Por María Nottage
¿Cuántas veces se han encontrado, como yo, a horas de la entrega de un trabajo para redacción abandonados a sus ideas por las musas y cerca de un colapso nervioso?.
Y sí, aunque prometamos que la próxima vez será diferente nos re-encontramos en la carrera fatal contra el reloj sin tener la más mínima idea sobre qué o cómo escribir. En cuestión de pocas horas nos vemos obligados a hacer lo que habíamos dejado para mañana, ya que mañana resulta ser irremediablemente hoy y ayer salimos hasta tarde, y la resaca parece haber destruído las pocas neuronas despiertas que nos quedaban y esas musas de las que hablaban los antiguos griegos parecen haberse quedado en algún after hour saboreando cerveza como único desayuno.
Es ahí, en el clímax de la desesperación cuando uno debe buscar la inspiración en los lugares más insólitos y recurrir a toda clase de artilugios para encontrarla. Para ello, queridísimos hermanos del último momento, les presento un instructivo que ha pasado por siglos de generación en generación salvando a miles del trágico aplazo:
“Desde tiempos inmemorables el hombre ha dejado las cosas para último momento (véase esto en las pinturas rupestres inconclusas, las sinfonías no terminadas y eyaculaciones precoces dejando a mas de una hermana con fiebre uterina), lamentablemente reconocemos que esto no cambiará por lo que hemos decidido crear junto a un grupo de eruditos, un texto a modo de instructivo que permita rescatar a los sujetos que por dejar las cosas para pasado mañana se encuentren en apuros.
Dicho esto, es de suma importancia recalcar que no cualquiera tendrá el privilegio de utilizar esta receta milagrosa para redactar un texto aún cuando no se está inspirado. Las personas excesivamente moralistas y responsables deberán abstenerse a usarla ya que no nos responsabilizamos por sus efectos colaterales (crearán una adicción a la irresponsabilidad y a la adrenalina causada por la falta de tiempo). A los jóvenes (nuestros hermanos del último momento) nos vemos obligados a recordarles que su uso presenta un círculo vicioso del cual es imposible despegarse.
Desesperado, a horas de la entrega de un trabajo escrito, siéntese en un lugar cómodo con cantidades industriales de papel, tintero y pluma a su disposición.
Ruegue a los dioses (famosos y no tanto), otorgándoles la responsabilidad de que les envíen palomas mensajeras con bríos de iluminación. En caso de que estos tuviesen cosas más importantes que atender su pedido le recomendamos recurrir a una introspección, a ideas de terceros y textos o frases como disparadores aunque estos representen un tiro al blanco para su Ego. Muchas veces éstas, por más efectivas que parezcan, no resultan; ¡No colapse queridísimo camarada! Nosotros, sus iguales, tenemos otras soluciones.
Es aquí, en el uso de las otras estrategias donde le rogamos que deje de lado todo tipo de valores morales y el sano juicio.
Primero, deberá buscar en sus escritos anteriores ideas, temas y hasta frases enteras de las que hará uso (plagio) por un tiempo hasta que arranque solito.
Una vez que cuente con un grueso acopio de ideas deberá cautelosamente y cual artesano crear un rompecabezas artístico utilizando conectores, toda clase de verbos, adjetivos y pronombres para unir todas las piezas.
Fuera de sus cabales por la desdicha ya lea el texto y realice modificaciones si lo cree necesario, se dejará llevar por la flojera y su condición desesperada; sólo recuerde respetar los tiempos verbales y la gramática para crear un texto coherente; aquí no buscamos la perfección (en caso de buscarla hubiera comenzado antes) sino salvarse del aplazo.
Sin más que decirle, nos despedimos deseándole el mayor de los éxitos. ¡Salud!.”