{"id":1318,"date":"2017-10-25T17:08:31","date_gmt":"2017-10-25T17:08:31","guid":{"rendered":"http:\/\/fcpolit.unr.edu.ar\/blogs\/redaccion1-reviglio\/?p=1318"},"modified":"2017-10-25T17:08:31","modified_gmt":"2017-10-25T17:08:31","slug":"la-importancia-de-la-entrada-en-la-cronica","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/redaccion1.fcpolit.unr.edu.ar\/comision-reviglio\/2017\/10\/25\/la-importancia-de-la-entrada-en-la-cronica\/","title":{"rendered":"La importancia de la entrada en la cr\u00f3nica"},"content":{"rendered":"<p><em>Selecci\u00f3n realizada por Juli\u00e1n Favre<\/em><\/p>\n<p><strong>Cr\u00f3nica de una muerte anunciada<\/strong> &#8211; Gabriel Garc\u00eda M\u00e1rquez<br \/>\n\u201cEl d\u00eda en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levant\u00f3 a las 5.30 de la ma\u00f1ana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Hab\u00eda so\u00f1ado que atravesaba un bosque de higuerones donde ca\u00eda una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sue\u00f1o, pero al despertar se sinti\u00f3 por completo salpicado de cagada de p\u00e1jaros. \u00abSiempre so\u00f1aba con \u00e1rboles\u00bb, me dijo Pl\u00e1cida Linero, su madre, evocando 27 a\u00f1os despu\u00e9s los pormenores de aquel lunes ingrato. \u00abLa semana anterior hab\u00eda so\u00f1ado que iba solo en un avi\u00f3n de papel de esta\u00f1o que volaba sin tropezar por entre los almendros\u00bb, me dijo.<!--more--><\/p>\n<p>M<strong>emorias del \u00faltimo valiente, Rocky Valdez<\/strong> &#8211; Alberto Salcedo Ramos<br \/>\nGolpear a Benny Briscoe era como golpear un buque acorazado, Rocky. Por mucho que le pegaras, \u00e9l ni siquiera se inmutaba. Iba siempre hacia adelante soltando una trompada detr\u00e1s de la otra, y aunque atacaba con la guardia baja y t\u00fa le conectabas unos mazazos terribles en el rostro, el tipo no retroced\u00eda ni un mil\u00edmetro. Al contrario, segu\u00eda arrincon\u00e1ndote con sus pu\u00f1os incesantes. En el sexto round estabas metido en un tremendo problema: ten\u00edas el ojo izquierdo hinchado y la ceja derecha rota. El m\u00e9dico de la velada ya hab\u00eda proferido el ultim\u00e1tum: si la herida continuaba creciendo ser\u00eda inevitable parar la pelea. De ese modo, perder\u00edas por nocaut t\u00e9cnico.<\/p>\n<p><strong>Los suicidas del fin del mundo<\/strong> &#8211; Leila Guerriero<br \/>\nNo quedan rastros. En el cuarto donde todo sucedi\u00f3 -debajo de la pintura blanca, de los banderines de f\u00fatbol, de los p\u00f3sters de mujeres en bikini-, no quedan rastros de la sangre. Y el cuarto, adem\u00e1s, tiene una cama que ya nadie usa. Y el cuarto, adem\u00e1s, permanece cerrado para siempre.<br \/>\nUn fin de semana con Pablo Escobar &#8211; Juan Jos\u00e9 Hoyos<br \/>\nEra un s\u00e1bado de enero de 1983 y hac\u00eda calor. En el aire se sent\u00eda la humedad de la brisa que ven\u00eda del r\u00edo Magdalena. Alrededor de la casa, situada en el centro de la hacienda, hab\u00eda muchos \u00e1rboles cuyas hojas de color verde oscuro se mov\u00edan con el viento. De pronto, cuando la luz del sol empez\u00f3 a desvanecerse, centenares de aves blancas comenzaron a llegar volando por el cielo azul, y caminando por la tierra oscura, y una tras otra se fueron posando sobre las ramas de los \u00e1rboles como obedeciendo a un designio desconocido. En cosa de unos minutos, los \u00e1rboles estaban atestados de aves de plumas blancas. Por momentos, parec\u00edan copos de nieve que hab\u00edan ca\u00eddo del cielo de forma inveros\u00edmil y repentina en aquel paisaje del tr\u00f3pico. Sentado en una mesa, junto a la piscina, mirando el espect\u00e1culo de las aves que se recog\u00edan a dormir en los \u00e1rboles, estaba el due\u00f1o de la casa y de la hacienda, Pablo Escobar Gaviria, un hombre del que los colombianos jam\u00e1s hab\u00edan o\u00eddo hablar antes de las elecciones de 1982, cuando la aparici\u00f3n de su nombre en las listas de aspirantes al Congreso por el Partido Liberal desat\u00f3 una dura controversia en las filas del Nuevo Liberalismo, movimiento dirigido entonces por Luis Carlos Gal\u00e1n Sarmiento.<\/p>\n<p><strong>La c\u00e1rcel del amor<\/strong> &#8211; Jos\u00e9 Alejandro Casta\u00f1o<br \/>\nAlgunos llaman a este pabell\u00f3n El infierno porque el calor adentro de las celdas sube hasta los cuarenta grados cent\u00edgrados. Es un cobertizo de hormig\u00f3n con cielo raso de tablas. Las camas son literas de cemento que cada prisionera adorna con lo que tiene: paisajes recortados de revistas, guirnaldas de papel, flores de pl\u00e1stico y fotos de hijos que hace a\u00f1os dejaron de ver, de hermanos muertos, de nietos que todav\u00eda no conocen, de madres que esperan. Al fondo de El infierno hay un patio al aire libre. Es una plazoleta cuadrada con arcos de f\u00fatbol que las reclusas usan para extender los bordados que les hacen a sus enamorados del patio antiguo, todos hombres condenados &#8211; igual que ellas &#8211; por asesinato, robo, secuestro, tr\u00e1fico de coca\u00edna, lesiones personales, intento de homicidio. \u00c9sta es una prisi\u00f3n mixta.<\/p>\n<p><strong>Los vecinos de Per\u00f3n<\/strong> &#8211; Osvaldo Soriano<br \/>\nWalter y Francisco sab\u00edan, porque lo aprendieron en una villa de Gran Bourg, que cuando Per\u00f3n estaba en la Argentina, los \u00fanicos privilegiados eran los ni\u00f1os. No imaginaban, claro, que con el regreso del jefe justicialista se convertir\u00edan en los dos primeros chicos con un trabajo que les deja, a cada uno, dos mil pesos diarios. El 20 de junio, cuando Per\u00f3n lleg\u00f3 a su casa de la calle Gaspar Campos, en Vicente L\u00f3pez, ellos dejaron sus cajones de lustrar zapatos y fueron hasta all\u00ed para conocerlo, \u201cpara verlo pasar y saber si es tan bueno\u201d. Todav\u00eda no pudieron acercarse a \u00e9l, pero siguen montando guardia en la esquina de Penna y Gaspar Campos; ahora con sus cajones, con clientela segura entre periodistas y polic\u00edas que velan el lugar d\u00eda y noche. Trabajan despacio y no le sacan la vista de encima a esa casa blanca que de tan iluminada y limpia parece arrancada de un cuento de hadas.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Selecci\u00f3n realizada por Juli\u00e1n Favre Cr\u00f3nica de una muerte anunciada &#8211; Gabriel Garc\u00eda M\u00e1rquez \u201cEl d\u00eda en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levant\u00f3 a las 5.30 de la ma\u00f1ana para esperar el buque en que llegaba el obispo. 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