Por Pilar Montenegro
Tres licenciados en Comunicación Social que vivieron la transición de la represión a la libertad como estudiantes en las aulas universitarias comparten sus recuerdos.
1981, Argentina: ir a la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario, estudiar frente al actual Museo de la Memoria, que era sede del ejército donde los cañones apuntaban a la facultad a la que vos ibas a estudiar; ver al profesor parado en un pedestal dando cátedra y más horas de cátedra; no poder hablar y levantar la mano cada vez que querías decir algo; volver a tu casa rápido, con el corazón en la boca, sin saber si ibas a llegar.
2023, Argentina de nuevo, pero no la misma: ir a la facultad, charlar con tus profesores, expresar tus ideas, debatir y pasar el mate de mano en mano. Una realidad totalmente distinta, pero verdadera también. Como si siempre hubiese sido así, como si la cursada hubiese sido siempre de esta forma, como si no hubiese pasado una dictadura en el medio. Pero la realidad es que si la pasó.
1983, 40 años atrás: Argentina se vuelve un país con democracia. Hace 40 años estudiantes que hoy son profesores en la Escuela de Comunicación Social, transcurrían no solo la formación en una carrera, sino también la transformación de un país con dictadura a uno en democracia. Este fue el caso de Graciela “Gachy” Santone, Mauricio Mayol y María de los Ángeles “Mari” Di Capua, tres licenciados en Comunicación Social que, para estudiar, atravesaron las dificultades de la dictadura cívico militar del ‘76.
Gachy actualmente es docente, periodista, locutora y conductora. Mauricio, por su lado, es profesor titular en la cátedra de Redacción, y Mari es profesora e investigadora. Los tres comparten la docencia y cariño por la carrera de Comunicación Social y su facultad. Los tres comenzaron sus estudios en el ‘81 y se graduaron en el ‘85.
Fue “un periodo muy intenso”, o al menos así lo llamó Gachy. En esa época, Comunicación Social se dictaba en la Facultad de Filosofía y Letras (hoy conocida como la Facultad de Humanidades y Artes) y en la Facultad de Derecho, por lo que además de ser un periodo intenso, sus estudios, dependiendo de la materia, variaron de una sede a otra.
Para estudiar en la facultad era necesario rendir y aprobar un examen de ingreso, cuyos cupos eran muy reducidos. “Creo que los cupos estaban determinados por la prioridad que le daba el gobierno de la dictadura a determinadas carreras. Al área de las ciencias sociales evidentemente no le daban mucho porque nosotros éramos 60”, recuerda Gachy. Mauricio no olvida que a la hora de rendir el examen de ingreso, eran 200 personas en un salón gigantesco, y él tuvo la suerte de quedar seleccionado. Solo 60 de 200; frente a tal número Mari piensa al sistema de cupos como un mecanismo que generaba una gran exclusión. “Todo estaba sujeto a un determinado momento donde podías no estar bien, te podía pasar algo y no entrar. De hecho, me acuerdo de compañeres que eran muy dedicados, que habían estudiado mucho, que sabían mucho y no entraron porque no les fue bien y quedaron fuera; un mecanismo absolutamente injusto”.
Si bien ya estaba llegando el fin de la dictadura, había muchos temas políticos de los que no se podía hablar tan libremente. Sin embargo, Gachy recuerda que tenía profesores que eran “una perla”, un pilar muy importante durante esos años. “Si vos hablabas con ellos te orientaban de otra manera. Te decían: ‘Bueno estaría bueno que lean esto, miren por ese lado’. Había instancias que ya no tenían la ferocidad de los primeros tiempos. Eran profesores que tenían otra cabeza”, recuerda. Mientras tanto, el aula donde Mari cursaba no era muy similar. A ella le daban manuales de sociólogos para estudiar, pero recortados: “Se licuaba prácticamente y se lo maquillaba para que fuera un autor que no dijera nada inconveniente ni que suscitara ningún tipo de cuestionamiento al sistema”. Por eso, ella se informaba desde otros lados ya que creía firmemente que “la carrera era una carrera totalmente vaciada de contenido” y que “había que salir por fuera para aprender más”. A raíz de esto, vivió una discusión con un docente: al estar más informada que el resto de sus compañeros cuestionaba todo lo que podía. En aquella época y para determinados profesores, su comportamiento era considerado una falta de respeto muy grande. “Estuve a punto de reprobar la materia, era muy problemático todo lo que pudiéramos cuestionar o decir”, admite.
Mauricio, por su lado, señala que el temor en las aulas, también se trasladaba a los pasillos.
- ¿No te quedabas después de clase, en los pasillos charlando con tus compañeros?
- ¡No! La organización era muy estricta, no había reuniones en lugares en común, era el horario de clase que vos podías acceder y después te tenías que ir.
Recuerda ir a la facultad, escuchar al profesor desde una tarima dando su clase sin poder preguntar nada, rendir la materia y volver a su casa, ya que “en la primera época uno no se podía quedar ni en la esquina, porque había policías que te sacaban” (y solo eso si es que tenía suerte). En aquella época los pasillos llenos, los estudiantes riendo y pasando horas en la facultad era una realidad inimaginable.
Los tres evocan cómo al finalizar la dictadura, los profesores que resultaron ser simpatizantes fueron obligados a irse de la facultad. Los estudiantes empezaron a escracharlos, y era tal este escrache que no tuvieron otra alternativa más que abandonar la docencia. “Era de boca en boca, era un boicot, más que un escrache”, define Gachy. Recuerdan cómo al salir de clase, veían en el pasillo la imagen de algún profesor acompañado de un “este fue partícipe de la dictadura”, o cómo al correr la noticia a viva voz, su cátedra pasaba a estar completamente vacía. Al reconocer a un profesor como simpatizante de la dictadura, los estudiantes, incluidos ellos tres, comenzaban a hacer comisiones paralelas para dejar la suya sin estudiantes, intervenían sus clases para que no pudiesen darlas o directamente no asistían. Era una cuestión de “hacer cosas públicas para que no se pudiera dar la clase”, agrega Mauricio. Tiempo después pasó a ser un tema institucional, donde los Consejos Directivos elevaban este llamado al Consejo Superior para apartarlos de las aulas. Así, lograron sacar a todos estos profesores de la facultad y volvieron aquellos que estaban exiliados, o comenzaron profesores nuevos. Pero toda la primera parte nació de ellos, de los estudiantes.
Algo que tanto Gachy como Mari no podrán olvidar jamás es cómo en Humanidades era más duro entrar, ya que algunos días que les revisaban el bolso. “En Derecho también solía haber gente revisando”, señala Mari, que también recuerda el día en que, en pleno invierno, volvía a San Lorenzo en colectivo junto a otros compañeros y los paró el Ejército, los obligó a bajar para revisar sus pertenencias. A aquellos estudiantes que llevaban libros los dejaron a un costado de la ruta, los demás lograron subir de nuevo y seguir su viaje, sin saber cuál iba a ser el destino del resto. Mari, claro, quedó abajo del colectivo, ya que llevaba un libro de Karl Marx. En medio del frío de la ruta los militares la llenaron de preguntas: “ ‘¿Qué estudias? ¿Por qué estudias eso? ¿Qué dice este libro?’ Después de que nos preguntaron todo eso, al siguiente colectivo de línea que pasaba nos dejaron subir. Por suerte no me pasó nada, pero sí fue un momento muy tenso”.
Como los tres vivieron momentos que quedaron grabados en sus memorias por lo inquietantes, otros, como el inicio de la democracia, quedaron en sus memorias por lo emocionantes. De un día a otro, Gachy se encontraba entrando a la facultad, viendo “un mar de carteles, donde tenías que ir abriéndote, como una cortina y pasar así, cuando antes era una prohibición”. “Fue un periodo nuevo, salir de una cosa y entrar a otra. Históricamente fue muy fuerte vivir eso”, destaca.
Para Mari el ‘83 fue una celebración total: “En las calles, llenar estadios, que viniera Silvio Rodríguez, que cantara, todo era una fiesta porque estábamos volviendo a vivir. Esa generación, mi generación, que vivió esto, estamos muy marcados. Fuimos los que hicimos el recambio y fuimos esa generación que vivió el inicio de la democracia como una fiesta, porque somos, probablemente, los más cercanos a haberla visto como un horror”.
“Era (en la escuela de) Comunicación el lugar donde uno expresaba la creatividad, la amistad, los vínculos, las reuniones, el vamos a hacer una revista entre todos, vamos a juntarnos. Éramos poquitos, entonces armábamos grupos más solidarios y con mayores vínculos emocionales”, agrega Mauricio. Es por eso que cree que su generación quedó en la facultad, sigue en la facultad al día de hoy, porque ahí no solo se formaron como profesionales, sino también como personas, generando un lazo indestructible. “En las siguientes generaciones ya no pasó lo mismo, porque la gente buscó sus vínculos hacia afuera, porque las comunicaciones variaron, se abrieron un montón de posibilidades, entonces ya cambió. Pero creo que en aquella época nos influenciamos por eso, y decidimos seguir”.
Como Mauricio, Gachy y Mari también se quedaron en la facultad desde el lado del docente, el docente que no tuvieron y les hubiese encantado tener. Hoy, ellos deciden seguir en la facultad, pero del otro lado: eligiendo bajarse del pedestal y dar la clase de una forma más cercana, más amigable, proponiendo conversaciones y clases abiertas con sus estudiantes, creando un lazo con ellos y borrando ese miedo a la hora de hablar con los docentes.
“Por eso a veces uno se pone tan mal cuando piensa que no se valora todo esto y que hay discursos que regresan a esa época, porque veo tantos jóvenes que creen en personas que tienen esos discursos y vos decís: ‘¡Pero cree en tus padres! Te van a contar lo que fue’. Me da mucha pena esa regresión que tenemos en estos días”, aseguró Mari.
Pasaron 40 años y, ahora, el desafío ya no es resistir a la violencia en la institución, no es escrachar a los profesores, sino señalar este tipo de discursos que siguen existiendo, que vuelven; pasaron 40 años y el desafío de Comunicación sigue siendo formar profesionales que puedan señalar dónde están la demagogia, la injusticia y la violencia. Pasaron 40 años y ahora el desafío es que persistan estudiantes al igual que lo hicieron estos docentes, que nunca olvidaron y se esfuerzan día a día por no repetir la misma historia.