{"id":444,"date":"2009-10-20T10:30:43","date_gmt":"2009-10-20T10:30:43","guid":{"rendered":"http:\/\/fcpolit.unr.edu.ar\/blogs\/redaccion1-arrabal\/2009\/10\/20\/el-periodismo-vuleve-a-contar-historias\/"},"modified":"2009-10-20T10:30:43","modified_gmt":"2009-10-20T10:30:43","slug":"el-periodismo-vuleve-a-contar-historias","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/redaccion1.fcpolit.unr.edu.ar\/comision-arrabal\/2009\/10\/20\/el-periodismo-vuleve-a-contar-historias\/","title":{"rendered":"El periodismo vuleve a contar historias"},"content":{"rendered":"<p><img decoding=\"async\" alt=\"non%20fiction.jpg\" src=\"http:\/\/www.bdp.org.ar\/facultad\/catedras\/comsoc\/redaccion1\/arrabal\/non%20fiction.jpg\" width=\"124\" \/><br \/>\nDejamos algunos links para que puedan leer textos del g\u00e9nero &#8220;no ficci\u00f3n&#8221; y observar las caracter\u00edsticas expicadas en la clase. Para entender un poco m\u00e1s de qu\u00e9 se trata, ver el texto de Tomas Eloy Mart\u00ednez <a href=\"http:\/\/www.bdp.org.ar\/facultad\/catedras\/comsoc\/redaccion1\/unidades\/2008\/07\/el_periodismo_vuelve_a_contar.php\">&#8220;El periodismo vuelve a contar historias&#8221;.<\/a><\/p>\n<p><!--more--><br \/>\n<strong>Lecturas<\/strong><br \/>\n<a href=\"http:\/\/www.bdp.org.ar\/facultad\/catedras\/comsoc\/redaccion1\/unidades\/2008\/07\/dias_de_feria_daniel_briguet.php\">D\u00edas de Feria (Daniel Briguet)<\/a><br \/>\n<a href=\"http:\/\/lemebel.blogspot.com\/2005\/11\/la-muerte-de-madonna.html\">La muerte de Madonna, (Pedro Lemebel)<\/a><br \/>\n-Una granada para River Plate (Juan Pablo Meneses)<br \/>\n-Kishinau (Mart\u00edn Caparr\u00f3s)<br \/>\n<strong>Una granada para River Plate. Juan Pablo Meneses<\/strong><br \/>\nEl Polaco aparece mostrando su chapluma, como le dice cari\u00f1osamente a su cuchilla. Est\u00e1 rodeado de cinco barristas que lo siguen como alumnos. Sin aviso previo, el Polaco deja a todos boquiabiertos con su buen manejo de navaja: en un minuto destornilla los cuatro pernos que sujetan el tablero donde va la luz de lectura y la salida de aire correspondiente a los asientos 31 y 32. Ante la mirada desconcertada (y cobarde, seg\u00fan \u00e9l) de quienes por primera vez viajamos con la barra, el Polaco desmonta el armaz\u00f3n del techo hasta dejar todo a la vista. Todo, en este caso, se refiere a un conjunto de cables internos que com\u00fanmente permanecen escondidos a los pasajeros. Ocultos y relegados, como muchos barristas dicen sentirse frente a la sociedad.<br \/>\n\u2014Antes de esconderla hay que envolverla en algo&#8230; Necesitamos un gorro \u2014dice el Polaco, y uno de sus secuaces le quita la gorra a un barrista primerizo.<br \/>\n\u2014Aqu\u00ed hay que ayudar, compadre \u2014es la frase que refriegan en la cara de un muchacho que, t\u00edmidamente, ve c\u00f3mo su prenda azul se pierde entre tantas manos veintea\u00f1eras.<br \/>\nEl Polaco envuelve cuidadosamente la granada en el sombrerito que luce una \u00abU\u00bb. S\u00ed, una granada. Un explosivo de combate. Ac\u00e1 adentro llevamos una bomba en miniatura. Se trata de una munici\u00f3n real que, seg\u00fan se comenta dentro del autob\u00fas, alguien rob\u00f3 a los milicos mientras hac\u00eda el servicio militar.<br \/>\n\u2014Estas son s\u00faper f\u00e1ciles de lanzar. Hay que apretar este gancho, sacarle el seguro con los dientes y lanzarla \u2014agrega tranquilamente uno de los barristas expertos, mientras el miedo paraliza a aquellos hinchas que dejaron en Santiago a sus padres, a sus novias, a los amigos del barrio, a los hermanos menores, a la foto del equipo colgada en la pared, al bander\u00edn del \u00faltimo campeonato clavado en la puerta, y a la colecci\u00f3n de entradas a los partidos en el caj\u00f3n del velador. Todo en casa, en un hogar cada vez m\u00e1s lejano. Todo para salir por primera vez fuera del pa\u00eds con la hinchada de los amores. Todo por el equipo.<br \/>\nEl Polaco amarra el gorro-explosivo dentro de los cables, lo oculta con la destreza de un aventajado carterista y vuelve a atornillar el tablero. No quedan rastros de que sobre la luz de los asientos 31 y 32 va una bomba.<br \/>\n\u2014Ni cagando nos cachan en la aduana \u2014dice, guardando la chapluma en un bolsillo oculto.<br \/>\nPero la tranquilidad no tiene ganas de regresar a este veh\u00edculo de la empresa Chilebus, que ahora avanza repleto de hinchas de f\u00fatbol. Cuando todos pensamos que lo peor ha pasado, salta una pregunta que vuelve a congelar a los novatos:<br \/>\n\u2014\u00bfQui\u00e9n de ustedes la va a lanzar?<br \/>\nLa consulta, que es adrenalina pura lanzada a la cara, la suelta uno de los jefes de quienes vamos aqu\u00ed arriba. Cada bus tiene sus encargados que nos dicen qu\u00e9 hacer y luego informan de todo a la c\u00fapula de la barra. Y sigue:<br \/>\n\u2014Ahora vamos a ver qui\u00e9n es el m\u00e1s guapo, qui\u00e9n es valiente de verdad, vamos a ver qui\u00e9n tiene los huevos para entrar la granada al estadio y lanzarla. \u00bfO acaso en la barra hay puras mamas?<br \/>\nPor suerte, la decisi\u00f3n de qui\u00e9n arrojar\u00e1 el explosivo militar queda inconclusa. Al primer llamado no hay voluntarios. Por ahora, la orden consiste en celebrar que la artiller\u00eda liviana ha quedado bien guardada. Al grupo llega una botella de pisco que anda girando de mano en mano, y de atr\u00e1s le sigue una caja de vino tinto y unas piteaditas de marihuana. En cosa de minutos todo ha vuelto a la normalidad. El autob\u00fas que nos lleva a Buenos Aires retoma su funci\u00f3n de transporte de barristas: se entonan los gritos contra las gallinas de River Plate, las bromas por el tipo que no quiere pasar la caja de vino o por el que se pega el porro a los dedos. Casi todos terminamos gritando los c\u00e1nticos de apoyo al equipo. El San Mart\u00edn es uno de los jefes del bus: tose raspado, usa lentes oscuros, camina chocando hombros, tiene marcas en las manos y demasiadas joyas para las circunstancias. \u00c9l, con un tono paternal, aunque de padre golpeador, nos aclara que vamos a la guerra.<br \/>\n\u2014Y si es necesario morir en Argentina por el equipo, no queda otra. Ning\u00fan huev\u00f3n puede arrugar. Tenemos que estar muy unidos.<br \/>\nAlguien va hasta la parte delantera del bus y con el permiso del chofer pone una cinta de Rage Against The Machine, la banda estadounidense que por un momento se toma el poder dentro del Chilebus. Un barrista con la foto del Che estampada en la camiseta, comienza a mover la cabeza al ritmo del baterista yanqui. Por las ventanas del bus corre la periferia de Santiago, las canchas de tierra, los ni\u00f1os en las esquinas y los perros vagabundos aplastados por el sol. Adentro, la m\u00fasica acelera y retumba y acompa\u00f1a cuando las botellas pasan, una tras otra, como si ac\u00e1 adentro el vino y el pisco tambi\u00e9n se multiplicaran en esta \u00faltima cena. Vamos de viaje, vamos a ver un partido de f\u00fatbol, vamos rumbo a Buenos Aires con una granada a pocos cent\u00edmetros de la cabeza.<br \/>\nEl tema del explosivo es como todo trauma: a ratos se olvida, pero siempre vuelve a aparecer. JG, el fot\u00f3grafo que viene conmigo, me mira con ojos igualmente inyectados y me susurra:<br \/>\n\u2014Si se enteran que andamos haciendo un reportaje nos matan.<br \/>\nNuestro bus es el n\u00famero tres, de los once que esta ma\u00f1ana salieron desde la sede de la Corporaci\u00f3n de F\u00fatbol de la Universidad de Chile, como se llama oficialmente la \u00abU\u00bb. No somos el veh\u00edculo de los peces gordos, de los cabecillas de la hinchada, pero tampoco estamos al final de la caravana, donde viajan los m\u00e1s inexpertos, los con menos historial.<br \/>\nVamos a la capital argentina para alentar al equipo en su partido por las semifinales de la Copa Libertadores de Am\u00e9rica. Vamos a ganarle a las gallinas de River Plate, y en su estadio.<br \/>\n\u2014\u00a1Vamos a morir! \u2014grita alguien que luego lanza un escupitajo al suelo del autob\u00fas.<br \/>\nViajamos con Los de Abajo, la hinchada m\u00e1s brava del pa\u00eds.<br \/>\nEn el partido de ida, jugado en Santiago de Chile, un peque\u00f1o y sobredimensionado incidente entre unos pocos hinchas de River Plate y la polic\u00eda local encendi\u00f3 la mecha. La prensa deportiva ha inflado el altercado hasta convertirlo en un esc\u00e1ndalo gigantesco, chauvinista, y digno de que intervengan ambas canciller\u00edas. Por lo mismo es que todos los peri\u00f3dicos chilenos nos anuncian que en Buenos Aires, s\u00ed o s\u00ed, nos espera un infierno.<br \/>\nDentro del bus vamos 38 hombres, dos mujeres y dos l\u00e1pices: el de JG y el m\u00edo. Por un momento temo que aquel detalle nos deje en evidencia. Nos salva la premura de escribir las papeletas de aduana, y el asunto se pasa por alto.<br \/>\n\u2014Para salir del pa\u00eds tienen que llenar estas papeletas de la aduana \u2014hab\u00eda dicho el auxiliar del autob\u00fas, a quien todos los pasajeros hemos comenzado a llamar el T\u00edo.<br \/>\nMedia hora antes de llegar a Los Libertadores, el principal paso fronterizo terrestre hacia Argentina, el T\u00edo reparti\u00f3 las fichas de inmigraci\u00f3n. Llenar las cuarenta papeletas, entre bromas y consultas repetidas hasta el hartazgo y con apenas dos l\u00e1pices, terminan por descontrolar al T\u00edo. Se ve molesto, aburrido, y aunque su corbata y su gorra de la empresa Chilebus lo disfrazan de gentil auxiliar de viaje, sus modales bruscos, su mala cara y su disposici\u00f3n de perro son las se\u00f1a\u00acles f\u00edsicas de una crisis interna: parece que por primera vez piensa seriamente en la idea de renunciar al trabajo de toda su vida.<br \/>\nApenas llevamos tres horas de un viaje que, por lo menos, durar\u00e1 sesenta. El tr\u00e1mite en el lado chileno es r\u00e1pido. Un par de turistas que viajan en autom\u00f3vil se toman fotograf\u00edas con los hinchas de camisetas azules. El chequeo de los once buses dura poco m\u00e1s de una hora y no est\u00e1 libre de problemas. S\u00f3lo de nuestro bus hay tres personas que no pueden seguir la traves\u00eda: uno por tener su documento de identidad vencido, otro por andar sin ninguna identificaci\u00f3n y el San Mart\u00edn, nuestro l\u00edder, por tener lo que todos llaman papeles sucios, y que en resumidas cuentas quiere decir problemas judiciales pendientes y orden de arraigo.<br \/>\nCruzamos el t\u00fanel que separa ambos pa\u00edses. Justo cuando por la ventana pasa un cartel que dice \u00abBienvenido a Argentina\u00bb, uno tiene la extra\u00f1a sensaci\u00f3n de estar en un viaje cuya idea de regreso es demasiado fr\u00e1gil.<br \/>\n\u2014Nos fuimos \u2014me dice JG, en voz baja, y antes de terminar la frase nos llega a las manos un cigarro de hierba que dura hasta que terminamos el cruce.<br \/>\nEn el lado argentino la cosa cambia de inmediato. El trato infernal con que majaderamente nos hab\u00eda amenazado la prensa deportiva, se empieza a vivir de manera real.<br \/>\n\u2014Los polic\u00edas de all\u00e1 son malos de verdad, se van a dar cuenta. All\u00e1 la dictadura mat\u00f3 a 30 mil argentinos, much\u00edsimos m\u00e1s que Pinochet \u2014me hab\u00eda advertido un amigo antes del viaje.<br \/>\nEl tr\u00e1mite en la aduana trasandina ya dura cinco horas. Por lo general, en un viaje de itinerario, el chequeo rara vez supera los 30 minutos. Comienzan a correr versiones. Alguien dice que los perros sabuesos han detectado un cargamento de marihuana. Lejos de aquellos rumores, s\u00f3lo pienso en la granada de mi bus (que s\u00ed vi y casi toqu\u00e9) y que, afortunadamente, ya ha pasado la revisi\u00f3n. Eso me alivia. El Polaco no nos defraud\u00f3 con su maniobra, por eso todos le palmoteamos el hombro mientras se pasea risue\u00f1o pidiendo que le regalen un cigarrillo.<br \/>\nLa orden de los gendarmes argentinos es que no se mueve ning\u00fan bus de la caravana hasta que no hayan revisado a todos los veh\u00edculos. En un momento de la detenci\u00f3n aduanera, un grupo de barristas entona la canci\u00f3n nacional de Chile. En los m\u00e1stiles del galp\u00f3n y por las ventanillas de las oficinas s\u00f3lo se ven banderas argentinas o afiches de Menem con banda presidencial. Acabamos de terminar la primera estrofa, cantada a todo pulm\u00f3n como protesta al trato de los polic\u00edas cuando, desde una oficina blindada, aparece un gendarme de bigote a lo Videla. Lleva una metralleta bajo el brazo.<br \/>\n\u2014\u00a1Aqu\u00ed nadie grita, carajo! \u2014grita.<br \/>\nEmpieza a oscurecer y algunos transe\u00fantes mendocinos nos saludan gentilmente levantando el dedo medio, o llev\u00e1ndose las manos a la entrepierna, o pas\u00e1ndose el dedo \u00edndice por el cuello. Hay que estar preparado para aguantar un viaje donde todo lo que nos rodea es violento. Para algunos, el rechazo general que nos recibe en cada parada es una experiencia nueva. Para otros, la mayor\u00eda, es la rutina que los sigue desde ni\u00f1os y la que mejor los orienta.<br \/>\nDurante la detenci\u00f3n en las afueras de Mendoza, el nuevo l\u00edder de nuestro bus pasa la gorra para \u00abhacer unas monedas\u00bb, como dice amablemente, aunque no cabe duda de que no es un pedido, sino una orden. El resto de los pasajeros estamos casi obligados a vaciar los bolsillos en la alcanc\u00eda de g\u00e9nero. Con el monto recaudado, los cabecillas del veh\u00edculo desaparecen. Regresan 40 minutos m\u00e1s tarde con un cargamento de cajas de vino y cervezas para la ruta. Pasada la medianoche y con m\u00e1s de 14 horas de viaje, la caravana retoma la ruta a Buenos Aires.<br \/>\nUn grupo de patrullas policiales, con sirenas encendidas y gendarmes con medio cuerpo saliendo por la ventana, nos acompa\u00f1a hasta el l\u00edmite territorial de la ciudad. Adentro hay brindis, gritos, m\u00fasica y humo. Afuera, s\u00f3lo malas caras y rifles apuntando hacia nuestras cabezas.<br \/>\nLa noche trae la calma. Dentro del autob\u00fas, rebautizado por el grupo como la casa, se olvida el fr\u00edo con chaquetas de jean, vino mendocino en caja, cervezas, marihuana, chocolates y cigarrillos. Por el televisor del Chilebus pasan J\u00f3venes pistoleros 1 y 2, y las protestas contra la calidad de las pel\u00edculas elegidas s\u00f3lo se acallan cuando aparecen las escenas de peleas a cuchillo.<br \/>\nAlgunos, los de los asientos m\u00e1s cercanos al chofer, ya est\u00e1n durmiendo. Otros han decidido ponerse los aud\u00edfonos de su walkman y apoyar la cabeza en la ventana y mirar las l\u00edneas blancas de la carretera, pensando en lo que nos espera o en lo que hemos vivido hasta el momento, o en la repetida agresividad policial, o en que todos nos ven como un peligro p\u00fablico, o en la m\u00fasica que ahora retumba en los o\u00eddos, o en las estrellas gigantes que cuelgan del cielo pampino, o en el gorro de lana azul regalo de la novia, o en lo mucho que abriga la camiseta del equipo debajo de la chaqueta.<br \/>\nEl T\u00edo se aparece en los \u00faltimos asientos de nuestra casa con una almohada bajo el brazo, algodones en los o\u00eddos y una cara de cansancio que, f\u00e1cilmente, podr\u00eda pasar las semifinales de un campeonato sudamericano de caras cansadas.<br \/>\nDe pronto, como si se tratase de un pasadizo secreto, el T\u00edo abre una cajuela invisible al lado del ba\u00f1o y se mete adentro, doblado como un feto, listo para dormirse. Apenas habla y se le nota molesto. Nadie sabe si est\u00e1 ofuscado porque el de ahora no es su t\u00edpico viaje de itinerario a Buenos Aires o, porque todo el a\u00f1o, da lo mismo si es invierno o verano, su lugar para dormir siempre es aquella estrecha y met\u00e1lica caja f\u00fanebre que lo mata en vida.<br \/>\n\u2014Mi hermano est\u00e1 en Buenos Aires. Hace a\u00f1os que el culiao vive all\u00e1 \u2014dice el Polaco, en una peque\u00f1a tertulia que se ha formado junto al ba\u00f1o. Y agrega\u2014. El culiao es ladr\u00f3n internacional, cach\u00e1i. Le va grosso.<br \/>\nY aparece otro que suelta:<br \/>\n\u2014Puta la hue\u00e1, yo tengo una t\u00eda en Buenos Aires y no tra\u00acje la direcci\u00f3n. Creo que trabaja en la casa de unos millona\u00acrios \u2014y se empina la botella de vino en caja.<br \/>\n\u2014Ma\u00f1ana tenemos que ganar, culiaos \u2014cambia de tema Jorge, un empleado de imprenta que ha pedido permiso la\u00acboral por dos d\u00edas\u2014. Primera vez que tenemos la final tan cerca.<br \/>\nY aparecen los primeros pron\u00f3sticos.<br \/>\n\u2014Vamos a ganar dos a cero. Un gol de Marcelito Salas y otro del Huevo Valencia \u2014dice el Citroneta, un estudiante de biolog\u00eda de la Universidad de Valpara\u00edso que, de tan inocen\u00acte, est\u00e1 ac\u00e1 arriba jugando al chico malo.<br \/>\nJorge, el de la imprenta, tiene m\u00e1s de 30 a\u00f1os, igual que el amigo que lo acompa\u00f1a. Y dice:<br \/>\n\u2014Qu\u00e9 incre\u00edble, ahora podemos llegar a la final de la Libertadores, pero me acuerdo de los a\u00f1os malos de la \u00abU\u00bb. Cuando uno iba al estadio sabiendo que \u00edbamos a perder. Chuchatumadre, fueron a\u00f1os de a\u00f1os. Cuando bajamos a se\u00acgunda divisi\u00f3n siempre se hac\u00edan viajes as\u00ed. Pero no iba tan\u00acto huevonaje. Eso nunca lo van a vivir. Ahora es f\u00e1cil para ustedes, porque el equipo gana.<br \/>\nEl veh\u00edculo se bambolea suavemente de un lado a otro, pe\u00acro con el vino y la marihuana todo parece moverse mucho m\u00e1s. El T\u00edo se asoma de su cajuela y grita que lo dejen dor\u00acmir, pero alguien le lanza un palmetazo en la cabeza sin que \u00e9l descubra al autor. Somos Los de Abajo.<br \/>\nA las seis de la ma\u00f1ana amanece. El sol crece al final de la llanura tan lento como se mueve una pupila en sobredosis. La mayor\u00eda decide contemplar el paisaje en silencio. Los vi\u00acdrios est\u00e1n empa\u00f1ados y hay que usar el brazo como limpia -parabrisas. Reci\u00e9n ah\u00ed, detr\u00e1s de esas gotas que bajan por el cristal tiritando asustadas, aparece el famoso plano infinito de la pampa argentina. Alguien enciende el primer pito del d\u00eda, aunque esta vez la hierba acompa\u00f1a tranquilamente, sin estridencia, como un punteo de guitarra ac\u00fastica. Desperta\u00acmos camino a Buenos Aires.<br \/>\nPor petici\u00f3n general \u2014\u00abnecesitamos mear y lavarnos lA cara, t\u00edo\u00bb\u2014, paramos en una estaci\u00f3n de servicios Repsol YPF en plena carretera. El minimarket se ve sobrepasado por los hinchas. JG, el fot\u00f3grafo que durante el viaje ha disparado la m\u00e1quina jugando a que es un estudiante que saca fotos para \u00e9l, me hace una se\u00f1a para que mire. Y ah\u00ed se ven, como una horda, casi todos metiendo mercanc\u00eda dentro chaquetas. La parada sirve para ir al ba\u00f1o y mojarse la cabeza, pero, fundamentalmente, su objetivo ha sido saquear el almac\u00e9n argentino.<br \/>\nCuando volvemos a acelerar, El T\u00edo y el chofer se van di\u00acciendo en voz alta, entre ellos, que por estas cosas es que sienten verg\u00fcenza de ser chilenos. Cuando dejamos el lugar se ve por la ventana del autob\u00fas a la vendedora con las manos en la cabeza, hablando por tel\u00e9fono con alguien que debe ser polic\u00eda y golpeando con su pu\u00f1o fr\u00e1gil el mes\u00f3n reci\u00e9n violado.<br \/>\nOtra vez en la carretera, el Citroneta, universitario de pelo largo y anteojos a lo John Lennon, muestra su mercanc\u00eda. Con la alegr\u00eda de sentir que ahora s\u00ed ser\u00e1 aceptado por el grupo duro de la casa, ofrece parte de su bot\u00edn.<br \/>\n\u2014\u00bfAlguien quiere vinito? \u2014y abre la caja de tinto que acaba de sacar de un escondite de su chaqueta. Otro de atr\u00e1s luce lo suyo: una ginebra, un atado de lapiceros\u2014 \u00abpara que nunca m\u00e1s falten estas huevas\u00bb \u2014y un perfume para su novia\u2014, \u00abcon esto se la meto dos meses seguidos sin que me haga dramas\u00bb \u2014dice feliz.<br \/>\nEl Citroneta se queda mudo, boquiabierto, derrotado y ajeno. Alguien destapa una botella de whisky, mientras otro abre su caja de habanos y ofrece a los m\u00e1s amigos.<br \/>\n\u2014Viste que Argentina est\u00e1 s\u00faper barato \u2014comenta el Polaco, y le da una pitada a su puro hasta quedar con el pecho hinchado. El resto lo acompa\u00f1amos con una carcajada que sabe a escoc\u00e9s.<br \/>\nLa siguiente parada es en Lujan, a 66 kil\u00f3metros de Capital Federal. Ya son las once de la ma\u00f1ana del d\u00eda del partido, aunque la hora parece tan irrelevante como la formaci\u00f3n con que el equipo saldr\u00e1 a la cancha. Nuevamente nos rodea un cord\u00f3n policial. Un sargento, como broma, apunta su rev\u00f3lver hacia el grupo donde estoy parado y hace el adem\u00e1n de lanzar un tiro y se r\u00ede cuando todos nos tiramos al suelo. Aparece una pelota de f\u00fatbol y un gordo del bus siete describe, como un relator radial con lengua traposa, el gol que esta noche har\u00e1 Marcelo Salas y que nos llevar\u00e1 a la final de la Libertadores.<br \/>\n\u2014 \u00a1Arriba del bus, huevones, que nos vamos! \u2014 grita el Polaco, parado en la puerta del veh\u00edculo y luciendo todo orgulloso los anteojos de sol que tambi\u00e9n rob\u00f3 del minimarket.<br \/>\n\u2014 Te quebr\u00e1i con esas cagadas falsificadas, culiao \u2014 le dice Jorge, el empleado de la imprenta.<br \/>\n\u2014 Est\u00e1i loco. Son Boll\u00e9 originales. Ac\u00e1 dice clarito Boll\u00e9, o si no, ni cagando me las robo \u2014 contesta el Polaco, y se los quita para que lean la marca.<br \/>\nLos relojes de Buenos Aires marcan las tres de la tarde. La columna de buses con banderas azules y chilenas entra a la ciudad. En pocas horas ser\u00e1 el partido y los insultos nacionalistas van y vienen entre Los de Abajo y los peatones bonaerenses.<br \/>\nAl cruzar la avenida General Paz, la Polic\u00eda General Argentina nos detiene. Una completa brigada antimotines nos espera con tanta complicidad como un detector de metales. Por la ventana se ven dos tanquetas azules, un microb\u00fas blindado y tres patrulleros; todos con las sirenas encendidas. Un equipo de televisi\u00f3n con la insignia de la P.F.A. y bototos mi\u00aclitares toma im\u00e1genes de cada uno de los coches, paseando las c\u00e1maras y las gorras por fuera de nuestras ventanas. La ceremonia dura m\u00e1s de una hora y, como la orden es mantener lodos los vidrios cerrados, dentro de los buses el calor, la falta de aire y los restos de todos los restos nos asfixia. Mientras esperamos la orden para seguir, el Polaco amaga un par de vives con abrir una ventana trasera y disparar una botella vac\u00eda de cerveza a la c\u00e1mara.<br \/>\n\u2014As\u00ed es como provocan, ahuevonado. No hay que pescar \u2014dice el Citroneta, quien, como muchos, se ha quitado la ca\u00acmiseta para secarse el sudor.<br \/>\nEl T\u00edo, sentado en la cabina junto al chofer y de impeca\u00acble corbata, mueve la cabeza de un lado a otro, maldiciendo el d\u00eda en que su jefe le orden\u00f3 viajar con Los de Abajo a Bue\u00acnos Aires. Y peor a\u00fan, maldiciendo toda su vida. Maldicien\u00acdo su trabajo y su futuro.<br \/>\nLa orden de partir da inicio a un extra\u00f1o city tour por Buenos Aires. Nuestros gu\u00edas son carros antimotines con doble blindaje. Muchos de los barristas por primera vez salen de Chile y con sus caras pegadas a los vidrios aprovechan de conocer la ciudad donde han nacido las m\u00e1s legendarias y violentas barras bravas del continente, inspiradas, como tantas cosas argentinas, en los ingleses. Recorremos la capital de un pa\u00eds donde al a\u00f1o mueren 9,5 hinchas por violencia en el f\u00fatbol. Un pa\u00eds donde la mayor\u00eda de los l\u00edderes de las barras bravas dependen directamente de pol\u00edticos de peso que los utilizan en marchas, en golpizas, pegando lienzos y alentando al equipo los domingos en la cancha. Pero la ciudad m\u00e1s importante de este lado del mundo, con esa simp\u00e1tica pretensi\u00f3n europea de sus habitantes, s\u00f3lo la podemos ver desde arriba del Chilebus: por mandato superior, no podemos bajarnos.<br \/>\nSeg\u00fan ordenan desde el bus dos, donde va toda la directiva de Los de Abajo, la \u00fanica parada permitida ser\u00e1 en el ba\u00acrrio de La Boca. La idea es juntarse con la gente de La 12, la barra brava de Boca Juniors, quienes nos van a \u00abprestar ropa\u00bb, vale decir, nos ayudar\u00e1n a pelear contra sus eternos rivales de River Plate.<br \/>\nNos bajamos de los buses en el puerto. La comunicaci\u00f3n oficial dice que nos juntaremos media hora m\u00e1s tarde, en el mismo lugar. Pero en la caminata masiva por la calle Caminito, con banderas azules y gritos de la \u00abU\u00bb, algunos miembros de la barra rayan las cl\u00e1sicas paredes coloridas con gr\u00e1fica de Los de Abajo. Ah\u00ed comienzan los l\u00edos, los miembros de La 12 que deambulan por La Boca se sienten agredidos, se organizan r\u00e1pido y las supuestas barras hermanas con un enemigo en com\u00fan se trenzan en una gresca que termina con heridos, robos de camisetas, asaltos, banderas rajadas y detenidos. Varios han perdido sus billeteras y a un tipo del bus cinco le han quitado la camisa, el reloj, los cigarros y su propia cuchilla. La polic\u00eda act\u00faa como juez de boxeo, aunque s\u00f3lo sujeta a los hinchas chilenos.<br \/>\n\u2014Los de Boca no tienen amigos \u2014comenta entre dien\u00actes, el sargento que lleva esposado a uno del bus cuatro.<br \/>\nSe arma un peque\u00f1o alboroto en La Boca, con mujeres gordas y viejas pidiendo c\u00e1rcel a los chilenos y ni\u00f1os pobres vestidos con camisetas de Maradona escupiendo insultos.<br \/>\n\u2014\u00a1El bus es nuestra familia! \u2014nos grita el l\u00edder, parado al lado del chofer, cuando otra vez estamos todos arriba\u2014. Miren c\u00f3mo quedamos peleando con diez hijos de puta de Boca. Esta noche vamos a tener al frente a 70.000 gallinas de River. No se separen. \u00a1El bus es la familia!<br \/>\nJorge, el empleado de la imprenta que hab\u00eda aprovechado la detenci\u00f3n para comprar souvenirs para sus colegas de tra\u00acbajo, regresa al autob\u00fas con la cabeza rota y la cara ensangrentada. Le han dado una paliza por andar lejos del grupo, est\u00e1 tirado en su butaca y maldice la hora en que pidi\u00f3 permiso en la oficina. El Polaco le ofrece su camiseta para que se limpie la sangre y Jorge se la pone como turbante. Por la cara de muchos de los pasajeros, la amenaza del infierno en Buenos Aires ya se ha concretado. Y aqu\u00ed vamos otra vez, los once buses. Dejamos atr\u00e1s La Boca y enfilamos al estadio, con un tipo con la cabeza rota y ensangrentada, otros asaltados o i orlados con cuchillas, un par detenidos \u2014que luego ser\u00e1n liberados\u2014 y la polic\u00eda rode\u00e1ndonos como los moscardones .1 la mierda. Aqu\u00ed vamos otra vez a la cancha, y no me olvido \u2022 Ir que en el bus llevamos una granada de mano.<br \/>\nLa \u00faltima detenci\u00f3n antes de irnos a la cancha es en la avenida Figueroa Alcorta, frente a Aeroparque. La caravana se estaciona a un lado de la pista y algunos barristas se lanzan sobre el pasto para descansar, otros se revisan las heridas, fuman la \u00faltima marihuana o se empinan lo que queda de cerveza. Walter, el jefe supremo de la barra, el capo de la hinchada, la abeja reina, se muestra por primera vez en p\u00fablico.<br \/>\nEn apariencia, Walter es el m\u00e1s formal de toda la delegaci\u00f3n. M\u00e1s que jefe de una barra brava, parece un empleado del mes de McDonald&#8217;s, o un profesor s\u00faper-buena-onda de un instituto de computaci\u00f3n, o un guitarrista de parroquia de barrio. Est\u00e1 bien peinado, la camisa dentro del pantal\u00f3n y unas zapatillas tan blancas que de seguro nunca han pateado una pelota de f\u00fatbol. Posiblemente, Walter nunca so\u00f1\u00f3 ser ju\u00acgador de f\u00fatbol: da la idea que su felicidad habr\u00eda sido ser dirigente del club, presidente o tesorero, qui\u00e9n sabe, lo \u00fanico concreto es que termin\u00f3 siendo el l\u00edder de los barristas m\u00e1s bravos. S\u00f3lo como cabecilla de los hinchas pudo llegar a reunirse con los directivos del club y acercarse, de cierta manera, a sus anhelos.<br \/>\nWalter se pasea por entre la muchachada pidiendo calma, diciendo que las entradas est\u00e1n por llegar, recomendando tener cuidado y estar m\u00e1s atentos a las provocaciones.<br \/>\n\u2014La idea es que un dirigente del club, que hace tres ho\u00acras sali\u00f3 de Santiago en avi\u00f3n, venga hasta ac\u00e1 con las entradas \u2014dice \u00e9l.<br \/>\nEn promedio, los que estamos en el viaje hemos pagado unos 70 d\u00f3lares por persona: incluye pasaje y entrada al partido.<br \/>\n\u2014Pero eso lo pagan los nuevos nom\u00e1s \u2014me dice el Polaco, y agrega que \u00e9l viaja gratis porque pas\u00f3 los tarros de la colecta durante dos meses en los partidos jugados en Santiago.<br \/>\nLos dirigentes de la barra tampoco pagan, y los miembros de menor jerarqu\u00eda pagan la mitad o lo que puedan. Por Figueroa Alcorta pasan los primeros autos con banderas de River P\u00edate.<br \/>\nVan al estadio y nos lanzan insultos y tocan la bocinas y nos gritan chilenos muertos de hambre, pero ya no est\u00e1n las ganas de responder los ataques. El imprentero, con la camiseta del Polaco en su cabeza, le relata su mala expe\u00acriencia a un grupo del bus seis. Uno de la m\u00e1quina ocho muestra los tajos de cuchilla que se gan\u00f3 en el antebrazo derecho. Un pesimista asustado comenta en voz alta que una horda de 70.000 gallinas se nos va a venir encima, y al comentario lo sigue un interminable silencio. JG ha guardado la m\u00e1quina de fotos y se tiende en el suelo a vivir sin m\u00e1s re\u00acgistro que su miedo este momento hist\u00f3rico.<br \/>\nWalter, el gran jefe, desaparece por la avenida arriba de un taxi y regresa a la media hora con el alto de pases. Parece fe\u00acliz por haber estado reunido con los dirigentes del club en el hotel cinco estrellas donde se hospedan y, a la vez, se le nota un poco triste de tener que regresar a su reba\u00f1o de hinchas despeinados.<br \/>\nReparte las entradas una a una, pidiendo calma y tranquilizando a la barra. El Pelluco, el Krammer, el Taitor, el Jhonny y el Mono, otros hist\u00f3ricos dentro de la hinchada, lo acompa\u00f1an en la repartici\u00f3n. Llega la hora de irnos al estadio. Los focos del Monumental de River, perfectamente encendidos, nos gu\u00edan como a las miles de polillas que revolotean alrededor.<br \/>\nEn pocos minutos estaremos ah\u00ed adentro, esperando que la \u00abU\u00bb por fin llegue a su primera final de Copa Libertadores de Am\u00e9rica, dispuestos a entregar la vida si es necesario con la gran ilusi\u00f3n de poder ganar por una puta vez un partido importante a los argentinos.<br \/>\nA medida que la caravana de buses se acerca al Monumental, por las ventanas va creciendo la marea de hinchas de River. Cada metro que avanzamos la muchedumbre exterior crece y crece, y el recorrido se torna lento, como una babosa cuesta arriba. El T\u00edo decide apagar las luces interiores del bus. Desde afuera los gritos antichilenos se escuchan fuerte, muy fuerte. Nos movemos cada vez m\u00e1s despacio, surcando el mar de camisetas con la raya roja.<br \/>\nZigzagueando entre hinchas argentinos que comienzan a mover los buses tratando de voltearlos. Porque afuera ya son miles, y nuestro l\u00edder grita que cierren las cortinas y que hay que meterse debajo de los asientos y las ventanas de la casa estallan, una tras otra, y algunas piedras ya est\u00e1n adentro y rebotan en el pasillo y estamos esparcidos en el suelo, con los vidrios rotos cerca de la cara y los gritos de las gallinas se escuchan como el cercano rugido de un le\u00f3n frente a su presa. Y el Polaco respira hondo y toma aire y abre una ventana y grita \u00a1argentinos conchasdesumadre! y lanza dos botellas de cerveza de litro hacia fuera. Y vuelve \u00a1argentinos culiaos!, y dispara dos botellas m\u00e1s. Una piedra le estalla cerca de la cara, pero alcanza a agacharse. Los insultos se escuchan cerca, tan cerca como las espuelas de esos caballos de la polic\u00eda que, finalmente, nos escoltan hasta la cancha.<br \/>\nQuedan pocos minutos para el partido.<br \/>\nEl estadio est\u00e1 repleto y los gendarmes nos tienen retenidos en las escalerillas que dan a las tribunas Centenario y Bel-grano del Monumental de River. Debemos esperar una orden superior que tarda, pero finalmente llega. Entonces los polic\u00edas nos empujan con golpes de palos para que entremos al estadio. Y aparecemos en la mitad de la grader\u00eda, somos un punto insignificante ante los 70.000 hinchas que no nos dan mayor importancia. La polic\u00eda sigue acarre\u00e1ndonos a golpes, mientras espont\u00e1neamente Los de Abajo empiezan a gritar, a todo pulm\u00f3n, con la rabia adentro, \u00a1argentinos, maricones, les quitaron Las Malvinas por huevones!<br \/>\nCuando la \u00abU\u00bb sale a la cancha los 11 jugadores corren hacia donde nosotros y levantan las manos. Respondemos el gesto con gritos que, parad\u00f3jicamente, son todos similares a los de la hinchada riverplatense. En el pasto ya est\u00e1n los 22 jugadores, 22 futbolistas sudamericanos con sueldos millonarios, casi todos salidos de los mismos barrios pobres de los barristas.<br \/>\nLo del partido es un vac\u00edo gigantesco. La mayor\u00eda de los 70.000 espectadores mira el encuentro sin moverse de los asientos y, por momentos, uno tiene la idea de poder escuchar c\u00f3mo los jugadores se insultan dentro de la cancha.<br \/>\n\u2014\u00a1Estos huevones no gritan nada! \u2014comenta el Citroneta, descolocado, enga\u00f1ado. Como si todos los a\u00f1os que estuvo escuchando la furia de las barras bravas de ac\u00e1 hubiera sido uno m\u00e1s de los famosos chamullos argentinos.<br \/>\nPero hemos venido a pelear con gritos y los cabecillas de Los de Abajo no se amilanan y piden, con ganas, vamos, gritemos, dejemos callado al estadio. Un Monumental de River que sigue el partido enmudecido, sin darnos un segundo de importancia y que, eso es lo peor de todo, s\u00f3lo sacan el habla cuando el partido finaliza con el triunfo de ellos.<br \/>\nPerdemos por un gol a cero. Un penal brutal contra Valencia, que no se cobra, y un gol vergonzosamente farreado por Silvani, un delantero argentino que juega para la \u00abU\u00bb, nos dejan fuera de la Copa Libertadores, se llevan la ilusi\u00f3n y nos ponen a ver c\u00f3mo el inmenso mar de hinchas argentinos vuelve a celebrar otro triunfo sobre un equipo chileno.<br \/>\nApenas termina el partido se anuncia por los parlantes que la gente debe quedarse en sus asientos porque primero saldr\u00e1 la hinchada visitante. No pasan cuatro minutos, ni siquiera cuatro minutos para tragar la derrota, cuando un comando de polic\u00edas sin provocaci\u00f3n alguna comienza a barrernos a golpes de bast\u00f3n. Es una lluvia de palos que no se detiene ante nada ni nadie. Aparecen polic\u00edas de civil y algunos de pelo largo, de la inteligencia policial argentina, que patean en el suelo a algunos heridos. Los fierros van y vienen. Cuando te dan un palo en el codo el brazo se te paraliza, pero no tienes tiempo de acariciarlo porque debes seguir arrancando. Si te caes, tratas de que no te pisen la cara y puedes ver, como veo, que se llevan a un polic\u00eda algo inconsciente. \u00a1Tiren la granada!, escucho que grita alguien. Bajo las grader\u00edas, en la zona de los ba\u00f1os, la paliza es brutal. Pero si lanzan la gra\u00acnada, nos matar\u00e1n vivos cuando nos metan a la c\u00e1rcel de Buenos Aires. Tengo miedo. Estamos metidos en un caos de palos y gritos y empujones y garabatos y alaridos y tironeos y patadas por la espalda y ladridos de perros y rugidos de hinchas de River desde el otro lado de la reja y cascos y se entiende poco y mejor agachar la cabeza y empujar hacia arriba, hacia donde sea, hasta que todo se acabe r\u00e1pido, que todo termine de una vez.<br \/>\nLa calma llega cuando los gendarmes argentinos se dan cuenta que de llegan las c\u00e1maras de televisi\u00f3n. Resultado final: cuatro hinchas con la cabeza cortada, uno con el ojo partido, un polic\u00eda con la nariz trizada y dos detenidos que son liberados cuando se enfr\u00edan los \u00e1nimos.<br \/>\nComo siempre, un fuerte contingente de polic\u00edas nos saca de Buenos Aires. El tropel cruza la pampa de noche; esta vez todos los autobuses llevan las ventanas rotas. El fr\u00edo pampino, inhumano sin vidrios, al menos se lleva el olor a encierro y, en cierta forma, es m\u00e1s llevadero que la violencia.<br \/>\nDe vuelta al paso fronterizo Los Libertadores, el cielo de la cordillera de los Andes se ha escondido detr\u00e1s de una espesa nube negra. Los gendarmes de la polic\u00eda argentina ni siquiera suben a pedirnos los papeles y nos expulsan r\u00e1pido de su pa\u00eds. Al cruzar el t\u00fanel internacional estallan los aplausos. El T\u00edo toca la bocina. Estamos en Chile. El personal de inmigraciones nos saluda como a h\u00e9roes y nos levantan el pulgar. Dos polic\u00edas chilenos nos agitan las manos desde su patrulla. Todo el pa\u00eds sabe de la brutal golpiza en el estadio y ahora regresamos victoriosos. Sin importar la derrota, somos ganadores. Tres canales de televisi\u00f3n, varias radios y un fuerte aplauso por parte del personal de la Aduana levantan la autoestima de Los de Abajo. Somos la gran noticia del d\u00eda.<br \/>\n\u2014Oigan, cabros&#8230;, \u00bfme puedo tomar una foto con uste\u00acdes? \u2014nos pide El T\u00edo, que ha reclamado durante todo el viaje y ahora, sorpresivamente, nos habla gentilmente con una c\u00e1mara fotogr\u00e1fica en la mano.<br \/>\nDespu\u00e9s, cuando ya ha sacado la foto, dice que \u00e9ste ha sido un viaje memorable. La mayor\u00eda se r\u00ede, pensando que exagera. Nadie sospecha, ni de cerca, que en pocos meses m\u00e1s al jefe m\u00e1ximo de la barra, Walter, se le detectar\u00e1 una grave enfermedad a causa de los golpes que recibi\u00f3 en la cabeza. Ni mucho me-nos, que morir\u00e1 pocos a\u00f1os m\u00e1s tarde. Tampoco se piensa que ser\u00e1 el Krammer quien asumir\u00e1 el control de la barra y que al poco tiempo ya tendr\u00e1 al grupo dividido y se le acusar\u00e1 de aprovecharse econ\u00f3micamente de Los de Abajo y se le arrestar\u00e1 por pegarle a la due\u00f1a de un almac\u00e9n en una golpiza televisada por las c\u00e1maras de seguridad y que despu\u00e9s, otra vez, ser\u00e1 detenido por desfigurarle el rostro a un compa\u00f1ero de hinchada hasta que, finalmente, ser\u00e1 esposado y encarcelado por liderar una banda de asaltantes en un barrio perif\u00e9rico de Santiago. Nadie sospecha que luego de este viaje a Buenos Aires, el equipo de Universidad de Chile nunca volver\u00e1 a pasar de la primera ronda en una Copa Libertadores. Ni que \u00e9ste ser\u00e1 recordado como el viaje m\u00e1s memorable de la hinchada.<br \/>\nArriba del bus el futuro no existe. S\u00f3lo importa el ahora, l&#8217;or eso las risas al escuchar que el T\u00edo vuelve a repetir:<br \/>\n\u2014Ha sido un viaje hist\u00f3rico, chiquillos.<br \/>\nAunque suenan ridiculas, las palabras sacan aplausos. En realidad, en todo Chile nos aplauden. Y como nunca, todos los que vamos arriba del bus nos sentimos orgullosos, felices, valientes, h\u00e9roes.<br \/>\nAl bajarnos del Chilebus, ya en Santiago, el Polaco por primera vez se ve triste y nos pide n\u00fameros de tel\u00e9fono a todos y dice que nos volvamos a ver al d\u00eda siguiente y le pide a JG que le saque una foto, como si hubiera sabido de siempre que and\u00e1bamos haciendo un reportaje con ellos, de ellos. Y el bus parte, y todos nos abrazamos por la haza\u00f1a y porque ya se ha acabado. Cuando no queda nadie arriba de \u00abla casa\u00bb, el chofer acelera aliviado y se va respirando la tranquilidad de volver a viajar sin los hinchas. De seguro no sospecha, ni \u00e9l ni el T\u00edo, que dentro de su bus llevan una granada que ninguno de los barristas quiso lanzar en el estadio de River P\u00edate. Un explosivo militar que puede explotar en cualquier momento.<br \/>\n<strong>KISHINAU. Mart\u00edn Caparr\u00f3s<\/strong><br \/>\nAnoche cen\u00e9 foie gras y fue en Par\u00eds; esta noche, polenta con queso en Kishinau, capital de Moldavia. Hay algo en esos saltos que me atrae m\u00e1s que nada.<br \/>\nKishinau es mi imagen de una ciudad rusa de provincias despu\u00e9s de la ca\u00edda. Mucho monoblock, negocios de aquellos tristes todav\u00eda, el hotel con l\u00e1mparas tan tenues, unas cuadras de centro con sofisticaci\u00f3n barata y alg\u00fan coche alem\u00e1n. Las calles est\u00e1n blancas por la nieve, hace catorce grados bajo cero y la luna resplende: hoy s\u00ed, dir\u00edan los diarios, est\u00e1 llena. En estas cuadras las mujeres se pintan como puertas \u2014se pintan como puertas\u2014 y usan tacos aguja; los hombres pul\u00f3veres a rayas, de una moda que pas\u00f3 y no ha sido, o corbatas claras sobre camisas negras. Las mujeres son lindas, de una forma en que s\u00f3lo son lindas las mujeres vulgares: con una carga \u2014muy maquillada\u2014 de violencia.<br \/>\n\u00bfQui\u00e9n va a emprender, alguna vez, aquel estudio comparativo: el malgusto capitalista frente al malgusto socialista, una lectura del Siglo de las Luces de Colores?<br \/>\nPistas: el socialismo ten\u00eda la carga del futuro -y ning\u00fan recurso est\u00e9tico es m\u00e1s pasible de quedar d\u00e9mod\u00e9 que el futurismo: la tasa de malgusto socialista est\u00e1 muchas veces en su b\u00fasqueda del modernismo para todos, vulgarizado, producido en cadena. Pero es un malgusto mayormente austero. El capitalismo aporta, antes que nada, los brishitos -porque no tiene ning\u00fan tapujo moral que le reprima el lujo o una cierta idea del lujo como superficie. El capitalismo -su victoria sobre el sovietismo\u2014 es uno de esos escasos casos en la historia en que la realidad puede m\u00e1s que la promesa, que el presente le gan\u00f3 al futuro.<br \/>\nO si no, digo: con esa carga de violencia que tienen las mujeres cuando saben que no son para uno.<br \/>\nEn el restor\u00e1n vieja rusia de Kishinau me atiende una camarera rubia con sus granos, los pies abiertos de bailarina derrotada, que sabe verter un fondo de vino en una copa de vino y esperar, la botella acunada en las manos, los ojos bajos, un gesto como si nerviosa, el veredicto: que sabe poner en escena el viejo sue\u00f1o de una mujer que depende de lo que le digas.<br \/>\nLo cual va a redundar, al fin, en su propina.<br \/>\nPero no hay nada peor, en estos d\u00edas de viajes y trabajo, que la cena. En general ceno solo; hay muy pocos restoranes donde la luz me permite leer, y entonces pienso y pienso. Estas cenas son un exceso de relaci\u00f3n conmigo mismo, y eso nunca es bueno pero es, tambi\u00e9n, la forma en que se va llenando este cuaderno. Escribir, en estos d\u00edas, es una forma de simular que alguien me escucha. Nunca charlo mejor que cuando solo.<br \/>\nO si no, digo: comer en un lugar -estar en un lugar-adonde s\u00e9 que no voy a volver.<br \/>\nEn el restor\u00e1n de mi hotel, un dizque cuatro estrellas sovi\u00e9tico tan cutre, ya tarde, ya de vuelta, oigo la fiesta: tocan m\u00fasica rusa, beben vodka, cantan. Hacen ruido, son cuatro: el resto del gran sal\u00f3n est\u00e1 vac\u00edo.<br \/>\nEl placer -la sorpresa repetida- de despertarme una ma\u00f1ana con sol en un lugar al que llegu\u00e9 la noche anterior y mir\u00e9 pens\u00e9 escrib\u00ed con la luz de esa noche y descubrir que, con el sol, se hace muy otro. Llegar a dos lugares, o volver a llegar al mismo diferente y reconocer una vez m\u00e1s la potencia del sol, su habilidad para cambiar el mundo. Esta ma\u00f1ana Kishinau brilla, su nieve resplandece.<br \/>\n\u00bfSe podr\u00eda pensar el placer como \u00abuna sorpresa repetida\u00bb? \u00bfUna sorpresa esperada, discretamente esperada para que siga siendo una sorpresa, cuya aparici\u00f3n te llena de la alegr\u00eda de conseguir algo que quer\u00edas sin pensar que lo quer\u00edas o, por lo menos, sin que ninguna causa evidente lo hiciera previsible?<br \/>\nEsta ma\u00f1ana, con el sol, aparecieron los soldados. El lobby y la vereda del hotel est\u00e1n repletos de soldados que caminan como si el suelo fuera su enemigo, vibrantes, camuflados -es decir: vestidos para que se vea que son soldados dispuestos a todo. Seguramente alguna vez el camuflaje sirvi\u00f3 de camuflaje \u2014seguramente sirve, todav\u00eda, alguna vez- pero, ahora, casi siempre, el camuflaje es una forma de decir soy un duro un verdadero hijo de puta uno capaz de mimetizarse con el mundo de confundirse con el mundo para distinguirme de \u00e9l en el momento de ser lo m\u00e1s distinto que un hombre puede ser. Nada hace a un hombre tan distinto como matar a otro. Miles de millones morimos sin haber matado. Casi todos pensamos tonter\u00edas cogemos imaginamos destinos diferentes nos desilusionamos resignamos traicionamos al amado la amada ganamos al perder perdemos al ganar perdemos; muy pocos han matado. Camuflarse es decir mato, yo soy de los que matan: decir soy uno de los muy muy pocos. Camuflarse es distinguirse en lo m\u00e1s raro.<br \/>\nSentadas en el banco de una plaza, violetas por el fr\u00edo, dos nenas de seis practican mimos de telenovela; m\u00e1s all\u00e1, en otro banco, un se\u00f1or de cuarenta las mira con labios apretados.<br \/>\nEs un trabajo extra\u00f1o. Consiste en pensar y preparar durante semanas alg\u00fan tema, viajar uno o dos d\u00edas desde la otra -punta del mundo, encontrarse con quienes me van a permitir el acceso a esa persona, organizado, leer sobre el asunto, preparar preguntas, dormir en hoteles donde hablan en idiomas, mirar televisiones imposibles, comer polentas que no son polentas, frutas guarangas, quesos excesivos y, de pronto, en una hora tres cuartos, dos horas, cuatro horas, jugarse todo en la entrevista. Todo puede estar bien, tan minuciosamente preparado y prologado, pero si la entrevista prevista no resulta, todo vale nada. Entonces se puede buscar otra, pero tambi\u00e9n va a seguir ese modelo: d\u00edas y d\u00edas para unos minutos donde todo sucede o no sucede. Lo raro, pienso despu\u00e9s, es que tantas cosas siguen ese modelo. No creo que valga la pena hablar de sexo -un suponer- o de cocina.<br \/>\nCuando muri\u00f3 su madre, Natalia ten\u00eda siete a\u00f1os y solamente un ojo. Natalia quer\u00eda mucho a su madre; una tarde, dos a\u00f1os antes, frente a su casa en un pueblito moldavo, una vecina le hab\u00eda dicho que su madre era una idiota. Natalia la defendi\u00f3 a los gritos, la vecina la tir\u00f3 sobre un mont\u00f3n de ramas. Su ojo estall\u00f3 y tuvieron que sac\u00e1rselo.<br \/>\nPero lo peor lleg\u00f3 despu\u00e9s, cuando su madre se muri\u00f3 de c\u00e1ncer. Natalia estaba convencida de que se hab\u00eda enfermado porque su padre le pegaba demasiado -y ella no hab\u00eda sabido defenderla. En Moldavia hay un refr\u00e1n muy popular que dice que \u00abuna mujer sin golpear es como una casa sin barrer\u00bb. Moldavia, encerrada entre Rumania y Ucrania, sol\u00eda ser una provincia de la ex Uni\u00f3n Sovi\u00e9tica y ahora es un pa\u00eds muy chico, del tama\u00f1o de Lesotho o de B\u00e9lgica.<br \/>\nCuando muri\u00f3 su madre, Natalia se qued\u00f3 sola con sus cuatro hermanos y su padre, campesinos pobres. \u00c9l la castigaba, le dec\u00eda que era una carga para todos, que para qu\u00e9 man\u00acdarla a la escuela si total no era m\u00e1s que una tuerta. Y sus hermanos no la trataban mucho mejor. Natalia empez\u00f3 a buscar peque\u00f1os trabajos para ganarse la vida.<br \/>\n-Nunca entend\u00ed por qu\u00e9 no me quer\u00edan, por qu\u00e9 me maltrataban todo el tiempo.<br \/>\nA los catorce, Natalia se emple\u00f3 en la casa de una vecina: limpiaba, cuidaba los animales, cortaba le\u00f1a. Tres a\u00f1os despu\u00e9s le pidi\u00f3 ayuda para seguir su educaci\u00f3n. As\u00ed pudo empezar a cursar un profesorado de educaci\u00f3n f\u00edsica y artes marciales hasta que se le acab\u00f3 la plata y tuvo que buscar trabajo. Volvi\u00f3 a su casa; para congraciarse con su padre y sus hermanos les daba casi todo su dinero, pero ellos segu\u00edan peg\u00e1ndole, explot\u00e1ndola.<br \/>\nCuando se sent\u00eda muy sola, Natalia sub\u00eda al cementerio y le contaba a su madre sus desdichas. Su madre, dir\u00e1 despu\u00e9s, le recomendaba que tuviera paciencia. Natalia lo intent\u00f3.<br \/>\nPero nada cambiaba. Al fin decidi\u00f3 escaparse a Kishinau, la capital, y consigui\u00f3 un trabajo en el mercado central, pero no dur\u00f3 mucho: sus hermanos fueron a buscarla y se la llevaron de vuelta de una oreja, porque alguien ten\u00eda que ocuparse de la casa. Natalia volvi\u00f3, se resign\u00f3: por unos meses. Cuando cumpli\u00f3 diecinueve, acept\u00f3 la propuesta de un muchacho de un pueblo vecino: se casar\u00edan y se ir\u00edan \u2014de una vez por todas. Natalia no estaba enamorada, pero era la \u00fanica forma de empezar otra vida. Al principio todo fue feliz: consiguieron trabajo y una pieza en Kishinau, se re\u00edan, la pasaban bien juntos. Hasta que \u00e9l empez\u00f3 a celarla y reprocharle cada centavo que gastaba; le gritaba, le pegaba; al fin y al cabo, pens\u00f3, era como su padre y sus hermanos. Cuando un m\u00e9dico le dijo que estaba embarazada tuvo miedo de su reacci\u00f3n; \u00e9l, al principio, pareci\u00f3 contento. Despu\u00e9s empez\u00f3 a decirle que si ella dejaba de trabajar \u00e9l tendr\u00eda que mantener a los tres, que por qu\u00e9 no se hab\u00eda cuidado mejor y le pegaba.<br \/>\nEn esos d\u00edas su marido le propuso que se fueran a Italia, a labrarse un futuro. Moldavia es el pa\u00eds m\u00e1s pobre de Europa: el sueldo medio no llega a los cien d\u00f3lares y, sobre tres millones y medio de moldavos, casi un mill\u00f3n ha emigrado a Rusia, Turqu\u00eda, Italia, Espa\u00f1a, Portugal. Sus remesas son casi el doble del presupuesto nacional.<br \/>\nNatalia acept\u00f3: como todo el mundo, hab\u00eda escuchado historias de emigrantes exitosos. Su marido le present\u00f3 un amigo que les conseguir\u00eda papeles, les prestar\u00eda la plata; ellos se la devolver\u00edan m\u00e1s adelante. El amigo era un cuarent\u00f3n simp\u00e1tico, sofisticado, inteligente. Ella, ahora, lo llama el se\u00f1or X.<br \/>\n-\u00bfY nunca hab\u00edas o\u00eddo hablar del tr\u00e1fico de mujeres?<br \/>\n-Yo no miraba la tele, no le\u00eda mucho los diarios. Hab\u00eda escuchado algunas cosas, pero no las cre\u00eda: no pensaba que la rute pudiera ser tan cruel. Y, de todas formas, uno siempre piensa que esas cosas les pasan a los otros.<br \/>\n-As\u00ed que no sospechaste nada&#8230;<br \/>\n-No, necesitaba creer en lo que me dec\u00edan.<br \/>\nSu marido la convenci\u00f3 de viajar primero a trabajar como mucama para la hermana del se\u00f1or X; \u00e9l la seguir\u00eda poco despu\u00e9s.<br \/>\n-Yo ten\u00eda muchas ganas de irme, estaba entusiasmada.<br \/>\n-\u00bfY el embarazo no te hac\u00eda dudar?<br \/>\n-No, al contrario, era parte de mi entusiasmo: pens\u00e9 que le iba a dar a mi hijo una vida mejor.<br \/>\nAquella tarde Natalia se subi\u00f3 al coche del se\u00f1or X y al rato se qued\u00f3 dormida. Se despert\u00f3, ya de noche, en un descampado junto a un r\u00edo; en el coche hab\u00eda dos chicas m\u00e1s que le dijeron que estaban en Rumania. El se\u00f1or X les orden\u00f3 que se bajaran a estirar las piernas. Natalia le pregunt\u00f3 por qu\u00e9; \u00e9l le dijo que obedeciera y se callara. Natalia empez\u00f3 a llorar y pens\u00f3 que estaba por pasarle algo terrible.<br \/>\nCaminaron entre sombras, en el medio de ninguna parte. Al fin encontraron un coche con tres hombres adentro. El se\u00f1or X se acerc\u00f3: Natalia vio c\u00f3mo los hombres le daban muchos d\u00f3lares. Natalia trat\u00f3 de escaparse y consigui\u00f3 golpear a X; entre todos la agarraron, le pegaron, la patearon. Empezaba a entender. Desde el suelo, le dijo al se\u00f1or X que se iba a arrepentir, que iba a volver a Moldavia a buscarlo y se iba a arrepentir. El se\u00f1or X se ri\u00f3 y le dijo que nunca iba a volver porque alguien muy cercano a ella se hab\u00eda asegurado que eso nunca suceder\u00eda.<br \/>\n\u2014Tard\u00e9 un tiempo en saber que mi marido me hab\u00eda vendido por tres mil d\u00f3lares. \u00a1Mi marido! No puedo imaginar una traici\u00f3n peor que \u00e9sa.<br \/>\nEn los \u00faltimos a\u00f1os, el tr\u00e1fico de mujeres en Moldavia se convirti\u00f3 en un problema nacional que muchos tratan de ignorar. El tr\u00e1fico aument\u00f3 mucho tras el fin de las guerras balc\u00e1nicas: los guerreros pacificados y los cuerpos de paz se aburr\u00edan, y los burdeles necesitaban m\u00e1s y m\u00e1s cuerpos. La mayor\u00eda de las mujeres traficadas viene de familias muy pobres, deshechas, violentas. Pero las que se van son, al mismo tiempo, las m\u00e1s activas, las que no quieren resignarse a su situaci\u00f3n y buscan mejorarla. No hay cifras globales, pero extrapolando ciertos estudios parciales se puede calcular que desde el 2000 hubo unas 40.000 mujeres traficadas en Moldavia: el cinco por ciento de todas las mujeres entre quince y treinta y nueve a\u00f1os.<br \/>\nNatalia gritaba desde el suelo. Sus nuevos due\u00f1os albaneses la esposaron, le pegaron, sacaron una jeringa. Natalia quiso decirles que no, que estaba embarazada; tambi\u00e9n quiso morirse para no sufrir m\u00e1s.<br \/>\nEl viaje fue muy largo y Natalia no lo recuerda bien: cada tanto le renovaban la dosis de esa droga que la manten\u00eda entre sue\u00f1os y alucinaciones \u2014y amenazas y golpes. En alg\u00fan momento, sabe, la violaron: se despert\u00f3 desnuda y dolorida en el ba\u00fal de un jeep. Ten\u00eda tanto miedo.<br \/>\nEn alg\u00fan lugar la bajaron de un bus y tuvo que caminar horas y horas por monta\u00f1as con otras seis chicas. Una trat\u00f3 de escaparse y la mataron de dos o tres balazos; Natalia se pele\u00f3 con un guardia, le rompi\u00f3 un brazo, le pegaron hasta cansarse. Termin\u00f3 en una casa de un pueblo donde un se\u00f1or le dijo que la hab\u00eda comprado y que tendr\u00eda que trabajar duro para \u00e9l. Como bienvenida, dos matones la ataron, la violaron.<br \/>\n\u2014Durante el d\u00eda estaba encerrada en mi cuarto. A la noche me sacaban, me daban alcohol y me obligaban a satisfacer cada deseo de los clientes.<br \/>\nUna noche se sinti\u00f3 mal y tuvo que contarle a su patr\u00f3n que estaba embarazada; \u00e9l le dijo que no se preocupara. Un supuesto m\u00e9dico le forz\u00f3 un aborto; Natalia se pas\u00f3 tres d\u00edas llorando sin parar.<br \/>\nSemanas m\u00e1s tarde encontr\u00f3 el modo de escaparse y refu\u00acgiarse en un convento; las monjas, al cabo de unos d\u00edas, le dijeron que se fuera, que ten\u00edan miedo. De vuelta en la calle, los matones del burdel la encontraron enseguida; fue entonces cuando se enter\u00f3 de que estaba en el L\u00edbano. Su patr\u00f3n estaba harto: consigui\u00f3 un comprador y se la vendi\u00f3 barata, porque Natalia sol\u00eda pelearse con los clientes. Su nuevo patr\u00f3n le prometi\u00f3 que, si se portaba bien y le devolv\u00eda lo que le hab\u00eda costado, en unos meses la dejar\u00eda ir. Cada noche, Natalia tenia que bailar y \u00absatisfacer a los clientes\u00bb.<br \/>\n\u2014Eran unos animales, tipos sin alma, enfermos, perversos, violentos.<br \/>\nNatalia, ahora, se atrapa con el dedo una l\u00e1grima, la mira como si fuese un enemigo. Natalia tiene el pelo corto, negro, cara campesina, manos cortas que retuercen un pl\u00e1stico con odio.<br \/>\n\u2014No quiero ni acordarme.<br \/>\nPasaron meses hasta que un cliente habitual le propuso ayudarla; poco despu\u00e9s Natalia aprovech\u00f3 un descuido, se es\u00accap\u00f3 y se refugi\u00f3 en la casa del cliente \u2014para descubrir que el hombre quer\u00eda obtener gratis las prestaciones que pagaba en el burdel. Natalia decidi\u00f3 dejar el pueblo; corr\u00eda por un cam\u00acpo cuando oy\u00f3 un coche: eran los matones del prost\u00edbulo. Los tipos la agarraron, trataron de meterla en el coche; ella les grit\u00f3 que prefer\u00eda morirse que volver all\u00ed, y consigui\u00f3 soltarse. La persiguieron con el coche, la atropellaron, la dejaron por muerta en el camino.<br \/>\n\u2014\u00bfQu\u00e9 har\u00edas si te encontraras con tus secuestradores?<br \/>\nNatalia se r\u00ede, por primera vez en todas estas horas se r\u00ede de verdad:<br \/>\n-Les pasar\u00eda por encima con un coche.<br \/>\nNatalia se despert\u00f3 en un hospital, tras tres d\u00edas de coma profundo. Ten\u00eda varios huesos rotos y le dijeron que quiz\u00e1 no volver\u00eda a caminar. La recuperaci\u00f3n necesit\u00f3 varias operaciones y seis meses de convalecencia; all\u00ed supo que tambi\u00e9n ten\u00eda una hepatitis B. Natalia empezaba a temer que tampoco volver\u00eda a Moldavia cuando apareci\u00f3 un abogado turco que le ofreci\u00f3 ayuda con los papeles y el pasaje. Mucho despu\u00e9s, Natalia pensar\u00eda que lo mand\u00f3 su patr\u00f3n para alejarla y evitar que lo denunciara a las autoridades. O quiz\u00e1s no: Natalia nunca supo.<br \/>\nEn el aeropuerto de Kishinau no la esperaba nadie. Fue a su pueblo a ver a su familia pero su padre y sus hermanos no quisieron hablarle, le dijeron que para ellos ella estaba muerta: que era una desagradecida, que se hab\u00eda ido y ni siquiera les hab\u00eda mandado plata. Natalia nunca les cont\u00f3 lo que le hab\u00eda pasado, y se fue a la casa de una t\u00eda, en otro pueblo. Su t\u00eda no le hizo muchas preguntas pero le permiti\u00f3 quedarse, lamerse las heridas.<br \/>\n\u2014Yo no deb\u00ed callarme, pero ac\u00e1 todos nos callamos. Hacemos como si el tema no existiera.<br \/>\nNatalia estaba preocupada porque no pod\u00eda trabajar en la casa de su t\u00eda \u2014para pagarle sus cuidados\u2014 y porque no quer\u00eda dar pena. Un d\u00eda, todav\u00eda en muletas, se fue a Kishinau, a buscar un trabajo y una vida propia. A su t\u00eda le dej\u00f3 una cinta con su historia.<br \/>\n\u2014Yo quer\u00eda que ella supiera lo que me hab\u00eda pasado, pero me daba verg\u00fcenza cont\u00e1rselo cara a cara.<br \/>\nEn Kishinau, Natalia tuvo que pasar las noches en un parque hasta que consigui\u00f3 un empleo en un jard\u00edn de infantes, donde el director le permit\u00eda dormir si nadie se enteraba. Nunca sal\u00eda del jard\u00edn: trabajaba de d\u00eda, se refugiaba de noche. Tras unos meses, un primo le habl\u00f3 de la hot line de La Strada, una oeneg\u00e9 que lucha contra el tr\u00e1fico; Natalia llam\u00f3, vino al refugio que mantiene la Oficina Internacional para Migraciones y ahora, aqu\u00ed, trata de recuperarse de sus heridas f\u00edsicas y ps\u00edquicas. Aqu\u00ed se han alojado, s\u00f3lo este a\u00f1o, unas trescientas chicas. Las reglas no les permiten usar alcohol ni drogas ni dar la direcci\u00f3n a nadie: hay peligro de que alg\u00fan proxeneta quiera venir a buscarlas para vengarse de su fuga. Pero la mayor\u00eda de las chicas no se quiere ir, porque se sienten protegidas, cuidadas y, sobre todo, porque no tienen d\u00f3nde.<br \/>\n\u2014Tengo que armarme una vida, conseguirme un trabajo, una casa, esas cosas, pero la verdad que no s\u00e9 por d\u00f3nde empezar.<br \/>\nCuando lleg\u00f3, Natalia estaba muy maltrecha y ten\u00eda miedo. En el refugio le dijeron que no ten\u00eda que pasarse la vida pensando en esos meses; es dif\u00edcil, en un lugar donde todas est\u00e1n porque han pasado por algo parecido. Natalia habla con ojos bajos, la voz baja, monocorde, muy cerca del llanto. Habla, y todo se llena de dolor: cada palabra es una b\u00fasqueda, un titubeo, una zozobra.<br \/>\n\u2014\u00bfPor qu\u00e9 hablas con nosotros y no con tu familia?<br \/>\n\u2014Porque ellos nunca me entender\u00edan. Yo primero quer\u00eda ocultar mi historia, porque ac\u00e1 en mi pa\u00eds cuando se enteran te discriminan, no te tratan como v\u00edctima sino como culpa\u00acble. Pero ahora s\u00e9 que tengo que contarlo: si no, me voy a pasar toda la vida pensando en esos meses. Contarlo es la mane\u00acra de dejarlo atr\u00e1s y de ayudar a que no les pase a otras chicas como yo.<br \/>\nDice Natalia, pero no quiere que su cara se vea clara en las fotos. Todos los expertos coinciden en que el tr\u00e1fico es s\u00f3lo la punta del iceberg de la migraci\u00f3n \u2014y que seguir\u00e1 mientras sigan la pobreza y la falta de perspectivas que la causan: mientras el noventa por ciento de los j\u00f3venes moldavos siga pensando en emigrar, mientras haya mujeres que prefieren arriesgarse a lo desconocido antes que seguir en un lugar que no les ofrece ninguna posibilidad.<br \/>\n\u2014\u00bfQu\u00e9 esperas del futuro?<br \/>\nNatalia se calla, piensa, intenta una sonrisa, se restriega con un dedo el ojo falso. Afuera nieva. Lo bueno de la nieve es que vaga en el aire: all\u00ed donde la lluvia cae, la nieve flota, hace como si no tuviera un fin, como si no quisiera nada.<br \/>\n\u2014Qu\u00e9 pregunta dificil.<br \/>\nDice, tras haber contestado tantas preguntas imposibles.<br \/>\nNatalia y yo est\u00e1bamos sentados uno al lado del otro pero los dos mir\u00e1bamos a Alexandrina, que traduc\u00eda del moldavo al ingl\u00e9s, del ingl\u00e9s al moldavo. Acabo de pasarme cinco horas escuchando a una chica con un ojo de vi\u00acdrio y una vida tan dura que su marido la entreg\u00f3, emba\u00acrazada de \u00e9l, a un traficante -y todo el resto. Hay cosas que no se pueden escuchar impunemente.<br \/>\nSu historia, al menos, me permite dejar de pensar en m\u00ed por un buen rato. Es la ventaja de escuchar historias. Hay quince grados bajo cero y est\u00e1n en todas partes.<br \/>\nVuelvo, y me tranquiliza la austeridad extrema de la vida de hotel: que todos los objetos de los que puedo dis\u00acponer -que puedo poseer en lo inmediato- est\u00e9n ac\u00e1, en mi cuarto, bajo esta luz gastada: que yo sea yo mismo y este bolso y esta computadora y este neceser y nada m\u00e1s, estrictamente nada. Hoy no ceno; escribo.<br \/>\nEn el sal\u00f3n del desayuno del hotel, una se\u00f1ora platinada con su vestido parco de leopardo; suena una canci\u00f3n de Enrique Iglesias. En el buffet del desayuno del hotel la comida siempre es un poco escasa: de cada cosa hay poco, y cada quien avanza con su plato en la mano y el temor de no llegar a poseer. Es falso: tres mozos renuevan la comida todo el tiempo pero ponen, cada vez, poquito. Son tantos a\u00f1os de escasez que crean una cultura.<br \/>\nAhora estoy en la Casa de la Cultura de un pueblo moldavo, nieve y vi\u00f1as secas. Esta Casa sol\u00eda albergar teatro, cine, conciertos, exposiciones, bibliotecas, pero se fue cayendo en ruinas cuando se fueron los sovi\u00e9ticos. El esta\u00acdo postsocialista dej\u00f3 de creer que una casa de la cultura fuera necesaria, y la cerr\u00f3. Ahora, una oeneg\u00e9 que ayuda a las v\u00edctimas del tr\u00e1fico ocupa dos habitaciones, que renov\u00f3 con plata de alguna fundaci\u00f3n alemana; el resto, digo, en ruinas. De la cultura a la asistencia social hay un recorrido que no querr\u00eda transformar en met\u00e1fora porque los rusos no me gustaban nada.<br \/>\nUna mujer me cuenta historias espantosas. Detr\u00e1s de la mujer, tras la ventana, baila nieve: la producci\u00f3n no ha reparado en gastos. La mujer tiene una gorra leninista, una regla en la mano, tremenda cara rusa y me cuenta c\u00f3mo les ense\u00f1a a trabajar a esas pobres chicas que han ca\u00eddo v\u00edctimas de la tentaci\u00f3n de la prostituci\u00f3n y yo sigo pensando por qu\u00e9 hago lo que hago: contraataca el quobono. De pronto se me ocurre algo espantoso: no tengo que trabajar por el dinero -gano lo que preciso con mis libros. O sea: tendr\u00eda que usar mi tiempo para hacer algo que valiera la pena. Un empleo, las exigencias y obligaciones de un empleo son, entre tantas otras cosas, una curita contra la inutilidad del tiempo, el despilfarro. Es duro no poder usarla, saber que no me tengo que ganar el sueldo sino una idea de m\u00ed mismo, mi recuerdo.<br \/>\nComo si tal cosa tuviera alg\u00fan sentido.<br \/>\nLa nieve vaga todav\u00eda: un mundo sin quobono. La chica rubia jovencita tiene tres hijos rubios y un ojo machucado de una pina \u2014digo: estallado verdeazul sangroso de una pi\u00f1a-, y los chicos lloran en la casita en ruinas tan triste demasiado fr\u00eda. La chica me cuenta c\u00f3mo la obligaron a hacer de puta en Petersburgo, despu\u00e9s de haberla obligado a vestirse de monja para pedir plata en la calle, c\u00f3mo intent\u00f3 escapar y termin\u00f3 por resignarse, c\u00f3mo sus clientes le pegaban. Yo no quiero escucharla m\u00e1s. De verdad, ya no puedo escucharla.<br \/>\nPero sigo pensando en el itinerario: para llevarla a hacer de puta -para terminar de someterla-, primero la ha-cen hacer de monja.<br \/>\nEsta ma\u00f1ana Alexandrina y Boris, mis amables anfitriones moldavos, deben pasearme: es s\u00e1bado, dentro de unas horas me voy de Kishinau y sienten que deben entretenerme un rato. Son amables. Yo quiero ir al mercado -yo siempre quiero ir al mercado- pero A y B me miran con pena, me suben a un coche, me muestran su ciudad. Me se\u00f1alan un par de edificios p\u00fablicos pomposos de principios de siglo, cuatro o cinco edificios p\u00fablicos pomposos de los a\u00f1os sovi\u00e9ticos y muchos monoblocks. Despu\u00e9s me llevan a conocer la estatua de Len\u00edn -exiliada en un parque suburbano. Me gustar\u00eda saber por qu\u00e9 lo hacen; les pregunto, pero no entienden -o simulan que no entienden- la pregunta.<br \/>\nEs, sin duda, una forma pervertida del viaje que hoy est\u00e9 en Moldavia con quince bajo cero, ma\u00f1ana en Liberia con treinta y cinco sobre, el jueves supuestamente en Amsterdam. Digo, pervertida: en el sentido de que no es la forma que sol\u00edamos considerar normal. Hab\u00eda, en los viajes -sol\u00eda haber-, cierta proporci\u00f3n entre lugar y tiempo: los desplazamientos en el espacio -en las culturas, paisajes, sensaciones- se correspond\u00edan con una demora que los forzaba a ser graduales, a desplegarse m\u00e1s o menos lentamente. En las \u00faltimas d\u00e9cadas viajar se volvi\u00f3 tanto m\u00e1s veloz, tanto m\u00e1s accesible, que aquella idea del viaje -dis-tancia igual a tiempo- ya no corre. Hay que ir pensando otras. Algo as\u00ed debe ser el hiperviaje: cuquear links en la red, brincos de un mico inverecundo.<br \/>\nPasamos por el mercado, gritos, codazos, salchichones con ajo, botas sobre la nieve convertida en barro: alguna vez terminar\u00e9 de entender por qu\u00e9 me gustan tanto. Y al final Alexandrina y Boris deciden llevarme al Jard\u00edn Bot\u00e1nico. Bajamos, caminamos. El fr\u00edo es imponente, el jard\u00edn es enorme y est\u00e1 blanco. Alexandrina me muestra plantas que no son lo que deben: \u00e9sta en primavera saca unas flores incre\u00edbles, blanqu\u00edsimas, magn\u00edficas, me dice, mientras me muestra un arbolito raqu\u00edtico pelado que tiene, al pie, un cartel donde se lee magnolia.<br \/>\nAlexandrina insiste: no sabes lo lindas que son esas flores. S\u00ed que lo s\u00e9: magnolias. El arbolito no es lo que es, sino lo que ser\u00e1: lo que debe ser dentro de un tiempo, cuando el tiempo cambie. Tantas d\u00e9cadas de cultura sovi\u00e9tica no desaparecen en unos pocos a\u00f1os. En Moldavia, la vida sigue estando m\u00e1s all\u00e1, m\u00e1s adelante: en un futuro de magnolias.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Dejamos algunos links para que puedan leer textos del g\u00e9nero &#8220;no ficci\u00f3n&#8221; y observar las caracter\u00edsticas expicadas en la clase. 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