{"id":372,"date":"2011-08-28T10:17:43","date_gmt":"2011-08-28T10:17:43","guid":{"rendered":"http:\/\/fcpolit.unr.edu.ar\/blogs\/redaccion1-margarit\/2011\/08\/28\/el-placer-de-vagabundear\/"},"modified":"2011-08-28T10:17:43","modified_gmt":"2011-08-28T10:17:43","slug":"el-placer-de-vagabundear","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/redaccion1.fcpolit.unr.edu.ar\/comision-margarit\/2011\/08\/28\/el-placer-de-vagabundear\/","title":{"rendered":"El placer de vagabundear"},"content":{"rendered":"<p><strong>Por Roberto Arlt.\u00a0<\/strong><\/p>\n<p>Edici\u00f3n de Laura Oriato para el proyecto La ciudad como texto<\/p>\n<p>&nbsp;<br \/>\nComienzo por declarar que creo que para vagabundear se necesitan excepcionales condiciones de so\u00f1ador. Ya lo dijo el ilustre Macedonio Fern\u00e1ndez: &#8220;No toda es vigilia la de los ojos abiertos&#8221;.<br \/>\nDigo esto porque hay vagos, y vagos. Entend\u00e1monos: entre el &#8220;crosta&#8221; de botines destartalados, pelambre mugrienta y enjundia con m\u00e1s grasa que un carro de matarife, y el vagabundo bien vestido, so\u00f1ador y esc\u00e9ptico, hay m\u00e1s distancia que entre la Luna y la Tierra. Salvo que ese vagabundo se llame M\u00e1ximo Gorki, o Jack London, o Richepin.<br \/>\nAnte todo, para vagabundear hay que estar por completo despojado de prejuicios, y luego ser un poquit\u00edn esc\u00e9ptico, esc\u00e9ptico como esos perros que tienen mirada de hambre, y que cuando los llaman menean la cola, pero en vez de acercarse se alejan, poniendo entre su cuerpo y la humanidad una considerable distancia.<\/p>\n<p><!--more--><br \/>\nClaro est\u00e1 que nuestra ciudad no es de las m\u00e1s apropiadas para el atorrantismo sentimental, pero \u00a1qu\u00e9 se le va a hacer! Para un ciego, de esos ciegos que tienen las orejas y los ojos bien abiertos in\u00fatilmente, nada hay para ver en Buenos Aires pero, en cambio, \u00a1qu\u00e9 grandes, qu\u00e9 llenas de novedades est\u00e1n las calles de la ciudad para un so\u00f1ador ir\u00f3nico y un poco despierto! \u00a1Cu\u00e1ntos dramas escondidos en las siniestras casas de departamentos! \u00a1Cu\u00e1ntas historias crueles en los semblantes de ciertas mujeres que pasan! \u00a1Cu\u00e1nta canallada en otras caras! Porque hay semblantes que son como el mapa del infierno humano. Ojos que parecen pozos. Miradas que hacen pensar en las lluvias de fuego b\u00edblico. Tontos que son un poema de imbecilidad. Granujas que merecer\u00edan una estatua por buscavidas. Asaltantes que meditan sus trapacer\u00edas detr\u00e1s del cristal turbio, siempre turbio, de una lecher\u00eda.<br \/>\nEl profeta, ante este espect\u00e1culo, se indigna. El soci\u00f3logo construye indigestas teor\u00edas. El papanatas no ve nada y el vagabundo se regocija. Entend\u00e1monos. Se regocija ante la diversidad de tipos humanos. Sobre cada uno se puede construir un mundo. Los que llevan escrito en la frente lo que piensan, como aquellos que son m\u00e1s cerrados que adoquines, muestran su peque\u00f1o secreto&#8230; el secreto que los mueve a trav\u00e9s de la vida como fantoches.<br \/>\nA veces lo inesperado es un hombre que piensa matarse y que lo m\u00e1s gentilmente posible ofrece su suicidio como un espect\u00e1culo admirable y en el cual el precio de la entrada es el terror y el compromiso en la comisar\u00eda seccional. Otras veces lo inesperado es una se\u00f1ora d\u00e1ndose de cachetadas con su vecina, mientras un coro de mocosos se prende de las polleras de las furias y el zapatero de la mitad de cuadra asoma la cabeza a la puerta de su covacha para no perder el plato.<br \/>\nLos extraordinarios encuentros de la calle. Las cosas que se ven. Las palabras que se escuchan. Las tragedias que se llegan a conocer. Y de pronto, la calle, la calle lisa y que parec\u00eda destinada a ser una arteria de tr\u00e1fico con veredas para los hombres y calzada para las bestias y los carros, se convierte en un escaparate, mejor dicho, en un escenario grotesco y espantoso donde, como en los cartones de Goya, los endemoniados, los ahorcados, los embrujados, los enloquecidos, danzan su zarabunda infernal.<br \/>\nPorque, en realidad, \u00bfqu\u00e9 fue Goya, sino un pintor de las calles de Espa\u00f1a? Goya, como pintor de tres arist\u00f3cratas zampatortas, no interesa. Pero Goya, como animador de la canalla de Moncloa, de las brujas de Sierra Divieso, de los bigardos monstruosos, es un genio. Y un genio que da miedo.<br \/>\nY todo eso lo vio vagabundeando por las calles.<br \/>\nLa ciudad desaparece. Parece mentira, pero la ciudad desaparece para convertirse en un emporio infernal. Las tiendas, los letreros luminosos, las casas quintas, todas esas apariencias bonitas y regaladoras de los sentidos, se desvanecen para dejar flotando en el aire agriado las nervaduras del dolor universal. Y del espectador se ahuyenta el af\u00e1n de viajar. M\u00e1s a\u00fan: he llegado a la conclusi\u00f3n de que aquel que no encuentra todo el universo encerrado en las calles de su ciudad, no encontrar\u00e1 una calle original en ninguna de las ciudades del mundo. Y no las encontrar\u00e1, porque el ciego en Buenos Aires es ciego en Madrid o en Calcuta&#8230;<br \/>\nRecuerdo perfectamente que los manuales escolares pintan a los se\u00f1ores o caballeritos que callejean como futuros perdularios, pero yo he aprendido que la escuela m\u00e1s \u00fatil para el entendimiento es la escuela de la calle, escuela agria, que deja en el paladar un placer agridulce, y que ense\u00f1a todo aquello que los libros no dicen jam\u00e1s. Porque, desgraciadamente, los libros los escriben los poetas o los tontos.<br \/>\nSin embargo, a\u00fan pasar\u00e1 mucho tiempo antes que la gente se de cuenta de la utilidad de darse unos ba\u00f1os de multitud y de callejeo. Pero el d\u00eda que lo aprendan ser\u00e1n m\u00e1s sabios, y m\u00e1s perfectos y m\u00e1s indulgentes, sobre todo. S\u00ed, indulgentes. Porque m\u00e1s de una vez he pensado que la magn\u00edfica indulgencia que ha hecho eterno a Jes\u00fas, derivaba de su continua vida en la calle. Y de su comuni\u00f3n con los hombres buenos y malos, y con las mujeres honestas y tambi\u00e9n con las que no lo eran.<br \/>\n<strong>&#8220;Aguafuertes porte\u00f1as&#8221;<\/strong> (2001), p.92, Ed. Losada.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por Roberto Arlt.\u00a0 Edici\u00f3n de Laura Oriato para el proyecto La ciudad como texto &nbsp; Comienzo por declarar que creo que para vagabundear se necesitan excepcionales condiciones de so\u00f1ador. 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