Semiología y urbanismo – Roland Barthes

Fragmentos

Quien quisiera esbozar una semiótica de la ciudad tendría que ser a la vez semiológo (especialista en signos), geógrafo, historiador, urbanista, arquitecto y probablemente psicoanalista. Como es muy evidente que no es éste mi caso —de hecho, no soy ninguna de estas cosas, salvo, y aun apenas, semiólogo—, las reflexiones que voy a presentar ante ustedes son reflexiones de amateur, en el sentido etimológico de la palabra, «amante» de los signos, el que ama los signos, amante de ciudades, el que ama la ciudad. Porque amo la ciudad y los signos. Y este doble amor (que probablemente es un solo amor) me impulsa a creer, quizá con cierta presunción, en la posibilidad de una semiótica de la ciudad.

La ciudad es un discurso, y este discurso es verdaderamente un lenguaje: la ciudad habla a sus habitantes, nosotros hablamos a nuestra ciudad, la ciudad en la que nos encontramos, sólo con habitarla, recorrerla, mirarla. Sin embargo, el problema consiste en hacer surgir del estadio puramente metafórico una expresión como «lenguaje de la ciudad». Es muy fácil hablar metafóricamente del lenguaje de las flores. El verdadero salto científico se dará cuando podamos hablar del lenguaje de la ciudad sin metáforas. Y podemos decir que es exactamente lo que le pasó a Freud cuando fue el primero en hablar del lenguaje de los sueños, vaciando esta expresión de su sentido metafórico para darle un sentido real.

Me limitaré a tres observaciones que no tienen relación directa con la ciudad, pero que podrían ser útiles para orientamos hacia una semiología urbana, en la medida en que hacen un balance rápido de la semiología actual y tienen en cuenta que desde hace algunos años el «paisaje semiológico» no es el mismo.

La primera observación es que el «simbolismo» (que hay que entender como discurso general concerniente a la significación) no se concibe ya actualmente, por lo menos por regla general, como una correspondencia regular entre significantes y significados. Dicho con otros términos, una noción de la semántica que era fundamental hace algunos años se ha vuelto caduca; es la noción de léxico, es decir, un conjunto de listas de significados y de significantes correspondientes.

Personalmente, empleo la palabra «símbolo» referida a una organización significante sintagmática y/o paradigmática, pero no ya semántica: hay que hacer una rotunda distinción entre el valor semántico del símbolo y la naturaleza sintagmática o paradigmática de ese mismo símbolo.

Sería una empresa absurda querer elaborar un léxico de las significaciones de la ciudad poniendo de un lado los barrios, las funciones, y del otro las significaciones, o más bien poniendo de un lado los lugares enunciados como significantes y del otro las funciones enunciadas como significados. La lista de las funciones que pueden asumir los barrios de una ciudad es conocida desde hace tiempo. Se pueden enumerar alrededor de treinta funciones para el barrio de una ciudad (por lo menos, para un barrio del centro de la ciudad, zona que ha sido bien estudiada desde el punto de vista sociológico). Esta lista puede, por supuesto, ser completada, enriquecida, limada, pero no constituirá más que un nivel sumamente elemental para el análisis semiológico, un nivel que probablemente habrá de revisar más adelante, no solamente por el peso y la presión ejercidos por la historia sino porque, precisamente, los significados son como seres míticos, de cierta imprecisión y que en cierto momento se convierten siempre en significantes de otra cosa: los significados pasan, los significantes quedan. La caza del significado no puede, por consiguiente, constituir más que un procedimiento provisional. El papel del significado, cuando se lo llega a aislar, consiste solamente en aportamos una especie de testimonio sobre un estado definido de la distribución significante. Por lo demás, hay que señalar que se atribuye una importancia siempre creciente al significante vacío, al lugar vacío del significado. Dicho en otros términos, los elementos se comprenden como significantes más por su propia posición correlativa que por su contenido. Así, Tokio, que es uno de los complejos urbanos más embrollados que pueden imaginarse desde el punto de vista semántico, posee, sin embargo, una especie de centro. Pero este centro, formado por el palacio imperial y oculto por el follaje, es vivido como un centro vacío. Hablando más generalmente aún, los estudios realizados sobre el núcleo urbano de las diferentes ciudades han mostrado que el punto central del centro de la ciudad (toda ciudad posee un centro), que nosotros llamamos «núcleo sólido», no constituye el punto culminante de ninguna actividad particular, sino una especie de «foco» vacío de la imagen que la comunidad se hace del centro. Vemos en él un lugar en cierta medida vacío, que es necesario para la organización del resto de la ciudad.

La segunda observación es que el simbolismo tiene que definirse esencialmente como el mundo de los significantes, de las correlaciones, y sobre todo de las correlaciones que no se pueden nunca encerrar en una significación plena, en una significación última. . A partir de aquí, desde el punto de vista de la técnica descriptiva, la distribución de los elementos, es decir, de los significantes, agota en cierta manera el descubrimiento semántico. Esto vale para la semántica chomskyana de Katz y Fodor y aun para los análisis de Lévi-Strauss que se fundan en la clarificación de una relación que no es ya una relación analógica sino homológica (lo ha demostrado en su libro sobre el totemismo, que rara vez se cita). De esta manera descubrimos que, cuando se desee hacer la semiología de la ciudad, será necesario probablemente llevar más allá y con mayor minuciosidad la división significante. Para esto, yo apelo a mi experiencia de amateur. Sabemos que en algunas ciudades existen espacios que presentan una especialización muy avanzada de funciones: es el caso, por ejemplo, del souk oriental, donde una calle está reservada exclusivamente a los curtidores y la otra a los orfebres; en Tokio, ciertas partes de un mismo barrio son muy homogéneas desde el punto de vista funcional: prácticamente sólo se encuentran allí bares, snacks o lugares de entretenimiento. Pues bien, será necesario ir más allá de este primer aspecto y no limitar la descripción semántica de la ciudad a esta unidad; habrá que intentar disociar microestructuras de la misma manera en que se pueden aislar pequeños fragmentos oracionales dentro de un período largo; hay que tomar, por consiguiente, la costumbre de hacer un análisis muy desarrollado, que lleve a esas microestructuras, e inversamente habrá que habituarse a un análisis más amplio, que culminará sin duda en las macroestructuras. Todos sabemos que Tokio es una ciudad polinuclear; tiene muchos núcleos alrededor de cinco o seis centros; hay que aprender a diferenciar semánticamente estos centros, que, por lo demás, están señalados por estaciones ferroviarias. Dicho en otros términos, aun en este sector, el mejor modelo para el estudio semántico de la ciudad estará dado, creo, por lo menos al comienzo, por la oración gramatical del discurso. Y encontramos aquí nuevamente la vieja intuición de Víctor Hugo: la ciudad es una escritura; quien se desplaza por la ciudad, es decir, el usuario de la ciudad (que somos todos) es una especie de lector que, según sus obligaciones y sus desplazamientos, aísla fragmentos del enunciado para actualizarlos secretamente. Cuando nos desplazamos por una ciudad, estamos todos en la situación de los 100000 millones de poemas de Quenau, donde puede encontrarse un poema diferente cambiando un solo verso; sin saberlo, cuando estamos en una ciudad somos un poco ese lector de vanguardia.

La tercera observación, finalmente, es que la semiología nunca postula actualmente la existencia de un significado definitivo. Lo cual quiere decir que los significados son siempre significantes para los otros, y al revés. En realidad, en todo complejo cultural, e incluso psicológico, cualquiera que sea, nos encontramos frente a cadenas de metáforas infinitas, cuyo significado está siempre en retirada o se convierte él mismo en significante. Esta estructura comienza a ser explorada, como ustedes saben, en el psicoanálisis por Jacques Lacan, y también en el estudio de la escritura, donde por lo menos se la postula, aunque no se la explote verdaderamente. Si aplicamos estas ideas a la ciudad, nos veremos sin duda obligados a sacar a la luz una dimensión que, debo decirlo, jamás he visto citada, por lo menos claramente, en los estudios y encuestas sobre el urbanismo. A esta dimensión yo la llamaría la dimensión «erótica». El erotismo de la ciudad es la enseñanza que podemos extraer de la naturaleza infinitamente metafórica del discurso urbano. Empleo la palabra «erotismo» en su sentido más amplio: sería ridículo asimilar el erotismo de una ciudad sólo al barrio reservado para esta clase de placeres, porque el concepto de lugar de placer es una de las mistificaciones más tenaces del funcionalismo urbano; es una noción funcional, y no una noción semántica; yo utilizo indiferentemente erotismo o socialidad. La ciudad, esencial y semánticamente, es el lugar de encuentro con el otro, y por esta razón el centro es el punto de reunión de toda ciudad; el centro de la ciudad es instituido ante todo por los jóvenes, por los adolescentes. Cuando estos últimos expresan su imagen de la ciudad, siempre tiene tendencia a concentrar, a condensar el centro; el centro de la ciudad es vivido como lugar de intercambio de las actividades sociales y diría casi de las actividades eróticas en el sentido amplio del término. Mejor todavía; el centro de la ciudad es vivido siempre como el espacio donde actúan y se encuentran fuerzas subversivas, fuerzas de ruptura, fuerzas lúdicas. El juego es un tema frecuentemente subrayado en las encuestas sobre el centro; hay en Francia una serie de encuestas referentes a la atracción ejercida por París sobre su extrarradio, y a través de estas encuestas se observó que París, en cuanto centro para la periferia, era vivido siempre semánticamente como el lugar privilegiado donde está el otro y donde nosotros mismos somos el otro, como el lugar donde se juega. Por el contrario, todo lo que no es el centro es precisamente todo lo que no es espacio lúdico, todo lo que no es la alteridad: la familia, la residencia, la identidad. Naturalmente, sería necesario, sobre todo en lo referente a la ciudad, investigar la cadena metafórica, la cadena que reemplaza a Eros. Hay que investigar particularmente por el lado de las grandes categorías, de los grandes hábitos del hombre, por ejemplo el alimento, las compras, que son verdaderamente actividades eróticas en la sociedad de consumo. Me refiero una vez más al ejemplo de Tokio: las grandes estaciones que son los puntos de referencia de los barrios principales, son también grandes tiendas. Y es seguro que la estación japonesa, la estación-tienda, tiene fundamentalmente una significación única, y que esta significación es erótica: compra o encuentro. Habría que indagar luego las imágenes profundas de los elementos urbanos. Por ejemplo, numerosas encuestas han subrayado la función imaginaria del paseo, que en toda ciudad es vivido como un río, un canal, un agua. Hay una relación entre el camino y el agua, y sabemos bien que las ciudades que ofrecen mayor resistencia a la significación y que por lo demás presentan con frecuencia dificultades de adaptación para sus habitantes son precisamente las ciudades que no tiene costa marítima, plano acuático, sin lago, sin río, sin curso de agua; todas estas ciudades presentan dificultades de vida, de, legibilidad.

Para terminar, quisiera decir solamente esto: en las observaciones que acabo de exponer no abordaré el problema de la metodología. ¿Por qué razón? Porque si se desea emprender una semiología de la ciudad, el mejor enfoque, a mi juicio, como por lo demás para cualquier empresa semántica, será cierta ingenuidad del lector. Tenemos que ser muchos los que intentemos descifrar la ciudad en la cual nos encontramos, partiendo, si es necesario, de una relación personal. Dominando todas estas lecturas de diversas categorías de lectores (porque tenemos una gama completa de lectores, desde el sedentario hasta el forastero), se elaboraría así el lenguaje de la ciudad. Por ello diría que lo más importante no es tanto multiplicar las encuestas o los estudios funcionales de la ciudad, como multiplicar las lecturas de la ciudad, de las cuales, lamentablemente, sólo los escritores nos han dado algunos ejemplos.

A partir de esas lecturas, de esta reconstitución de una lengua o de un código de la ciudad, podríamos orientamos hacia medios de naturaleza más científica: investigación de las unidades, sintaxis, etcétera, pero recordando siempre que nunca hay que tratar de fijar y paralizar los significados de las unidades descubiertas, porque históricamente esos significados son extremadamente imprecisos, recusables e indomables.

Toda ciudad está construida, hecha para nosotros un poco según la imagen del navío Argo, cada una de cuyas piezas no era una pieza original, pero que seguía siendo siempre el navío Argo, es decir, un conjunto de significaciones fácilmente legibles o identificables. En este esfuerzo de aproximación semántica a la ciudad tenemos que intentar comprender el juego de los signos, comprender que cualquier ciudad, no importa cual, es una estructura, pero que no hay que tratar jamás y no hay que querer jamás llenar esa estructura.

Porque la ciudad es un poema, como se ha dicho frecuentemente y Hugo expresó mejor que nadie, pero no es un poema clásico, un poema bien centrado en un tema. Es un poema que despliega el significante, y este despliegue es lo que la semiología de la ciudad debería tratar de aprehender y hacer cantar.

 

Capítulo 3 de La aventura semiológica, Paidós, Barcelona 1993

1967, Conferencia organizada por el Instituto Francés del Instituto de Historia y de Arquitectura de la Universidad de Nápoles, y la revista Op. cit. Reimpreso en L’Architecture d’Aujourd’hui, n. 53, diciembre 1970-enero 1971