plata. Como que te chupan la sangre, son peores que los productores.

-¿Y de los productores, qué me podés contar?

-Es cuestión de no confiar en nadie. Porque son una industria. Te ven cómo un producto que le vas a generar plata. Entonces siempre hay que estar pisando con desconfianza. Un loco una vez me ofreció un contrato que tenía de todo y me dijo “mirá, nosotros te vamos a pasar plata pero si ésto no funciona…”. Y ahí ya cuando me dijo “si esto no funciona”, ya fue como ¿pero no era que vos me ibas a dar todas las herramientas? Entonces mi mente hasta ese momento, hasta el día de hoy es: hasta que yo no tenga un grupo atrás mio, que diga “quiero ir a escucharte”, yo no voy a firmar nada, porque no tiene sentido. Estoy vendiendo todo mi recorrido a una persona a la cual sólo le va a importar hasta donde llegué.

-¿Alguna vez recibiste críticas directas hacia tu “performance”?

-Me ha pasado que de repente me digan “sos muy linda para hacer rap” o “tu cara no va con el género que haces” y cosas así. Y una simplemente se está expresando. Hasta el día de hoy sí me chocan ese tipo de comentarios… supongo que a cualquier persona también. Pero sí, creo que todavía estamos muy atrasados como para entender de que no sólo pasa por un género sino simplemente por el poder expresarse, y ser libre para hacer lo que uno quiere.

-¿Sentiste alguna vez que no hayan prestado atención a tu trabajo?

-Me pasó muchísimo, muchísimas veces. En las cuales después me puse a replantear cómo quería subirme vestida al escenario. Y es un bajón pensar esto de “mientras menos muestro, más me van a respetar” porque seguimos cayendo en el mismo pensamiento que los varones básicamente. Yo arriba quiero ir cómoda, y cómoda no significa “algo suelto”, quiero algo que muestre mis tatuajes porque me gustan y me hacen sentir poderosa. Si me pongo un corpiño de malla y un pantalón super ancho ¡yo estoy bien así! O sea, me veo hermosa porque me siento cómoda, no porque muestro más, o porque muestro menos.

-¿Te han hecho comentarios de lo que tenías puesto?

-Definitivamente. Cuando estoy en los escenarios me gusta curtir ropa apretada. Algún top o simplemente una malla en la parte de arriba y abajo algo ancho. Cosas así. Y me ha pasado que no miraban mi arte sino que me miraban físicamente. Y que también con eso yo creo que a las mujeres nos piden un poquito más que a los hombres. Yo cada vez que los veo tocar en algún evento, están vestido con la misma pilcha que siempre y a las mujeres, si nos ven con la misma pilcha ya están cuchicheando. Entonces como que siempre te estás maquinando en querer dar un paso más y querer ser un poquitito más que el resto. Por eso te digo que siempre siento que nos tenemos que exigir un poco más para mostrarle a la gente lo que valemos.

Texto argumentativo

Atrasás chabón

Si por cualquier motivo nos pusiéramos a prestar un poquito de atención. Con una de esas lupas que se usan para ver de cerca. Hacia una escena cultural rosarina, notaríamos dos cosas.

La primera es que si es un día de suerte, y hay una mujer, ella será la cantante principal, y si no, estará al lado del parlante, o cerca del baño.

La segunda, que sería la más probable: el escenario estaría recubierto por hombres. Flacos, altos, gordos, viejos o jóvenes, eso no importa. Pero el sector masculino abundaría.

No importa cuántas propuestas de fomentos, festivales “Girl Power”, publicaciones en redes de amigos aliades, y hasta remeras que digan “¡arriba las mujeres!” haya.

El patriarcado siempre gana. Sólo que se disfrazan. ¿Y cómo es la pregunta? Así es la respuesta. Con horarios desatinados para tocar. Claro que otorgan espacios para tocar. En un festival que dura 8 horas, y donde colocan dentro de las primeras horas a las artistas mujeres. Aprovechan que el primer show, tiene siempre fallas en los sonidos. Ellos convierten a las mujeres en corderitos y las arrojan a los lobos.

O con discursos enmascarados de empatía. “Te invito a ser telonera de un artista más reconocido, que tiene más público para que puedas crecer, y te veas”, es una frase frecuente entre los productores. Pero la traducción de esta es: “No te vamos a pagar nada y nos sirve que de paso seas una mina para que vean que somos inclusivos”.

Con la frase: “Nosotros hacemos rap, no rap femenino”. Muchos escenarios fueron negados para artistas que solo buscaban expresar sus rimas. Y muchos otros fueron negados por los códigos de vestimenta que se esperan. La pollera cortita o el vestido color pastel.

Verdaderamente la cuestión es que se quieren comer la porción de torta ellos solos. Y cuando aparecen espacios, no los comparten. O si. Pero se los reparten entre ellos, que por supuesto son los que “presentan más talento”. Porque qué mejor que un hombre para subirse al escenario, para armarlo, para controlar las luces, el sonido, los cables. Y qué mejor una mujer para estar aplaudiendo. Abajo.

Más que el talento, priman los contactos. Los que dominan y tienen la pisada fuerte son los mismos que hoy niegan la participación en espectáculos al sector femenino.

No hay tantas mujeres en la música. O quizás si las hay, pero el problema es otro. No importan cuantas campañas, agrupaciones, luchas y rangos vocales pidan o griten: la última palabra la tienen ellos.