Por Mario Margulis*. Edición de Laura Oriato para el proyecto La ciudad como texto
La ciudad como texto
Nuestro punto de partida es, consecuentemente, que desde la perspectiva de la sociología de la cultura, es decir, desde el ámbito de los sistemas significativos, desde el interés por los códigos que hacen posible la comunicación, la interacción, el reconocimiento y la identidad, podemos leer la ciudad como si fuera un texto. Para Roland Barthes “la ciudad es un discurso, y este discurso es verdaderamente un lenguaje: la ciudad habla a sus habitantes” (1). La ciudad no sólo funciona, también comunica (2) y desde este ángulo podemos leer e interpretar en ella las numerosas huellas que va dejando la acción prolongada de sus habitantes, las construcciones de sentido que va imprimiendo la dinámica social, que se manifiestan como una escritura colectiva que es descifrable en sus edificaciones, en sus calles, en la circulación, en los comportamientos. La metáfora “escritura colectiva”, empleada en numerosos casos por la literatura al referirse a la ciudad, indica que ésta puede ser descifrada como si fuera un texto, que contiene en sus estructuras de significación las huellas de los procesos históricos —con su conflictividad y sus disputas— que han dado lugar a su construcción, incluyendo las estrategias urbanísticas, las elecciones estéticas y las decisiones políticas.
A través de la modulación del espacio urbano la ciudad va expresando —en forma material y simbólica— la desigualdad social, la diversidad de los grupos sociales que la habitan y las diferencias y conflictividad que los envuelven. En la ciudad se pueden reconocer las tendencias sociales dominantes en cada momento histórico, y la ciudad de hoy da cuenta, en su evolución, de los cambios tecnológicos recientes y del peso abrumador de las fuerzas del mercado.
Imaginarios de la ciudad diversa
El espacio, las calles, los edificios y el paisaje urbano son significantes. Caminar por la ciudad lleva consigo la posibilidad de recibir e interpretar múltiples mensajes que hablan a sus habitantes, emiten señales e intervienen en los comportamientos. El habitante que tiene competencia cultural para comprender su ciudad puede interpretar, en diversas dimensiones, las señales que ésta contiene y descifrar, en la marea semiológica contenida en el espacio urbano, signos sensibles, estímulos, señales de identidad, prescripciones o prohibiciones que orientan sus prácticas.
La competencia ciudadana indica la capacidad de actuar con eficacia, abrirse camino en el laberinto de signos que la ciudad emite. Es preciso poder descifrar esos signos, hacer una labor de recepción, de lectura y comprensión que permita orientar las acciones. Una performance eficaz obliga a un desciframiento automático de sus múltiples señales, y ello implica poseer, tal vez sin tomar conciencia de ello, un tesoro de saberes.
“Los significados pasan, los significantes quedan”, afirma Roland Barthes, (3) y esta frase podría aludir, en el caso de la ciudad, a la permanencia de los objetos (calles, edificios, monumentos) y al cambio en su significación. Los estudios sobre el lenguaje revelan que las palabras superponen, con el paso del tiempo, nuevos modos de significación. Su uso en otros contextos va imponiendo sentidos renovados a un viejo significante, que no obstante conserva en su intimidad restos de sus antiguos usos: diversas capas de significado ocultas en el espesor de la palabra. En el caso de las ciudades, pueden hallarse situaciones análogas: configuraciones urbanas que han persistido —que han sobrevivido al paso del tiempo y conservado sus rasgos materiales— van adquiriendo, sin embargo, una nueva significación. Partes de la ciudad son decodificadas de modo diferente por las varias generaciones, que les otorgan distinto uso o bien las perciben y vivencian de manera nueva, porque cada nueva generación se socializa con nuevas pautas de percepción y apreciación. Los significantes urbanos son percibidos, usados y apreciados de modos diferentes por los variados grupos que en ella habitan; cada grupo les otorga significaciones no coincidentes y a veces muy distintas, que varían en función de sus códigos culturales de clase, de etnia o de generación. Así, los integrantes de diferentes grupos que habitan la ciudad están relacionados entre sí por variables generacionales, étnicas o tribales y comparten códigos culturales, entre ellos modos de percibir y de apreciar. La misma ciudad, sus calles, casas o paisajes, son percibidos y descodificados de modo disímil: podría afirmarse que cada uno de esos grupos imagina y vivencia una ciudad distinta. Habría entonces, en cierto modo, ciudades paralelas y simultáneas, pero diferentes si se las distingue desde la intimidad de las vivencias de los diversos grupos de habitantes (4). Cada una de las subculturas que conviven en la ciudad posee sus propios dispositivos epistémicos que operan sobre su modo de percibir la ciudad. A veces personas de distintas generaciones o sectores sociales comparten el mismo tiempo y espacio, y transitan por una ciudad que se vuelve subjetivamente múltiple: modos de la realidad que se superponen sin tocarse, en mundos de vida que responden a historias, ritmos, memorias y futuros diferentes.
La ciudad cambia por las acciones que en ella se desarrollan y por la articulación material y simbólica de su tiempo y espacio. La ciudad es distinta entre el día y la noche. La ciudad nocturna es escenario de otros actores, escenarios, movimientos y vivencias. Es el tiempo de los jóvenes, que usan la nocturnidad como ámbito de mayor libertad para la fiesta y la diversión (5). También el tiempo de los trabajadores nocturnos y de escenas menos atractivas en guardias de hospitales, comisarías y velatorios.
El habitante de la ciudad vivencia algunos espacios urbanos de modo diferencial. Hay territorios más cargados de afectividad, recuerdo y memoria. Partes de la ciudad más ligadas con su uso cotidiano y con recuerdos del pasado: el barrio, las calles que se recorren todos los días, o bien otras zonas de la ciudad, menos inmediatas y más indiferentes. Culturas y subculturas se manifiestan en las prácticas, que son su forma activa de expresión en la vida cotidiana.
La ciudad es también, y sobre todo, sus habitantes. La ciudad expresa la cultura compartida por quienes la habitan. No es sólo objetos: edificios, calles, arquitectura; más allá de que éstos van dando cuenta de las características culturales de quienes los habitan, es también el movimiento, los lenguajes, los comportamientos, las vivencias y modos de vivir de sus habitantes. La ciudad se manifiesta, también, en el ritmo que le imprimen los ciudadanos, en sus itinerarios y en los usos de la ciudad. La ciudad se manifiesta, asimismo, en el paisaje humano, en cómo se camina —ritmos, cadencias— en cómo se habla, en los idiomas, acentos y dialectos.
La ciudad es inteligible para sus habitantes, que poseen los códigos que les permiten descifrar y apreciar. Esta inteligibilidad varía según el vínculo que el ciudadano tenga con cada lugar de la ciudad, con la historia y memoria que lo relaciona en forma intelectual y afectiva —desde la emotividad hasta la indiferencia— con cada sitio, calle o barrio. En los habitus (6) incorporados que refieren a la ciudad, en los usos que se hace de ella, en los códigos y en las prácticas influye la historia personal, familiar y barrial, el sitio ocupado en la ciudad y la diferente carga afectiva y cognitiva relacionada con los diferentes lugares. Desde el punto de vista subjetivo, varía el grado de comunicación, de intimidad, la significatividad de cada espacio urbano; de allí la sensibilidad hacia las modificaciones. […] Todo habitante construye marcas simbólicas que definen su espacio personal, que sustraen una parte de la ciudad del anonimato, que la vuelven propia y familiar. Este proceso consiste en la transformación del territorio en lugar, que ocurre en el plano de la subjetividad con la depositación de identidad y de afecto sobre algunos espacios urbanos. (7)
Pero la expropiación de la memoria, el avance irremediable de nuevos paisajes urbanos, de nuevas funciones, flujos y ritmos, no atañe solamente al habitante individual; la ciudad resultante de esas transformaciones particulares es asunto público, concierne a los ciudadanos y a su identidad, porque la ciudad es antes que los edificios y perfiles arquitectónicos —que tienden a igualarse a lo largo del planeta— la depositación de símbolos y de sentidos, de usos y de formas culturales que son creación histórica de sus habitantes. En ese sentido Armando Silva sostiene: “la ciudad aparece como una densa red simbólica en permanente construcción y expansión”. (8)
Se puede intentar la interpretación de la cultura a partir de la ciudad considerada como un texto infinito, un texto compuesto no sólo por la configuración de edificios vehículos y objetos, sino también por sus habitantes en movimiento, sus prácticas e itinerarios, sus acciones y la regulación de las mismas por códigos que no son visibles y evidentes. La ciudad presenta formas de articulación del espacio, de los movimientos, de los ritmos y velocidades, que le son peculiares, y sus habitantes se socializan en esas modalidades del tiempo y del espacio, aprehenden e incorporan estas modulaciones en lo que tienen de general y en lo propio de los espacios específicos, los barrios, las calles. La ciudad es un agente en el proceso de socialización, de incorporación de cultura, y cada individuo que nace y crece en ella se impregna, por canales sutiles, de los ritmos y cadencias, de los modos y modalidades, de los sistemas de reconocimiento y apreciación; aprende lenguajes y dialectos, gestos y signos que construyen la identidad del habitante y de cada miembro de las subculturas urbanas pertenecientes a los múltiples nichos culturales, sociales o espaciales que confluyen en la ciudad.
(1) Roland Barthes, La aventura semiológica, Barcelona, Paidós Comunicación, 1990, p. 260.
(2) “…disfrutamos de la arquitectura como acto de comunicación, sin excluir su funciona lidad”. Umberto Eco, La estructura ausente. Introducción a la semiótica, Barcelona, Lumen, 1972, p. 325.
(3) Barthes, op. cit., p. 262.
(4) “Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y temores, aunque el hilo de su discurrir sea secreto, sus normas absurdas, sus perspectivas engañosas, y cada cosa esconda otra.” Italo Calvino, Las ciudades invisibles, Barcelona, Minotauro, 1990, p. 58.
(5) Cfr. Mario Margulis et al., La cultura de la noche: la vida nocturna de los jóvenes de Buenos Aires, Buenos Aires, Biblos, 1997.
(6) Para Bourdieu, habitus se refiere a un sistema de disposiciones para la práctica, para la acción. Incluye formas de percepción y esquemas para apreciar e interpretar. Habitus sugiere una lógica práctica que define la relación ordinaria con el mundo. (Véase Pierre Bourdieu, Cosas dichas, Barcelona, Gedisa, 1987, pp. 84 y siguientes). También “se podría considerar el habitus de clase (o grupo), es decir el habitus individual en la medida que refleja o expresa el de clase (o grupo) como un sistema subjetivo pero no individual de estructuras interiorizadas, principios comunes de percepción, concepción y acción…”. Bourdieu, El sentido práctico, Madrid, Taurus, 1991, p. 104.
(7) Según Augé “El lugar antropológico, es al mismo tiempo principio de sentido para aquellos que lo habitan y principio de inteligibilidad para aquel que lo observa”. Marc Augé, Los “no lugares”, espacios de anonimato, Barcelona, Gedisa, 1993, p. 58. Para complementar, conviene agregar la siguiente cita del mismo autor y texto: “Si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad, ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar”, p. 83.
(8) Armando Silva, Imaginarios urbanos. Bogotá y São Paulo: Cultura y comunicación urbana en América Latina, Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1994, p. 23. Y este autor agrega: “Lo que hace diferente a una ciudad de otra no es tanto su capacidad arquitectónica, lo cual ha quedado rezagado luego de un urbanismo unificador en avanzada crisis, cuanto más bien los símbolos que sobre ella construyen sus propios moradores. Y el símbolo cambia como cambian las fantasías que una colectividad despliega para hacer suya la urbanización de una ciudad”, p. 23.
*Los párrafos arriba citados son fragmentos del artículo “La ciudad y sus signos” de Mario Margulis (2002). Estudios sociológicos, septiembre-diciembre, año/vol. XX, número 003. El Colegio de México. Distrito Federal México, pp.515-536.
Artículo completo disponible en: http://redalyc.uaemex.mx/src/inicio/ArtPdfRed.jsp?iCve=59806001
Pdf disponible en: http://taller4a.files.wordpress.com/2010/04/margulis_la_ciudad_y_sus_signos_2.pdf